Un resplandor se colaba por la ventana de Arthur que a su vez no podía conciliar el sueño. Con sus manos detrás de su cabeza miraba el techo evitando cerrar los ojos para no encontrarse con el mundo de las pesadillas, no le aterraba, pero no lo dejaba descansar, muchas muertes, mucha sangre derramada en sus manos.
Desde mujeres, bebes, niños, hombres, ancianos muertos hasta torturas ejecutada por su propia mano. En la vida militar debías ser fuertes con un corazón de piedra, y exactamente, Arthur había adoptado por ser insensible, de manera, que su mano pudiera ser dura al momento de ejecutar una orden.
Suspiró hondo, pensando en todos los problemas políticos, en el campo de concentración, y horrorizado en solo imaginar que la unión soviética interviniera, en caso de que llegara a suceder, su cabeza rodaría.
Escuchó el chillar de la puerta ante el silencio de la inmersa oscuridad en la que estaba sumergido, solo el ruido de sus pensamientos lo acompañaba como un metal que retiñe un ruido horrozo. Se levantó en posición de buscar su arma con la mirada fija en el objetivo central que se escondía detrás de la puerta oscuridad.
Vió una figurita pequeña, asustadiza, con sus dos manitos pegadas a su pecho.
Bufó tranquilizando sus sentidos, no estaba en un campamento, ni en Auschwitz, se encontraba en su casa, con su familia.
—¡Bruno!—llamó.
El pequeñín con pasos lentos se fue acercando hasta que el resplandor de luz de luna lo iluminó.
Arthur sonrió compasivo.
—¿No puedes dormir?—preguntó
Bruno negó con la cabeza.
—¿Quieres quedarte aquí conmigo?
Asintió.
—Ven...
El niño trepó la cama como un mono las ramas. Se introdujo en las cobijas mirando también el techo.
—¿Cómo te fue en tus clases?
—Bien.
—¿Que aprendiste?—interrogó su padre.
—Teclas blancas, negras, partes del piano.
—Bien.
—¿Que te parece tú maestra?
—Me agrada...
Arthur sonrió besándolo en la frente.
—¿Te digo un secreto?
Asintió.
—A mi también me agrada, y mucho. Ahora... a dormir.
Arthur se quedó un poco más despierto cuando escuchó a su hijo roncar, luego, más tarde también se quedó dormido.
*****
—¡Te ves terrible!—dijo
Ana estornudo en un pañuelo.
—Me siento terrible.
—Ayer estabas bien.
—Si, hoy amanecí con gripa.
Tosió otro par de veces.
Arthur Schmidt dejó de comer tocando la frente de su hermana.
—Ardes en fiebre. Es mejor que te recueste.
—Imposible. ¿Quien cuidará de Bruno?
—Yo lo haré.
Ana lo miró con cara de pocos amigos.
—Tú no te cuidas ni a tí mismo.
Su hermano endureció la mirada.
—Descansa, encierrate en tú habitación para que no nos prendas la gripa.
Se alzó del escritorio con abrupté.
—Estaré en mi despacho.
Ana lo siguió con la mirada cerrando los ojos impasible. Le dolía la cabeza, el cuerpo, la garganta. Volvió a toser en busca de una aspirina, que al tomarla se fue a sus aposentos a descansar.
Bruno se levantó media hora después y al alistarse, desayunó solo en la cocina al lado de la mujer que pelaba papas. Comió en silencio, bebió leche. Al terminar, se fue al despacho dónde su padre en un silencio sepulcral leía unos documentos.
En una silla frente a él se sentó mirándolo trabajar. Añoró que su papá dejara todos los documentos y le prestara atención, se diera cuenta que su hijo estaba frente a él deseando compartir un rato de su compañía.
Solo unos minutos papá, te regálame un minuto de tú tiempo.
