4 de enero
Agudizo la mirada, concentrándome únicamente en la herida. Evito sostenerle la vista al hombre porque no quiero involucrarme en los antecedentes de mis pacientes. Con los años me he obligado a no ser tan sentimental, a no forjar vínculos. Es la única forma de mantenerme intacta. Por eso prefiero enfocarme en la enorme herida que prefiero no saber cómo consiguió; para eso está la recepcionista, la encargada de tomar todos los datos.
—Listo —digo mientras me quito los guantes—. Pase en ocho días para retirar los puntos. Espéreme en recepción para entregarle la fórmula de medicamentos.
El hombre asiente y, sin el menor cuidado, se baja de la camilla. Ya lo veré quejándose luego porque la herida no sanó como debía.
Me dispongo a escribir la fórmula intentando no perderme en mis pensamientos; sin embargo, es inútil.
Mi mente está en otro lugar.
No puedo arrancar de mi cabeza lo que me dijo.
Me siento como…
Ni siquiera tengo palabras para explicarlo. Estoy demasiado feliz de que mamá esté aquí, en lo que podría llamar mi hogar. Desde que me instales aquí que no la veía en persona, y mi corazón se siente pleno con su presencia, aunque solo sea por unos días.
Sin embargo…
—Está muy organizado el lugar, hija —comenta, sentándose en el sofá mientras sus ojos inspeccionan todo—. Parece que no fueras tú la que vive aquí. —Sonríe divertida.
Mamá es demasiado jovial; sé perfectamente por qué lo dice. Cuando vivíamos juntas, mi cuarto era un desastre. Supongo que tiene que ver con que, cuando vivimos con nuestras madres, nos alcahuetean tanto que nos volvemos holgazanas.
—Eso mismo pienso cada vez que entro —bromeo, entregándole un vaso de agua—. A diario me sorprendo de ver todo tan ordenado.
Y conozco bien la razón de que sea tan pulcro.
—Esperaba otra cosa —confiesa.
—¿Cómo va el trabajo? —pregunto mientras me siento a su lado.
Aún me parece increíble tenerla frente a mí.
—Bien —responde, jugando con el borde de su camisa. Está demasiado nerviosa para ocultarlo, y eso me resulta extraño—. Al...
—Dilo de una vez, madre.
La conozco mejor que a nadie. Desde que me llamó hace dos días supe que algo la inquietaba, y apostaría mi nombre a que su visita tiene que ver con eso.
—Al…
—¿Sí…?
Suspira profundamente y se pasa las manos por el rostro.
—Yo… —toma un sorbo de agua, como buscando calmarse—. Hija… —susurra, mirándome. Cuando me ve, sus ojos se llenan de lágrimas, y eso me preocupa—. Cariño, lo siento… yo…
¿Qué siente?
¿Qué pasa por su cabeza?
—Mamá, dilo de una vez —pido, manteniendo la calma como puedo.
Tengo miedo. Más del que cualquiera podría imaginar. Tanto miedo que las palabras «mejor no lo digas» se me quedan atrapadas en la lengua. Mamá nunca se ha andado con rodeos, siempre ha dicho las cosas sin temblarle la voz… y ahora…
Solo por su comportamiento sé que lo que está a punto de decirme me dolerá.
Y puede que lo cambie todo.
—Tu bebé no murió —la suelta por fin.
De todas las cosas que imaginé, jamás se acercó a eso. No es un tema del que hable ni del que nadie tenga pleno conocimiento. Desde que la perdí, he cargado con su recuerdo y con la culpa que me susurra que no fui una buena madre. Nunca lo mencioné, no porque la olvidara, sino porque me pesa demasiado no haberla protegido…
Y, sobre todo, por no haber elegido un mejor padre, alguien que nos cuidara; o, al menos, que la cuidara a ella.
—No… —sacudo la cabeza una y otra vez, mientras las lágrimas caen desbordadas—. No… —me pongo de pie, alejándome, mientras mi mente busca desesperadamente explicaciones—. No juegues con eso, madre, por favor… —suplico.
—Hija, lo siento…
Miles de recuerdos me asaltan: la prueba de embarazo, las primeras pataditas, los latidos en cada control, la ropa diminuta que compré, el momento en que supe que sería una niña…
¿Viva?
¿Mi hija… viva?
Quiero creerlo.
Lo anhelo con una fuerza que me desgarra.
Pero tengo miedo.
Miedo de ilusionarme.
Miedo de lo imposible.
