Capítulo 29: La sangre del Alpha

1702 Palabras

XXIX La bestia había sido liberada. Por mucho que las cadenas de la consciencia quisieron mantenerla prisionera, no pudieron con la fuerza desmesurada de su naturaleza. Con la ropa salpicada del líquido rojo de su rival, con los ojos brillantes y enloquecidos, con ese cabello castaño que ahora se tornaba carmesí, iba por otra ronda mortal de golpes, el otro debía morir. Temblaba, no estaba presente el buen hombre que siempre había sido; aun así, la niña se lanzó a su pierna para intentar detenerlo y ahí, desde el piso, abrazada a la extremidad de su amante, le suplicó que parara. Se estaba arriesgando demasiado, aquella horrenda situación en que fue lastimada podría repetirse y entonces, esta vez, quizás no contara con tanta suerte. —No toques lo que es mío —espetó con una tenebrosa voz

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