Capítulo 4

1221 Palabras
Adrien llevaba ya varios días en Aurum y su plan avanzaba según lo previsto. Los equipos de vigilancia se habían instalado en edificios abandonados, mientras que sus soldados se infiltraban en la ciudad bajo distintas fachadas: taberneros, meseros, repartidores y más. Gracias a ellos, la información fluía con facilidad, tanto de soldados de Silverwood como de lugareños desprevenidos. La posición de Adrien mejoraba con cada nuevo dato que recibían, pero algo no le terminaba de encajar. Se preguntaba si toda esa información era precisa o si Angus estaba manipulándolos, dirigiéndolos hacia una trampa. Adrien esperaba encontrar una patrulla más grande en la ciudad; sin embargo, la escasa protección del territorio le resultaba inquietante. Si él hubiera gobernado un territorio tan extenso, habría reforzado considerablemente la seguridad. Además, la presencia de lobos de otras manadas en la ciudad era algo que le llamaba la atención. No estaba seguro de si Angus tenía algún trato con sus alfas o si simplemente deambulaban libremente por la falta de control en la zona. Magnus no había reaparecido desde la noche en que lo vio junto a Naria, lo que le hizo suponer que solo había estado en la ciudad para divertirse. Como pícaro, Magnus se negaba a unirse a cualquier manada, lo que le permitía moverse con libertad. Adrien había aprendido a odiar a su primo a lo largo de los años, no solo por ser tan manipulador y astuto como él, sino también por el papel que jugó en la derrota que sufrió hace cuatro años. Magnus confesó su amor por Naria en el peor momento posible, y tras aquella separación, Adrien no lo volvió a ver. "Que haga lo que quiera," pensó Adrien con amargura. "Mientras no se interponga en mi camino, no me importa lo que haga." El odio se había convertido en su mejor escudo. Detestaba a Aria por lo que le hizo, despreciaba a Magnus por anteponer sus propios deseos al bienestar de la manada, y odiaba a los Silverwood por reclamar la tierra que debía haber sido suya. Pero, sobre todo, odiaba al destino por haberle dado a Aria como compañera. Inquieto y cansado de los pensamientos que lo atormentaban, Adrien decidió que necesitaba despejarse. Salió de la base, tomó su forma de lobo y corrió hacia el bosque cercano. La adrenalina del viento en su pelaje y la libertad del instinto animal lo ayudaron a despejar su mente. No tardó en encontrar un antílope cerca del río, pastando sin notar su presencia. "Perfecto," pensó. La caza siempre lo ayudaba a enfocar su mente. Calculó su movimiento, agazapado entre la maleza. Cuando estuvo seguro de que el antílope no había detectado su presencia, saltó hacia él con precisión felina. Adrien se despertó en su cama, confuso y con la cabeza latiéndole con fuerza. Su memoria era un borrón. Recordaba haber salido a cazar, pero no estaba seguro de si atrapó su presa. Lo peor fue descubrir que no tenía idea de cómo había regresado a la base... ni de quién era la mujer que dormía a su lado. —Mierda... —murmuró, apretando los puños con frustración. Se levantó con esfuerzo y se dirigió directo a la ducha, dejando que el agua fría intentara despejar la bruma que invadía su mente. Pero por más que se esforzaba, no lograba recordar lo que había hecho la noche anterior. Preparó una taza de café y fue hasta la sala de estar, donde Baku lo esperaba con una expresión severa. —Supongo que tú eres la razón por la que estoy aquí —murmuró Adrien, llevando la taza a sus labios. Baku asintió lentamente, cruzándose de brazos. —No te voy a preguntar qué demonios hiciste anoche —dijo con voz firme—, pero más te vale que lo soluciones rápido... porque no puedes permitirte más errores. Adrien apretó la mandíbula mientras Baku lo miraba con dureza. —Has sido imprudente antes, pero ahora te estás saliendo de las manos —dijo su segundo al mando, su voz cargada de advertencia—. ¿Qué pasó anoche? Adrien se frotó las sienes, tratando de ordenar sus pensamientos. —No lo sé... —admitió con frustración—. Todo lo que sé es que uno de los exploradores me encontró desmayado en el bosque... cubierto de sangre. Cuando llegué aquí estaba limpio y... con la chica. Las palabras dejaron un sabor amargo en su boca. Adrien no solía perder el control de esa manera. Había sido imprudente antes, pero esta vez se estaba volviendo demasiado descuidado. Una sensación de inquietud se apoderó de él mientras recordaba cómo había terminado aquella noche: parado frente al árbol donde había encontrado a Aria aquella fatídica vez. La corteza aún conservaba las marcas de garras que ella había dejado aquella noche, profundas cicatrices en la madera que no habían desaparecido con el tiempo. Adrien se quedó observando esas marcas, su mente vagando hacia el recuerdo que se negaba a desaparecer. Esa mañana había despertado con la imagen de Aria flotando en su mente, tan vívida que casi sintió su aroma impregnado en el aire. No sabía qué le había impulsado a correr hasta ese lugar, pero había terminado allí... sin saber por qué. "¿Por qué ahora?" se preguntó. Habían pasado cuatro años desde que la vio por última vez, cuatro años intentando borrar su rostro de su mente... y sin embargo, ella seguía ahí, atormentándolo como un fantasma que se negaba a desaparecer. Adrien dejó escapar un gruñido bajo, clavando la mirada en las cicatrices del árbol. —No dejaré que vuelvas a envenenar mi mente... —susurró, como si sus palabras pudieran expulsar esos recuerdos que le quemaban por dentro. Pero en el fondo sabía que no sería tan fácil. Aria era parte de él... y quizás, por mucho que lo intentara, nunca lograría escapar de su sombra. … Selene la miró con firmeza, sosteniendo su mano entre las suyas. —Creo que deberías ir, Aria. Si no, podrías terminar arrepintiéndote. Me aseguraré de que tú y los niños estén instalados allí. Aria tragó saliva, insegura. —¿Estás segura acerca de esto? —preguntó en voz baja. —Sí, estoy segura. Haré los arreglos para que tomes un nuevo nombre... —Selene se acercó y tomó un mechón del cabello blanco de Aria entre sus dedos—. Y deberíamos hacer algo con tu apariencia. Las palabras de Selene trajeron de vuelta un torrente de recuerdos que Aria había intentado enterrar. Su mente la transportó a aquella noche helada en la que todo cambió... Estaba muy embarazada esa noche, tambaleándose sola por las calles empedradas del Barrio Francés. El frío mordía su piel a través de la ropa desgastada y rasgada que apenas lograba cubrirla. Sus brazos rodeaban su vientre en un intento desesperado por proteger a los pequeños que aún no habían nacido. El miedo y la desesperación la consumían. Apenas podía cuidar de sí misma y la idea de criar un hijo —o más de uno— se sentía imposible. Cada paso era pesado, sus pies dolían y su respiración se entrecortaba. La calle estaba desierta, y el viento que silbaba entre los edificios parecía burlarse de su debilidad. Incapaz de seguir caminando, se deslizó hacia un callejón oscuro, con la esperanza de encontrar algo de refugio del clima…
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR