L «Duerme mi niño, duérmete ya, que de la luna tu madre vendrá…»… La melodía, el regazo en el que siempre estaba seguro, cálido, tranquilo. Él estaba ahí y no estaba en ninguna parte. No escuchaba, no veía, no olía nada, no sentía. Como el aire, como la bruma, la melodía que tenía pegada en su corazón se reproducía una y otra vez. Aluna estaba ahí, a su lado. Pero Matt no respondía y ya iba para dos meses de estar en ese coma que nadie sabía a qué se debía. Ella también estaba en la prestigiosa clínica de los Siberan, pues estaba a punto de dar a luz. —¡Por dios, niña! —regañó Thomas al verla ahí, cuando debería estar en su cama, esperando para pujar—. Él no se irá a ninguna parte, ahora la preocupación debe centrarte en ti. —No, no puede ser así. Él y mis bebés, que también son suyos

