Capitulo 1 (parte 4)

2973 Palabras
En ese momento, Aurora, se encontraba limpiando la cocina y preparando las cosas para el desayuno de la mañana siguiente. Había sido un día agotador, pero ella estaba más que acostumbrada a eso, así que no le molestaba en absoluto. En ese momento, mientras limpiaba, echaba fugases miraditas ansiosas hacía la puerta. María le había dejado por última labor que se cerciorase de que Mateo comiera antes de dar el día por concluido. Aquella mujerona le había asegurado que por esas horas él solía rondar la cocina, como un fantasma silencioso, en busca de alguna sobra con la que llevarse a la boca. Además, todavía quedaba su promesa. Aurora no se olvidaba de ese detalle, ese sutil roce y esas palabras susurradas de manera tan velada. Él había dicho que la vería en la noche, así que pretendía esperarlo. Mientras preparaba los ingredientes con los que haría el pan, Aurora sentía como su corazón latía desenfrenado. Quizás solo era por el simple hecho de verse a solas con él en horas nada recomendables para una señorita como ella. Pero le agradaba la idea de verlo y hablar un momento con ese hombre. No pasó mucho rato o quizás si, el tiempo solía pasar rápido para ella cuando amasaba los panes. Lo importante era que el ruido amortiguado de unos zapatos desgastados en el pasillo, llamó su atención. Se detuvo un momento de su tarea, preguntándose como debería recibirlo ¿Sería correcto acaso que lo esperase con el plato servido de lo que ella misma había preparado especialmente para él? O quizás solo era mejor esperar a que apareciera y ahí ofrecerle el alimento y para cuando él hubiese terminado de comer, ella le podría pedir la ayuda que desease. A fin de cuentas, para eso se había esmerado tanto en prepararle aquel filete de carne asada con senda salsa de champiñones y patatas que estaba segura que no rechazaría. —¡Oh! Veo que todavía no ha terminado su día, Aurora… ¿Puedo pasar?— lo escuchó hablar con la calma natural con la que lo estaba conociendo. Aurora se sobresaltó al oírlo decir su nombre. Realmente no sabía como hablar con él en esa situación. Sabía que, si las hermanas del convento se enterasen de eso, seguramente se sentirían indignadas por el indecente accionar de ella. Y no era para menos, puesto que sabía muy bien que no era para nada correcto que ella estuviera a solas con un hombre en esas horas tan tardías. —Si, a decir verdad, ya he terminado…— repuso tapando los bollos de masa con una tela, ignorando a su vez el latir acelerado de su corazón, mientras era consiente de como él se acercaba con soltura al gran mesón de la cocina donde minutos antes ella amasaba el pan del día siguiente— … solo me había quedado para esperarlo a usted ¿Ya ha cenado, Mateo? Esa pregunta, aparentemente inofensiva, no pasó desapercibida para él. Era incómodo tener que admitirlo, pero, si no fuera por la bondad de María , él no tendría asegurado ni siquiera una migaja de pan. Se preguntó si, quizás, la cocinera ya la había puesto al tanto de su situación. Intuía que si. —No, la verdad que no he tenido tiempo para cenar…— admitió, aunque era una vaga mentira a medias—… recién termino con mis otras obligaciones ¿Por qué lo pregunta? Aurora no le respondió, solo se dio la vuelta y se dirigió hasta una mesada de mármol rústico en donde se colocaban los platillos a la espera de ser llevados. A fuerzas de haber sido obligada desde muy pequeña a participar en actos de caridad, ella intuía que lo mejor era darle la cena del día en completo silencio y discreción. Sabía que las personas en la situación de Mateo solían tener cierto orgullo al respecto del tema, así que, si quería que todo saliera bien y él la ayudara con sus cartas, debía actuar correctamente y demostrarle el respeto que también sentía por él. A fin de cuentas, una persona que supiese leer y escribir, era digno de respeto ante sus ojos. —Oh… entonces ¿Gustaría usted acompañarme a cenar?— le dijo destapando la bandeja con ambos filetes.