No me contengo, me es imposible hacerlo después de sentir sus labios en los míos. Poso una de mis manos por debajo de su nuca, enterrando mis dedos entre sus cabellos como si ese simple gesto pudiera impedir que se alejara rápido de mí, como si mi cuerpo supiera que esto no debe terminar aún, que no debe detenerse. Siento su respiración mezclarse con la mía y, sin pensar en consecuencias, mis labios devoran los suyos como si llevara toda la vida esperando por este instante. El beso se intensifica, se vuelve una batalla dulce y desenfrenada entre dientes, lenguas y caricias que me hacen estremecer de pies a cabeza. Y lo más desconcertante es que todo esto me resulta conocido, como si ya la hubiera besado antes, como si mi cuerpo la recordara, aunque mi mente no pudiera explicarlo. La durez