Miedo porque…
Ella murió en mis brazos.Y mamá jamás jugaría con esto.
—¿Cómo…? —tragó saliva.
—Hija…
—Ella murió en mis brazos —le recuerdo—. Vi cuando la enfermera se la llevó apresurada por las complicaciones, y luego me dijeron que había muerto. —Ese día nunca lo olvidaré—. ¡¿Cómo puedes decirme que mi bebé vive?! —grito, incapaz de contenerme.
Siempre he sabido mantener la compostura.
Esto… es otra cosa.
—Hija… yo…
—¡¿Tú qué?! —Vuelvo a gritar.
El mismo desespero que sentí el día que la perdí me arde en el pecho.
—Yo… —suspira, llevándose las manos al rostro—. Aquella noche tuve turno y tuve que dejarte sola… —recuerda—. La bebé estaba bien cuando la vi en la incubadora. —Guarda silencio unos segundos—. No sé qué sucedió.
—¿Entonces cómo puedes decirme que vive?
—Al, necesito que me escuches detenidamente —pide, casi como una orden—. Cuando volví a hacer mi ronda, tú llorabas desesperada diciendo que tu hija no podía estar muerta. —Lo recuerdo—. Intenté que quienes te atendían me explicaran qué había pasado y que me dejaran verla, pero no pude. Solo me dijeron que murió por problemas respiratorios.
Asiento lentamente, respirando profundo para no derrumbarme.
—¿Por qué me has dicho que ella vive?
Me extiende un papel.
Nunca imaginé que pudiera entregarme algo así: una hoja con una frase.
«No soy bueno con los preámbulos, así que iré al grano: la pequeña no murió».
La observo incrédula.
Pensaría que es una broma, pero pocas personas sabían de mi embarazo.
—Esa nota me llegó hace un par de semanas —explica—. No supe qué creer. No quería decírtelo para no hacerte daño… pero luego… —suspira—. Era imposible ignorarlo. Así que fui al hospital, investigué, reuní a todos los involucrados en tu parto, y una de ellas me confirmó lo que tanto temía: no murió. Se la entregaron a un hombre…
Mis manos tiemblan. Mi labio también. Mi cuerpo entero se sacude. Quiero destruirlo todo, pero no tendría sentido.
Cierro los ojos.
Necesito respirar.
Necesito… no sé qué necesito.
—¿Ese hombre…?
Es masoquismo, de mi parte, suplicar que no sea él.
—Las descripciones que me dieron me hacen suponer que fue él… —su voz tiembla—. Hija, yo…
—¿Quién envió la nota?
—No lo sé.
¿Quién podría haberlo hecho?
Incluso muerto, sigue empeñado en joderme la vida. Si pretendía que sufriera por haberlo dejado, le funcionó.
Me destruyó la existencia.
—¡Alina…! —un grito cercano me sobresalta, lo que hace caer el lapicero de mis manos—. ¿Dónde tienes la cabeza, mujer? —regaña una mujer de rostro redondo y tierno, de unos cincuenta años.
—Lo siento, yo…
—Ve a entregarle la fórmula al hombre. Está impaciente por irse. —Asiento, buscando la pluma para escribir. La madre superior la encuentra antes que yo y me entrega una—. Termina con él o pondrá de cabeza el hospital.
—Lo haré enseguida.
Me concentro en completar la fórmula. Lo hago adrede, para evitar la mirada de Sor Mary. Cuando ve que no deseo conversar, se marcha. No tardo en dirigirme a recepción, donde el hombre me observa con evidente molestia. Supongo que, por hacerlo esperar, pero es que…
Los profesionales también sufrimos. También tenemos una vida que a veces nos lanza como si fuéramos escupidos por el trasero de una vaca.
—Ya era hora —resopla.
—No olvide seguir la fórmula al pie de la letra.
Le doy la espalda y regreso a mi consultorio.
Esta soy yo.
Alina Roux.
Una mujer que perdió el significado de tener sueños. Me convertí en doctora, actualmente soy subespecialista en medicina Materno-Fetal, es decir, perinatologa, estoy orgullosa de mis logros. Puede que ahora no ejerza exactamente del todo en lo que me formé, pero es lo que hay, y me gusta.
Me gusta ayudar.
Aquí llegan casos de todo tipo.
Al principio me paralizaba, pero con el tiempo me volví pez en mi propio océano. Comprendí por qué estudié esto. Por qué hice una especialización y porque quiero continuar estudiando.
Todo fue por ese anhelo silencioso de evitar que otras madres vivieran lo que yo viví.