—… yo tampoco he cenado, por estar ocupada en mis obligaciones… Como era consiente de que, pese a todo lo que había asegurado María al respecto de los tratos con Mateo, ellos no tenían confianza en absoluto, por ese motivo, no era cosa de pedirle los favores de forma directa. Lo había planeado todo meticulosamente, por eso en ese momento hacía como si la sugerencia fuera mera casualidad. Le haría creer que ella también tenía hambre y que, dado a que sabía que él iría a verla, aprovechaba ese momento para comer tranquila mientras disfrutaba de una tranquila charla en su compañía. A decir verdad, a Mateo se le hacía agua la boca al percibir el olor de la comida. No lo podía evitar, ya que él no había comido en todo el día, ocupado como estuvo en redactar y pasar por máquina todas las cartas que Adelle le había exigido y todavía le quedaba aun más por terminar. Pero, de todas formas se obligó a salvar las apariencias. No quería que lo vieran como a un muerto de hambre, todavía tenía cierta tendencia a salvar lo que pudiera de su escasa dignidad. —Oh, no se preocupe por mi, Aurora… no es necesario…— replicó con suavidad, rogando porque ella insistiera. —Insisto, no es ninguna molestia, a decir verdad, me parece que preparé comida demás…—fingió ella dándose la vuelta con la bandeja en la mano. — Sería una lastima que se desperdiciara tanta comida ¿No lo cree? Ante tales observaciones el no pudo negar para nada que tenía razón. Se acercó a ella, sonriéndole tenuemente, aunque se sentía agradecido por la manera en la que enmascaraba su bondad, debía reconocer que no podía quedarse de brazos cruzados mientras le daban de comer. Simplemente para él, no existía la bondad absoluta , siempre habría algo por lo que tendría que pagar después. —Entonces, déjeme ayudarla a poner la mesa en lo que me cuenta cómo le ha ido en este día.— sugirió quitándole con delicadeza la fuente de las manos, sintiendo como otra vez ella se estremecía ante su tacto. Sonrió para si mismo, comenzaba a agradarle esa reacción inocente. Ver como los ojos de ella lo observaban expectantes y desconcertados por un simple roce, observar como sus mejillas se ruborizaban con facilidad, podía admitir que era algo atrayente para él. Quizás, no le sería para nada difícil cumplir con la orden de Madame Adelle. Al menos por su parte, la chica era justamente lo que él prefería en una mujer. Mientras ella le comentaba los pormenores del día, él no pudo evitar tomarse el trabajo de escudriñar detenidamente todos los atributos que se dejaban ver a través de la ropa. No era muy alta, a decir verdad, sospechaba que, si ambos estuvieran descalzos, ella con suerte le llegaría a la mitad del pecho. Ese detalle, junto a su carita angelical provista de unos enormes ojos almendrados del color de las avellanas, le daban un aire de deliciosa fragilidad. «Si lo consigo… creo que no me podré quejar de los resultados, aunque no cumplan con su parte del trato, creo que de igual forma, yo habré ganado…» Reconoció viendo la curva de la grácil cintura de Aurora. Una pequeña cinturita perfecta que podría fácilmente rodearla con una sola mano. Su mente fue más allá al preguntarse de que color serían aquellos pezones que ocultaba el corpiño del humilde vestido que ella llevaba puesto y como serian sus gestos cuando él la besase. —Eh… ¿Se encuentra usted bien, Mateo? — le preguntó sacándolo de sus obscenos pensamientos . Intentando ocultar su bochorno al sentirse descubierto volvió a sonreír, haciendo como si nada pasase por su mente. Lo primero que había entendido como un punto primordial a tener en cuenta en su plan era que ella era demasiado asustadiza como para arriesgarse a que le reconociera las intenciones con demasiada facilidad. Debía tener mucho cuidado con eso. —Oh, perfectamente… disculpe, usted, solo ha sido una distracción, nada más… ¿Me repite lo que me estaba diciendo, por favor? —respondió todo inocencia. Aurora pareció no percatarse absolutamente de nada. Le sonrió con indulgencia, ella asumía que esa distracción, seguramente era por el cansancio que el pobre hombre llevaba encima. También intuía que, seguramente, su mala alimentación jugaba un papel muy importante en eso. —Oh, está bien, solo le preguntaba si le gustaría que le sirviese un poco de vino o quizás una cerveza para acompañar la comida…— repitió pacientemente con una actitud dadivosa que a él lo desconcertó. Eso sí era algo nuevo para él, se preguntó