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1820 Palabras
La semana transcurrió con lentitud, Liss en una semana se había hecho amiga de Alekséi. Me encantaría ser tan sociable y desinhibida, pero la genética y mi entorno me hicieron odiosa, tímida y despistada. Hoy viernes, cargaba los nervios de punta. Supuse que les preguntaría a mis padres sobre los guardias, pero… temía ya saber la respuesta. El profesor Carl tuvo consideración conmigo y no me dejó deberes, me despedí de él y comencé a recoger mis cosas y a guardarlas en mi mochila. Volteé hacia donde se sentaba Nyx y estaba hablando por su celular, sonriendo con el brillo de picardía en sus comisuras. Nuestras miradas se cruzaron y guiñó un ojo, le sonreí de vuelta y seguí en lo mío. —…te aviso entonces. Yo también. —Lo escuché decir mientras se acercaba a mí con una sonrisa radiante y luego colgó la llamada. —¿Planes para esta noche? —pregunté solo por buscar conversación. —Quizás —cortó y dejó de sonreír. —¿Quizás? —Sí. —¿Y de qué… depende? —Básicamente, de su comportamiento. Sonreí y traté de hacer mi mejor gesto de malicia. —Buen intento, señorita. —Sonrió con lástima e hipocresía—. Pero usted se ve muy dulce y buena para que fuese un gesto genuino. —Bueno, pero puedo ser mala. —Solo ha sido traviesa, que no es lo mismo. Y eso es algo normal en chicas de su edad. —No me conoces, no puedes decir que no he sido mala —desafié. Me desesperaba que me desestimara, él no tenía ni idea de lo que yo podía planear en mi despeinada cabecita. —Vale, hagamos algo. —Se quedó en silencio por unos segundos que parecieron eternos, luego continuó—: Hágame una maldad. —¿Qué? —pregunté atónita. —Sí, hágame una maldad. La que usted quiera, pero que no sea algo estúpido porque lo consideraré una travesura. —¿Y qué gano con eso? —Demostrar su punto. —No es suficiente. Rodó los ojos y comenzó a caminar alrededor de la mesa. Se detuvo quedando al otro extremo frente a mí, apoyó las manos en la superficie y se inclinó recargando su peso en ellas, con total seriedad levantó la mirada y ofertó: —Te ayudo a salir un día. Primero. Noté que ya no me hablaba de “usted”. Esto era algo muy “por debajo de la mesa”. Un trato sucio e “ilegal” que de ser descubierto por un tercero traería consecuencias nefastas. Segundo. Sopesé los pros y los contras, era una buena oferta, pero no era suficiente, así que hice una contraoferta: —Con mi hermana. Sino no hay trato. Se rió burlón y al ver que yo no cambié mi expresión ni mi respuesta, su semblante se tornó serio de nuevo. —Está consciente que la apuesta se hace pesada ¿no? —Asentí con la cabeza despacio, noté el cambio de su habla a uno más formal—. Bueno, yo debo ganar algo en caso que usted no llegue a ese nivel de “maldad”. —¿Qué quieres? —¿Lo que sea? —Tragué grueso al escucharlo. —S-sí —titubeé. Alzó la ceja a la par de su comisura izquierda, un brillo en sus ojos me hizo sentir un escalofrío en mi espina dorsal y vislumbré sus colmillos hundirse con coquetería en su labio inferior. —Tranquila. —Sonrió malévolo y se echó para atrás—. Quiero días libres. El fin de semana siguiente. —¡¿Y cómo se supone que…?! —No lo sé, usted aceptó —interrumpió con tono pedante—. Tiene lo que queda del día. —Bien —rezongué. —Bien. ¿Trato? Extendió su varonil mano adornada con un grueso anillo dorado para cerrar la extraña apuesta que surgió por mi fallido intento de demostrar malevolencia. Dudosa, la tomé y en mi fuero interno tuve la certeza de haber pactado con el mismísimo diablo. Con seguridad, Nyx apretó mi delicada mano y la agitó un par de veces, para luego soltarla y se recompuso en su postura erguida, rebosante de altivez. Me mordí el labio inferior, un poco arrepentida por haber aceptado tal apuesta, pero podía ganar. «Soy totalmente capaz de hacer cualquier cosa que me proponga ¿no?». Comencé a pensar en un plan mientras caminaba hacia la cocina, pero necesitaba su celular y comprobar si hacía un momento hablaba con una chica —o su novia—, pues de ser así, mi plan podría llevarlo a cabo sin dificultad y quizá en tiempo record. Almorcé con Liss y le comenté de la apuesta que había hecho. Se entusiasmó por completo y se puso a mi entera disposición. Le comenté que posiblemente necesitaría el celular de Alekséi, a lo que me respondió que contara con ello. En la tarde mientras resolvía una guía que dejaron el día anterior, decidí pedirle el celular prestado a Nyx para “buscar información”. Me miró escéptico y extendió el celular hacia mí. —No debería… —Y lo retiró al instante. —¿Por qué? —Si me ven, podría recibir una amonestación. —Entonces que no te vean. —Muy graciosa… —soltó con ironía—. ¿No le dieron el contenido