Llegamos a mi querido Londres después de las peores dos horas de mi vida y eso que he viajado bastante en mis veinticuatro años. Un coche n***o nos recoge en la pista del aeropuerto y cuando empiezo a bajar las escaleras del avión, el dolor en mi espalda reaparece, luego de que pasara más de una hora molestándome. —Antoine, hey —lo llamo cuando toco tierra. Las náuseas se hacen presentes y probablemente, termine vomitando en un par de minutos—. Me siento muy m-mal. —¡Amélie! —el francés corre y me toma en sus brazos. Todo me da mil vueltas y un penetrante dolor aparece en mi vientre, haciendo que lleve mis manos enseguida al lugar—. ¡Llamen a una ambulancia! ¡Ayu... Los gritos del rubio se escuchan cada vez más lejanos y lo único que siento son mis lágrimas caer sin contro

