AMELIA
El viaje había sido largo, y cuando finalmente llegamos, el cielo ya comenzaba a oscurecer. Las luces de la gran ciudad titilaban en la distancia como un mar de estrellas artificiales, pero lo que realmente captó mi atención fue la mansión que se alzaba frente a nosotros.
Era impresionante. La fachada de piedra clara parecía brillar bajo los últimos rayos del sol, y las ventanas altas reflejaban el cielo teñido de naranja y púrpura. Un jardín perfectamente cuidado rodeaba la propiedad, con faroles que comenzaban a encenderse, iluminando senderos de piedra que se extendían hacia la entrada principal.
—Es... magnífica —murmuré, incapaz de apartar la vista.
Damián, que acababa de apagar el motor del auto, me observó con una sonrisa ligera en los labios.
—Me alegra que te guste. Este será nuestro hogar.
"Nuestro hogar". Esas palabras resonaron en mi mente mientras me bajaba del auto y seguía a Damián hacia la puerta principal. La enorme puerta de madera tallada se abrió con facilidad bajo su mano, revelando un interior que era aún más majestuoso de lo que esperaba.
El recibidor era amplio, con techos altos y una lámpara de cristal que colgaba en el centro, brillando suavemente. Los suelos de mármol relucían bajo mis pies, y las paredes estaban adornadas con pinturas y espejos que reflejaban la luz de forma elegante.
—Sígueme, quiero mostrarte algo —dijo Damián, guiándome por un pasillo que parecía no terminar nunca.
Finalmente, llegamos a una puerta que abrió con cuidado.
—Esta será tu habitación —anunció, señalando el interior.
Entré lentamente, observando cada detalle. Había una cama enorme con dosel, cortinas suaves que caían como cascadas a los lados, y muebles que parecían sacados de un catálogo de lujo. Pero algo me desconcertó.
—¿Mi habitación? —pregunté, girándome hacia él.
—Sí, tu habitación —respondió con serenidad, como si fuera lo más obvio del mundo.
Fruncí el ceño, un poco confundida.
—Pensé que... bueno, que dormiríamos juntos.
Damián rió suavemente, esa risa grave y relajada que siempre parecía desarmarme.
—Amelia, no quiero apresurarte. Apenas estás llegando, y esta convivencia será nueva para los dos. Quiero que te sientas cómoda primero.
Asentí lentamente, aunque no pude evitar sentirme un poco descolocada. No esperaba esa respuesta, y aunque su consideración era admirable, también despertaba más preguntas en mi mente.
Después de ayudarme a instalarme, Damián sugirió que fuéramos a la cocina para preparar la cena.
—¿Sabes cocinar? —pregunté mientras lo seguía por los pasillos.
—Sé lo básico, pero no te entusiasmes demasiado.
Cuando llegamos, la cocina era tan impresionante como el resto de la casa. Aunque moderna, tenía un aire cálido y acogedor, con estanterías llenas de especias y una gran isla central que parecía hecha para reuniones familiares.
—Vamos a preparar algo rápido —dijo, abriendo el refrigerador.
—Yo puedo encargarme —respondí de inmediato, sonriendo—. Me gusta cocinar, y soy bastante buena en ello.
Damián cerró el refrigerador y se giró hacia mí, apoyándose casualmente contra la encimera.
—Tal vez seas buena, pero no pienso quedarme mirando sin hacer nada.
—De verdad, puedo manejarlo.
—Amelia —dijo con una firmeza amable en su tono—, no quiero una esposa que sienta que su único lugar está en la cocina o que tiene que encargarse de todo. Esto lo hacemos juntos.
Sus palabras me sorprendieron. No era algo que esperaba escuchar, especialmente considerando de dónde veníamos. En el pueblo, las cosas eran diferentes, y los hombres rara vez ofrecían ayuda en la cocina.
—Está bien —acepté, cruzándome de brazos con una sonrisa retadora—, pero espero que sepas cortar verduras, porque no pienso dejarte solo con las ollas.
—¿Estás dudando de mis habilidades culinarias? —preguntó con una ceja levantada y un aire divertido.
—No lo dudo, estoy segura de que eres un desastre en la cocina —respondí, bromeando, aunque sentí una ligera calidez en el ambiente por nuestra interacción.
Lo que comenzó como una simple preparación de cena se convirtió en una experiencia que no esperaba. Nos reímos mientras discutíamos sobre cómo cortar las verduras o si la salsa necesitaba más sal. A pesar de la elegancia de la mansión y el lujo que me rodeaba, en ese momento, todo se sentía sencillo, real.
Cuando finalmente nos sentamos a cenar, noté que Damián me miraba con algo más que simple atención. Había una profundidad en sus ojos que no lograba descifrar, algo que parecía esconder tantas cosas que aún no sabía de él.
Y aunque todavía no entendía todo lo que implicaba estar aquí, con él, en esta nueva vida, me sentí, por primera vez, como si pudiera adaptarme.