si quizás ella no fuera tan inocente como lo había supuesto en un principio. A fin de cuentas, su experiencia no le mentía, las mujeres, rara vez eran así de bondadosas con un extraño, a menos que algo de este les interesase. Lo tomó a su favor, fuera cuál fuera el motivo real de todo ese asunto , le resultaba más que evidente que ella estaba interesada en él. Eso, era un buen inicio para sus planes. —Ah, se lo agradezco, con un poco de vino estará bien para mi… — accedió esbozando una sonrisa. A decir verdad, a él le bastaba el plato tal cual estaba y si algún capricho se atreviera a pedir para beber, ese sería un poco de té frío, porque el no tenía cabeza para el vino y ya de por sí, le recordaba cosas que prefería olvidar. Pero, no la rechazaría, por nada en el mundo lo haría, menos aun cuando de eso dependía el seguir viviendo en ese lugar. Cenaron juntos, poniéndose al tanto de todo lo que había acontecido en el día y de las nuevas tareas que tendría que cumplir ella al día siguiente. Él podía notar perfectamente como ella parecía ansiosa, como si esperase la oportunidad de algo en específico. Sentía curiosidad por saber que quería pedirle o qué pretendía hacer, porque si algo era evidente para él, era que, toda aquella opípara cena no le sería gratis. De modo que buscó la manera de llevar la conversación hacía sus deseos. —Muy bien… Creo que eso sería todo…— anunció acomodando los cubiertos correctamente en el plato vacío— ¿Quieres decirme algo antes de que te guíe al cuarto que te han asignado? Al ver por fin la oportunidad que tanto había estado esperando, Aurora dudó un momento. Mordiéndose el labio inferior con nerviosismo, se preguntó qué era específicamente lo que quería pedirle. Su idea original era solo que él le escribiera esa carta, pero, todavía quedaba latente la sugerencia de María de que él podría enseñarle a escribirlas ella misma. Sin embargo ¿Él querría hacerlo? Y si lo hiciese ¿Él tendría la suficiente paciencia para hacerlo? No estaba segura. —Oh… bueno, solo es una tontería de nada, igualmente…— admitió jugando con su cabello y, sonriéndole nerviosa, agregó —… me preguntaba si usted sabría de alguien que pudiera hacerme una carta… es para enviar a las hermanas del convento y anunciarles que estoy bien… Lo correcto sería decir que al escucharla pedir tamaña cosa insignificante, lo desilusionaba. Pero, en amén a la verdad, a Mateo, aquella timidez, lo divertía más que indignarlo. Ya se daba más que cuenta que María le había contado como él se ganaba la vida en momentos como ese en el que no conseguía un empleo. Rio entre dientes, que pidiera esos favores era mucho más que bueno para todo su plan de acercarse a ella. «Si me hubiera pedido que le enseñara a leer, habría más posibilidades ¡Pero bueno! Por algo se empieza… con el tiempo, podría ser que use eso de anzuelo…» Premeditó con sabiduría. Levantándose de la mesa, juntó los platos, consiente de la expectación que estaba generando en la joven. Su idea era simplemente hacerle creer que a él no le importaba en absoluto ayudarla de esta form, ella bajaría la guardia y terminaría por confiar en él. Dejó los platos y los vasos en el fregadero de bronce, abrió el grifo y se subió las mangas de su vieja camisa. —Yo podría ayudarla, Aurora…— afirmó como si tal cosa mientras lavaba la vajilla que acababan de ensuciar.—… déjeme terminar con esto primero y luego acompáñeme a mi habitación, allí tengo lo que necesito para hacerlo… si gusta, puedo ayudarla en este momento ¿Le parece? Aurora, abochornada por aquella sugerencia, se sintió tentada a negársele. No era correcto que una jovencita como ella siguiera a un hombre soltero hasta sus aposentos. No, no estaba bien acompañarlo sola. Y menos aun a esas horas de la noche, donde era bien sabido que los pecados tentaban la débil carne de la gente con mucha más facilidad. Sentía el aire enrarecido, como una tensión en el ambiente que le podría ser fácil cortar con un cuchillo de mantequilla. Meditativa, a su lado secando lo que él había lavado, se atrevió a mirarlo disimuladamente de soslayo. Al juzgar por su actitud desenfada, parecía que estaba siendo completamente sincero y no tenía ningún tipo de maldad en sus palabras. Además ¿Qué tenía de malo acompañarlo para dictarle aquella carta? ¡Si era eso lo único que buscaba de él! —Se lo agradezco mucho, entonces…— aceptó con una ingenua sonrisa terminando de guardar el último plato que acababa de secar. Con el corazón aleteándole en su pecho, producto de la expectación por estar haciendo algo indebido, lo siguió por los pasillos y escaleras que daban al altillo donde él dormía y trabajaba. Justamente, para llegar allí, tuvieron que pasar por la primer planta donde se encontraba el burdel. Aurora logró entrever a la escasa luz de los faroles de gas, como una de esas mujeres, la que había dicho que Mateo solo tenía ojos para ella, reía divertida y se dejaba acariciar de forma indecente por un hombre de aspecto desaliñado. Se ruborizó al verla, así tan incorrecta, tan obscena, con la falda levantada mostrando parte de sus glúteos. Sin embargo , tampoco pudo evitar sentir cierta curiosidad culposa al verla tan segura y descarada en aquella situación.. Mientras caminaba siguiendo a Mateo, no pudo apartar la vista de aquella escena que se le presentaba. De modo que lo vio todo. En la tras luz de los faroles, tuvo ocasión de presenciar como el vestido de esa mujer era abierto por el escote sin el menor cuidado aparente, para dejar al descubierto un par de grandes pechos caídos de pezones oscuros y estirados. Pudo ver con lujo de detalle como aquel amante los tomaba entre sus manos apretándolos con rudeza y provocando gemidos de la boca de esa mujer. Vio como ese hombre de aspecto desaliñado bajaba las manos hasta los glúteos de ella, separándole las piernas y tomándola allí mismo, sin la menor intención de buscar un mínimo de intimidad. Sentía sus mejillas arder y un dolor extraño en el pecho, junto con un inusitado calor allí donde sus piernas se unían. Era la primera vez que presenciaba todo eso, antes, solo había recibido una vaga alusión al asunto. Pero, lo que presenciaba en ese momento, no se le parecía en nada a lo poco que ella sabía del tema. Sintió una mano posarse con delicadeza en su hombro, sobresaltándola. Con el corazón que amenazaba con salírsele del pecho, miró en esa dirección con recelo, tal cual lo hubiera hecho una niña pequeña que acababa de verse descubierta en una travesura. Mateo la observaba con una expresión significativa en el rostro. «¡Oh! Creo que ya me estoy haciendo una idea del tipo de mujer que será cuando la tenga entre mis manos…¡Dios mío, qué delicia!» Pensó deleitándose por la visión de aquellas mejillas arreboladas, ardientes de lo que él conocía muy bien por el nombre de deseo. Se preguntó qué tanto podría tensar las cuerdas y aprovechar la situación esa misma noche. Sería solo cuestión de intentarlo. A fin de cuentas, ganas no le estaban faltando en absoluto. —Sígame en silencio, por favor… no queremos molestarlos ¿No es así?— susurró con calma tendiéndole la mano para guiarla mejor por las iscut escaleras que daban al altillo. Aurora echo tímidamente otra mirada silenciosa a aquellos amantes que al parecer no se habían dado cuenta de nada que no fuera sus propias urgencias. Vio como esa mujer se encontraba aplastada entre la pared y el hombre que la poseía salvajemente. Notó los brazos blanquecinos de ella rodearlo por los hombros, mientras él parecía muy ocupado en morderle el cuello que le ofrecía. Casi al momento en el que Aurora se disponía a desviar la mirada de una vez por todas, la mujer abrió sus ojos de gata en la dirección donde se encontraban las escaleras. Los vio, pero aun así no pareció intimidarse en absoluto por eso, al contrario, parecía que lo estaba disfrutando. En silencio, sonrió a Aurora y, con una mirada lasciva de profundo placer y gozo, tuvo el completo descaro de guiñarle el ojo derecho, como si con eso le estuviera diciendo que su pequeño secreto quedaba bien guardado. Luego, tiró la cabeza hacía atrás, como si no hubiera visto nada realmente y siguió en lo suyo, dejando escapar de su garganta un profundo gemido de placer. Aurora, atemorizada e impactada, volteó la cara de una vez por todas y se perdió entre la oscuridad silenciosa de las escaleras, aferrada a la mano que Mateo le ofrecía.
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