•· Capítulo 2 ·•

1331 Palabras
• · • · • Esa misma noche, en la antigua mansión Wayne, ahora mansión Cordoban... Han pasado pocas horas desde mi intercepción en el tren, y tan solo un par de minutos desde que se me fue dicho que el señor Cordoban quiere verme. Estoy asustada. No sé en qué lío me metí, y no parece que vaya a salir de él rápido. En lo absoluto. Ahora mismo me encuentro en una de las habitaciones del ala B, habitación que antes solía ser mía. En un pasado estaba decorada con tonos rosa pastel y cortinas de tul blancas, y ahora se encuentra pintada completamente de un horrible marrón que da la sensación de estar sucio. Aparto mi vista de las paredes desnudas, sin siquiera un solo de los recuadros que antes la adornaban, y me fijo en el espejo del tocador en el cual estoy sentada. Este refleja la mirada de miedo que es imposible de quitar de mis ojos. A mis espaldas, por el mismo reflejo del espejo, logro ver que dos empleadas de la mansión aparecen arrastrando un tendedero de ropa móvil. Este va al descubierto, así que logro percibir desde la lejanía la cantidad de colores y telas diferentes de cada vestido. “¿Para quién es todo eso? ¿Acaso son para...mi?”. —Pon esto al lado del espejo grande mientras yo preparo a la chica. La más alta de las dos asiente, toma el tendedero con ambas manos y ella sola lo coloca en su respectivo lugar, mientras la más baja se acerca a mí por detrás. —Quite esa cara de muerta, niña, o Sir Cordoban va a castigarla. Él odia ver esas caras. Ante las palabras de la dama, solo me queda bajar el rostro a mis manos temblorosas y maltratadas. “¿Qué otra cara pondría, entonces?”. —Venga, tome este té. Le hará bien. Levanto la cabeza para ver cómo la sirvienta me pasa una taza repleta de té, pero apenas puedo hacer que mi mano temblorosa no tire el líquido tibio encima de mí. Ella, notando esto, me ayuda a sostenerla. Tomo un par de sorbos, y cuando ya me encuentro mejor de los nervios, ella retira la taza de mis labios y aplaude fuerte para apresurar a la otra chica. —Vamos, se nos está acabando el tiempo. Enséñame esos vestidos. Quiero saber qué color le quedara bien a ésta pálida niña. —Eliza, no hables así de fuerte. Vas a asustarla. La mujer que hay a mi lado sonríe con amplitud. —Oh, cierto. He olvidado presentarnos. Niña, yo soy Eliza. Tu nana —dice, echándose aire con la palma de su mano—. Y ella es Tutele, mi ayudante. Lo único que ella obtiene de mi parte es silencio. Cuando Eliza nota que lo más probable es que siga asustada, sus ojos se suavizan. —Tranquila, niña. Pronto te acostumbrarás a nosotras, pero mientras, por favor habla cuando Sir Cordoban te lo exija. Tiene la costumbre de castigar muy fuerte, y tú eres muy frágil, así que no quiero que te vaya a maltratar. Miro mis brazos. Lo soy, al menos en este estado, donde me he pasado días enteros sin comer y dormir por estar trabajando solo para pagar una deuda que al final se me hizo eterna. —Pero, pero, pero... —Eliza mueve su mano con desdén—...ahora no hablemos de eso. Mejor vistámosla porque el tiempo ya casi se nos acaba. · • · Las puertas de la habitación son abiertas, así que, siguiendo a Eliza, caminamos hasta la quinta y última planta de la mansión. Todo está prácticamente a oscuras, pues el pasillo es únicamente iluminado por unas pocas luces que hay en el techo. “Todo parece tan fantasmagórico”. Los guardias nos escoltan a través de todos los pasillos, hasta que finalmente llegamos a la última puerta del pasillo de la quinta planta. La habitación de Cordoban, estoy segura. Mis pies se pegan al suelo, y me cuerpo se niega a moverse, pero un toque por parte de Eliza en mi hombro me vuelve a la realidad. Tomo aire, y con la mano temblando, toco la puerta. No hay respuesta. O por un instante eso parece ser, porque de pronto la puerta se abre, y desde dentro sale un señor de aspecto cadavérico. Por su vestuario parece ser un mayordomo. —Entre, Sir Cordoban la está esperando. Él se echa a un lado, e impulsada por los ánimos que me dieron anteriormente Eliza y Tutele, entro en la habitación. La puerta se cierra a mis espaldas, aparentemente dejándome sola. Sola en la oscuridad de la boca del lobo. Estoy a punto de retroceder e irme, cuando la voz de Cordoban suena desde algún lado más delante. —Sigue caminando —dice, y es justamente lo que hago. Camino hasta que me es visible una cama exageradamente grande rodeada de cuatro jóvenes. Todas llevan vestidos blancos, ceñidos al cuerpo y semitransparentes. “¿Pero qué...?”. De repente, una mano se cierra sobre mi cuello y me obliga a volverme para ver sobre mi hombro. Cuando lo hago, quedo cara a cara con el señor Cordoban, que ahora usa solamente un par de pantalones de lino n***o y una camisa a juego. —Te pasaste con trece minutos. Entreabro mis labios, dispuesta a excusarme, cuando su dedo pulgar cae sobre mis labios, deteniéndome. —No te he ordenado hablar. Cierro mi boca, e inconscientemente mis ojos siguen el movimiento que hay a mi lado. Una de las chicas está vertiendo algún líquido en una copa dorada. El señor Cordoban me suelta finalmente, entonces empieza a caminar en dirección a la chica, toma la copa y se sienta en el borde de la cama. Ella se retira unos pasos lejos de él. —Para cumplir tu paga, y poder seguir viviendo. deberás seguir todas las reglas que se te impongan. Pero por si un día olvidas alguna de ellas... —Cordoban señala vagamente con su cabeza hacia un lado. Uno de sus guardias se encuentra allí, con un objeto que rápidamente reconozco como un látigo en la mano—….me veré en obligación de recordártelas. Todas. Siento que la sangre baja de golpe a mis pies. NO. ME JODAS. Tiene que estarme jodiendo. —Regla número uno, y la más básica. No hables si no te lo pido. No te quejes. No llores. No quiero que hagas ningún sonido en mi presencia si no te lo consiento. Número dos, harás todo lo que yo te pida. Todo. No importa si incumple alguno de tus códigos morales o no te sientes cómoda haciéndolo. Y número tres, pero más importante. No saldrás de tu habitación ni tendrás contacto con nadie que no sean tus nanas. Cero charlas y cero risas, a menos que yo te lo exija. Parpadeo dos veces, esperando que de repente él empiece a reír y me diga que todo es mentira. Pero conociendo su fama y sabiendo lo poco que sé de él, sé que no es mentira y que él es perfectamente capaz de esto y más. —¿Alguna pregunta? —él interrumpe mis pensamientos. —N-no —balbuceo. El señor cordoban se pone de pie, y con la copa aun en mano, se acerca a mí. Y cuando ya está lo suficientemente cerca, sin previo aviso me toma del cuello con fuerza, provocando que un jadeo por el movimiento improvisto salga de mi boca. —Si, qué. —Si, señor. —¿Cuál señor? Intento tragar, pero incluso eso se me dificulta. —Si, señor Cordoban. Poco a poco el me suelta, hasta que ya puedo volver a respirar y la distancia entre ambos es prudente. —Ya puedes volver a tu habitación —indica. Y eso es lo que hago, intentando que en el camino desaparezca el sentimiento de ahogo de mi pecho. • · • · •
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR