Antes de irnos a casa de Antoine, le pido a mi hermana que nos detengamos en una cafetería para poder subir algunos videos y fotos a la cuenta del club. Además, mi cuerpo quería comer algo dulce.
Tras media hora, entramos en La Finca para la cena donde fuimos invitadas. Mi hermana toma el camino como si fuéramos a casa y observo todo confundida.
—¿Vamos a casa? —me decido a preguntar. Dí que sí, por favor.
—¿Eres tonta? Antoine es nuestro vecino —Sophia ríe y mis mejillas empiezan a calentarse al darme cuenta de que él era el chico que estaba hablando en el balcón el día en que llegué a Madrid.
Me decido a no hablar más y así guardamos el coche en el garage de nuestra casa y nos vamos caminando a la de nuestro lado.
Los nervios invaden mi cuerpo por alguna razón, pero intento mantenerme calmada, porque ya no soy aquella adolescente que estaba enamorada de David Beckham y con solo ver una foto, se desmayaba.
—¡Sophia! —exclaman al abrir la puerta. Me sobresalto al ver a una chica abrazando fuertemente a mi hermana.
—Amélie, ella es Bea. Bea, Amélie, mi hermana. Ella es la esposa de Koke, Elie.
La guapa castaña nos lleva dentro de la casa, la cual es prácticamente igual a la de nosotras y nos presenta a Sofía, la esposa de Godín, que es sudamericana y súper maja.
Al llegar a donde estaba la piscina, veo el balcón de mi habitación en la altura y me doy cuenta de que, de hecho, también tengo vista a la piscina del rubio. Que ideal lugar para las tardes soleadas llenas de cotilleo.
—¡Elie, ven! —grita mi hermana al lado de cuatro jugadores del Atleti—. Koke, Godín, Saúl y ya conocías a Luquis.
—Amélie, mucho gusto.
¿Qué se supone que diga al frente de, probablemente, algunos de los mejores futbolistas del mundo?
—¡¿Dónde está Sophia?! —gritan y veo a Antoine caminando hacia nosotros. En sus brazos, tenía a una pequeña niña de cabellos dorados y grandes ojos azules. Seguramente es su hija.
—Que cosa más hermosa —sale de mi boca sin previo aviso. Abro los ojos y sonrío para ocultar mis nervios. Que lengua suelta eres, Amélie.
—¿Quién? ¿Yo? —pregunta el rubio burlón.
Prefiero no responderle y le quito de sus brazos a su hija sin su permiso. Amo a los niños y nada puede detenerme cuando los veo.
Noto que tenía un collar dorado que ponía Mía y supuse que ese era su nombre. Sonrío para mis adentros, porque amaba ese nombre con locura. La pequeña empieza a jugar con mi cabello y ríe escandalosamente al verme haciendo muecas.
—Esto es muy raro —dice Godín y lo miro confundida. Todos me observaban como si algo raro fuera a salir de mi boca.
—¿Qué?
—Mía es muy tímida —me explica Sophia. Vuelvo mi mirada a la niña y la veo sonriéndome como si nada. ¿Hablan de la misma Mía?
—Parece que le gustas —suelta Griezmann sorprendido—. No nos habemos conocido como tal. Antoine Griezmann, un placer.
—Amélie Dunne. Mucho gusto, Antonio — Lucas suelta una risa escandalosa y me doy cuenta de que lo he llamado como lo hago por burla—. Sophia me dijo que amabas que te llamarán así.
Me alejo de la discusión que había causado y me llevo a la bebé al interior de la casa, donde estaban Beatriz y Sofía preparando la mesa para la cena. Les ofrezco mi ayuda, pero no me dejan por ser la invitada, por lo que me quedo jugando a las muñecas con Mía. Veo como, paulatinamente, esta empieza a rascarse los ojos y pestañear varias veces, hasta que se queda dormida en mis piernas.
Le pregunto a Bea donde queda su habitación y cuando entiendo por dónde es, la llevo en mis brazos. Entro en la que pienso que es y veo el color rosa pastel en las paredes, un pequeño columpio, un tobogán y muchos juguetes en el piso. Sin duda, es esta.
Su cama era un pequeño castillo y ahí la acuesto delicadamente, no sin antes arroparla bien y dejar un beso en su frente. En serio, amo a los niños.
—Gracias —susurran a mis espaldas. Suelto un chillido del susto y me volteo para darle una hostia a quién me había asustado.
—Dios mío, Anto. Casi me da un infarto, no puede ser —murmuro con las manos en mi pecho. Soy muy asustadiza, demasiado, diría yo.
—¿Anto? —cuestiona. Parece que no le molestaba mi apodo, pero no sé como salió eso de mi boca.
—Me gusta llamar a la gente por apodos. Todos te dicen Grizi, yo te diré Anto y si me disculpas, tengo hambre.
—Espera —el rubio toma mi brazo y hace que mis ojos se conecten con los de él por primera vez desde que nos conocimos.
No me jodas, que hermosos ojos tiene. Tener esos ojos debería ser ilegal, creo que estoy viendo el mundo en ellos. Los míos tan verdes y los de él tan azules.
—Say it (Dilo) —murmuro nerviosa al sentirme intimidada por su mirada. ¿Qué me pasa?
—Eres muy guapa, Meli —susurra acercándose a mi burbuja. Ah no, así no es la cosa.
—Muchas gracias, pero no —me deshago de su agarre y lo empujo ligeramente—. Se te ha ido un poco la olla, no cruces el límite.
Paso por su lado y golpeo mi hombro con el suyo. —¿Te puedo decir Meli? —grita, mientras bajo las escaleras.
—¡Sólo no me digas Ame! —respondo con una sonrisa en el rostro, que borro inmediatamente al darme cuenta de lo que había pasado.
Acabo de terminar una relación, llegué a otro país y estuve a punto de besarme con el chico más hermoso que he visto en mi vida, después de David Beckham. Todo va muy rápido para mi gusto.
Más lento, please.