durante la clase? —Tengo dudas y prefiero confirmar antes de sacar una conclusión errada. —Bueno… —volvió a extender el teléfono móvil hacia mí con la pantalla iluminada. Tomé el aparatito y lo coloqué en mi falda, donde él casi no podía verlo sin al menos hacer el esfuerzo de colocarse de pie. —Será un secreto. —Sonreí. —Otro de los tantos… El tercero, de hecho. Sonreí de nuevo y comencé mi búsqueda. Revisé las llamadas recibidas en las horas del mediodía, había un número no registrado y otro bajo el nombre de “Celeste”. Supuse sin dudar que era la persona con la que hablaba, pues al tratarse de una chica él debía mostrar algún tipo de felicidad ¿no? La llamada no duró más de cuatro minutos —calculé—, pues él habló por su celular cuando yo guardaba mis útiles en la mochila y no pude haber tardado más. Comencé a escribir en mi libreta respuestas de la guía para despistar a Nyx de algo raro y revisé su bandeja de chats. ¡Bingo! Tenía una conversación muy subida de tono con la misma chica. «Te tengo». Memoricé el número, cerré la aplicación y comencé a hacer una búsqueda real sobre el tema de la guía, anoté algunos puntos curiosos y devolví el celular. —Muchas gracias, Nyx. —Sonreí inocente. —Por nada, señorita. Él volvió a perderse en el mundo digital que le ofrecía el móvil y yo anoté al respaldo de mi libreta el número de “Celeste”. Si él quería una maldad, le daría donde le doliese. —Señorita. —¿Uhm? —Su voz me desconcentró cuando ya estaba terminando de responder la guía. —La apuesta es solo entre usted y yo, por si no estaba claro. —Lo siento, pero ya le comenté a Liss y quedó en ayudarme. Se quedó en silencio unos segundos «rayos, ¿me hará reformar mi plan?» y luego habló: —Vale, entonces tendré que advertirle a Alek de ustedes. —¿Advertirle por qué? «Argh… Creo que si tendré que modificar mi plan». —Ustedes… se las traen, por decirlo de la manera más decente. Reí avergonzada y pensé que me iba a caer al suelo por tal acusación. —Calla, puras falacias. —Vale… —Alzó su celular y escuché un “clic”, luego comenzó a hablar —: Hey men, hice una apuesta con la señorita Amy y… Ten cuidado con ella y su hermana, te puedes meter en un lío. —Terminó y se escuchó otro clic en su celular. —Qué hablador eres. —Quiero el fin de semana libre, señorita; pero aparte, Alek debe verse beneficiado también. Así que el fin de semana libre debe ser para ambos —alegó haciendo círculos con el dedo índice sobre la mesa. —¡Oye! Eso es muy difícil. —Vamos, está ideando un modo de jugármela, debe saber cómo ayudarme… Además, este es su territorio —señaló con un dedo hacia abajo. —Lo estás complicando más. —Usted lo complicó —aclaró orgulloso—, yo solo me aprovecho. —Cretino —musité. —¿Qué? —Que hace frío. Él se veía tan calmado con toda la situación, lo veía seguro de que yo no podría lograr mi objetivo de incomodarlo a tal punto de hacerlo enojar. Pero estaba segura que mi plan sí funcionaría, pues a veces un daño colateral era más doloroso que un golpe directo. Terminé mis deberes y recogí mis cuadernos un poco enojada, pues ahora que Alekséi estaba enterado de la apuesta me iba a tocar improvisar en encontrar otro celular prestado o simplemente “hurtarlo” de alguno de los empleados. Pero… ¡¿De dónde sacaría el número de Nyx?! Inmediatamente me di cuenta de mi error, fuese como fuese debía quitarle el celular a Alekséi. Ya había descartado hablar con mis padres sobre los guardias, tenía algo más importante en qué malgastar neuronas y mi energía mental. Eran casi las seis y estaba a punto de arrancarme los cabellos porque no tenía ni la remota idea de cómo tener el celular de Alekséi. Nyx estaba sentado en uno de los sillones de mimbre de la terraza, me giré en la grama y andaba muy concentrado con lo que sea que estuviese haciendo en su celular. —Sus padres ya vienen a casa —informó guardando su celular en un bolsillo del saco. —¿Cómo sabes? —Hablé con ellos hace un momento. —Uhm, vale. —Y yo tengo la noche libre, así que Alek queda a cargo. —¿¡Qué!? —No es tan malo… Su hermana ya lo adora. Está encantada de la vida —dijo con una sonrisa y tono vacilón. —Porque ella es una parlanchina que puede hablar hasta con un florero lleno de rosas artificiales y éstas igual se van a marchitar. Su rostro se descompuso en unas sonoras carcajadas y sus ojos se achinaron con gracia. —Bueno, sí… No puedo refutar eso. En fin —suspiró—, apenas lleguen sus padres, yo me voy. —Vale. No había pasado más de quince minutos cuando mis padres llegaron a casa, Nyx los saludó y se despidió de mí con la mano y con una sonrisa bastante hipócrita en el rostro. «Ahora es el momento».
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