Sima adoraba su trabajo, pero en mañanas como esas —frías, grises, llenas de lluvia— en las que tenía que viajar a otro país y dejar a la persona de la que estaba enamorada, solo porque es una adulta con responsabilidades, le parecía totalmente injusto que Eva y Adán no hubieran respetado el pacto de no comerse la manzana. Por otro lado, tampoco estaba segura de querer tener doscientos años, porque los treinta que estaba a punto de cumplir ya le parecían demasiados. —Mi amor, ¿estás bien? —pregunta Grillo. Ella asiente, lo llena de besos y él le acaricia el pelo. Grillo sonríe por su buena suerte; no había conocido a una mujer con tanto apetito s****l como Sima. Adoraba que siempre pareciera tan emocionada de tener sexo con él y, más que la emoción, le encantaba lo intenso que siempre

