TORONTO Maldito alcoholímetro. Abby intentó no dejarse seducir por esa boca inquisidora que parecía estar provocando su deseo de alguna forma. Evan había colocado su mano detrás de su espalda y acariciaba con sus dedos de forma provocativa su piel. La mujer pensó que tenía una enorme fuerza de voluntad, pero sus manos no pudieron evitar acariciar ese majestuoso cabello rubio y apegarse más a su boca mientras le seguía el pasional beso. La falta de aire los obligó a separarse y entonces con la voz como si hubiera corrido un maratón terminó por responder. —Creo que puedes conducir. Evan sonrió al ver su rostro rojo y su cuerpo caliente, como si acabara de hacer alguna actividad física demandante. No la había hecho aun, pero j***r, tenía que hacerla en cuanto llegaran al hotel. Abby

