Horas después, Elena recibió la autorización para entrar en la habitación donde Iván descansaba. Ya había sido atendido y se encontraba fuera de peligro. Al entrar, lo observó recostado en la cama con el ceño fruncido, movía el vendaje que le habían colocado sobre el hombro izquierdo para liberar a su brazo del apretado agarre que le restaba movimiento. —¡¿Qué haces?! —le preguntó alarmada. Al escuchar su voz, Iván dejó lo que hacía y se giró sonriente hacia ella. Estiró su brazo derecho para invitarla a acercarse a él. —Muñeca. Ella sintió millones de mariposas revolotear en su estómago al ver de nuevo su encantadora y pícara sonrisa. Sin pensarlo dos veces se acercó a él y se dejó envolver para luego perderse en su ardiente boca, que la besó como si no la hubiera tenido en sema

