—Señor Rodiv —dijo el doctor cuando él estaba sentado recibiendo la transfusión de sangre—. Su estado se agrava. Ya las transfusiones no responden como antes, y su sistema se deteriora. Roman tenía el teléfono en la mano, y sin mirar al doctor, dejó que la sangre limpia, joven y pura de los pequeños que tenía en los orfanatos, reemplazara la suya. Roman no tenía pudor al momento de destruir pequeños para mantenerse con vida. Les consumía la sangre como un vampiro diurno, y usaba el poder del dinero para comprarle niños sanos a hombres que necesitasen drogarse. Roman se aprovechaba de la necesidad, de las adicciones y del poco apego a la familia, para mantenerse con vida más tiempo. —¿Me escucha, señor Rodiv? —le preguntó el hombre. Roman no despegó los ojos del teléfono. No le import

