VII
Matt no podía creer que las cosas cambiaran tanto desde la noche en que tuvo el accidente. Su retiro de los escenarios, incluso debió llevar a Lu y a otros a aspirar por la medalla de oro, pero no parecían ser las cosas así. No entendía nada.
—Verás, él y la joven omega con la que salía terminaron. El tonto de Leroy no lo tomó muy bien, menos cuando supo que su exnovia comenzó a salir con otro Alpha al poco tiempo. Entonces su rendimiento bajó de manera dramática, y un día llegó ebrio a una práctica. Antes de que cayera más abajo, sus padres creyeron que debían hacer algo y pensaron que si el señor “dios de las pistas”, Matthew Siberan, estaba en un curso para rehabilitarse, su hijo también debería tomar ese curso, y así salir de la tristeza que le dejó esa ruptura. Eres un ejemplo hasta para las desgracias, amigo mío. —Steve le dio unas palmaditas en la espalda, riendo por lo bajo—. Ahora te vas a encargar de un chico de 22 años con el corazón roto...
Matthew suspiró, o mejor bufó. Siempre supo que Leroy y esa chica, exnovia ahora, no irían a ningún lado, ella solo deseaba su fortuna y nunca disimuló ni un poco. Así se manejó esa relación, ella pedía y Lu le daba. De seguro lo dejó por otro con más dinero. No todos los omegas se movían bajo éticas tan deplorables, pero sí tenían a su favor el poder dominar a los Alphas, si sabían jugar. Su celo era un arma mortal.
No obstante, Louis en ese entonces estaba tan feliz, que Matt no pudo decirle nunca en su cara que era un idiota. Pero de eso a que tuviera que encontrárselo en un curso fuera de cualquier contexto del patinaje, había mucha diferencia. Por supuesto, él no se haría responsable de ese chico, nunca.
Como una pequeña gacela, un niño de tal vez 8 años saltó al cuello del hombre del bastón, tan de repente que apenas y tuvo tiempo para sostenerlo y no dejarlo caer. Ambos sonrieron y el niño, conmovido, le abrazó con fuerza.
—¡Antoine! —dijo Matthew emocionado—. ¿Qué haces acá? Me da gusto verte.
—¡Ahí estás niñato! Casi se me sale el corazón cuando no te vi —gritó Louis mientras llegaba de nuevo al encuentro con los patinadores, jadeando muy agitado.
Ese pequeño no era otro más que el hermano menor de Lu, ferviente admirador de Matthew Siberan, que lo conocía desde que era bebé, así que el afecto era mutuo.
—¡Matthew! Vine a verte, quiero contarte muchas cosas, espero que cuando salgas de acá puedas enseñarme a patinar para ser el mejor, como tú —habló el niño.
—¡Hey! —reclamó Lu—. ¡Yo también soy patinador, puedo enseñarte! ¡Papá y mamá también lo son! Nos deshonras al preferirlo a él.
—Lo sé, pero tú no eres el mejor, y papá y mamá estarían felices si Matthew me entrenara —respondió el pequeño.
Matthew y Steve soltaron un par de carcajadas, todo lo dicho por Antoine era cierto. Sin embargo, lo que dijo el niño después, lo tomó por total sorpresa.
—Matthew, adivina qué, salió mi prueba de sangre, ¡y resultó ser que soy un omega!
Pero la emoción de Antoine, no iba acorde al rostro de Louis, que bajó la cabeza, acongojado. Matthew y el otro chico se miraron, no parecía ser una noticia que trajera felicidad a nadie.
Mientras el niño se sacudía un poco la nariz para evitar estornudar, Matt miró al hermano mayor y entendía lo que se venía cuesta arriba. Algo había que decirse, algo que confortara al pequeño y que no le abrumara aún sobre su posible difícil futuro.
—¡Vaya, es una sorpresa! Eso significa que vas a ser el mejor patinador omega que exista —replicó con alegría el señor del hielo.
—Matthew, tú eres un Alpha y yo un omega, ¿por qué no nos casamos? —la pregunta hizo reír por lo bajo a todos.
—Tienes razón, pero yo soy muy mayor para ti, deberías buscar alguien más de tu edad.
—Es cierto, ya eres un viejo. Espero encontrar otro como tú en el futuro.
La palabra, ¨viejo¨, fue un puñal directo al ego del mejor patinador artístico del mundo. Su mejor amigo, siempre tan empático, se lamentó de la propuesta de matrimonio que no terminó tan bien. Además, se afianzaba más su ancianidad ahora que precisaba de un bastón para poder caminar.
Matthew bajó a su pretendiente de sus brazos y dejó que su hermano se lo llevara a sus padres, que estaban ya por irse. Cuando el muchacho se alejaba con el niño, el de ojos de océano movió su cabeza hacia la puerta de la cafetería. Quería invitar a Steve a tomar algo, pero se cruzó con la humanidad de Aluna. El patinador se sonrojó un poco y le envió un saludo con la mano. En dos horas más entrarían a una clase, y podría soñar con ella otro tanto.
—¿Esa es la chica de la que me has contado? —interrumpió el amigo—. ¿Quieres hablar de ella? Es muy diferente hablar en persona que hacerlo solo por un chat. Aprovechemos el escaso tiempo que tengo en esta ciudad.
Matthew sintió total alegría al escuchar esas palabras de su amigo. Uno de los muy pocos y sinceros que tenía en el mundo, y que a pesar de las distancias y de las rivalidades, estaba ahí, dispuesto a escucharlo y confortarlo.
Mientras Matt lo llevaba a una terraza para que pudieran charlar tranquilos, trajo a su memoria esa noche, esa presentación que debió salir perfecta para otra medalla ganada, pero que se tornó en una noche de horror. Recordó que llegó a la competencia con el corazón dispuesto, pero el cuerpo y la mente alcoholizados.
Su entrenador intentó impedirle que saliera a la pista así, no obstante, fue inútil. Mientras se abría paso al piso congelado, vio a Louis en la baranda que le observaba con algo de desprecio. Él sería el siguiente en patinar y era claro que apreciaría su presentación. Luego viró su cuerpo y se encontró con los ojos preocupados de su amigo Steve, que sabía, que algo no estaba para nada bien.
Salió como un rey, el señor indiscutible de hielo. La música llegó a sus oídos y se movió al igual que siempre lo hacía, con la gracia de los ángeles, con la pulcritud del talento innato que poseía. Todo iba bien, todo parecía perfecto, hasta que llegó el salto cuádruple que le daría los puntos suficientes para subir su calificación.
Tomó la distancia necesaria, el impulso debido en el salto, no obstante, en microsegundos su visión se vio cegada por un proyector de luz, que de estar en sano juicio no lo habría afectado. Perdió por completo el ritmo de su cuerpo y cayó de forma atroz al piso, donde su rodilla y pierna recibieron todo el peso de su humanidad.
Un grito de dolor infinito cerró su presentación. Lo último que recordaba de ese momento, era que la música seguía sonando. Luego, que Chris estaba a su lado tomándolo por la cabeza, mientras Leroy, que también había saltado a la pista para auxiliarlo, acomodaba un poco su destrozada pierna para que la sangre circulara mejor.
Escuchó el susurro de muchas voces a su alrededor, eran de los otros patinadores que se acercaron para saber en qué podían ayudar al rey caído. Luego, todo fue silencio.
***
Fin capítulo 7