Sus ojos inocentes se entristecieron, a medida que se encogía más en el sillón pegando sus rodillas al pecho. Extrañó a su tía y se levantó para ir a verla, quizás, no estaba tan enferma como para sacarlo al jardín o algún lado. Abrió la puerta muy cuidadosamente, volteando a ver su padre que no despegaba sus ojos del documento. Salió del despacho.
La casa se había convertido en una neblina sepulcral cada vez que Bruno subia las escaleras para la habitación de su tía. Abrió la puerta con mucho cuidado y la descubrió dormida, se desanimó verla dormida a esas horas.
Volvió a cerrar la puerta, bajando las escaleras, conduciendo sus pies al cuarto de la magia. Vió el piano, tocó sus teclas, luego, los libros. Eligió la isla del tesoro y se fue al despacho, su padre seguía leyendo con demasiada atención, se preguntó que sería tan importante para que su papá estuviera pegado a la lectura.
¿Será una historia interesante? ¿una historia de aventura?
Se sentó en el sillón cuando tocaron la puerta.
—¡Adelante!—dijo sin apartar su vista del papel.
Se abrió la puerta.
—Capitan Schmidt, el teniente Von Weber lo espera en la sala.
Bufó de fastidio. Se levantó diciendo palabrotas y salió del despacho.
Bruno se quedó mirando el escritorio, y resolvió por involucrarse en la lectura de su padre que obviamente, debía ser más entretenida. Caminó hacia el escritorio y tomó la carta en sus manos cuando entró su padre.
Se asustó... que pálido, paralizado de la misma manera que una estatua. Arrugó la carta guardandola en el bolsillo de su pantalón.
—Vamos a comer Bruno, tengo hambre. El teniente Von Weber nos acompaña. Apúrate.
Asintió temblando, caminando con tanta angustia que el alma le venía a los pies. Deseó no haber tomado el papel, de haberlo dejado quieto en el escritorio porque ahora hasta el apetito de se le había quitado por la angustia interna que llevaba. Si su padre se enteraba, se enfadaría demasiado, y odiaba ver a papá enfadado.
No dijo nada durante la comida, solo lo vió a ambos señores meterse nuevamente al despacho.
Estuvo a punto de llorar porque no sabía cómo regresar ese pedazo de papel a su sitio.
Tengo miedo
Se sentó desanimado en el cuarto de la magia, pensando en una estrategia de como devolverla sin que su padre se diera cuenta cuando escuchó tocar en la puerta.
—¡Adelante!—dijo con voz débil.
Greta entró más seria de lo normal.
Cerró la puerta tras ella, buscando asiento en la butaca del piano.
—¿Listo para la lección de hoy?
Bruno no contestó. Su vista permaneció en el suelo.
—¡Bruno!
Nada.
—¿Que sucede?—le alzó el mentón con delicadeza.
El niño se echó a llorar.
—Hice algo malo, muy malo.
Greta se quedó pasmada, consolandolo.
—Cariño, ya no llores, tranquilízate.
—Mi padre se enfadara mucho conmigo—dijo entre mocos y llanto.
—¿Que pasó?—preguntó Greta con dulzura.
Bruno sacó de su bolsillo el documento.
—Solo quería tiempo con mi papá, solo quería saber si lo que estaba leyendo era más interesante que yo.
A la muchacha se le quebró el corazón en pedazos. Lo atrajo hacia su pecho y lo abrazó con fuerza.
—Chiiii, no llores. Todo está bien. Pondremos el documento en su lugar, ¿bien?
—¿Como? está reunido allí con el teniente Von Weber.
—Pues, lo sacaremos de allí, tranquilízate, yo te ayudaré.
Bruno con su antebrazo se limpió las lágrimas.
—¿Enserio?
—Te lo prometo.
—¿Lo prometes con el dedo meñique?
Greta se rió.
—Lo prometo con el dedo meñique.
Entrelazaron ambos dedos y Bruno sonrió. Esa sonrisa a Greta le provocó una sensación extraña en su corazón que no pudo describir porque era una mezcla de alegría y tristeza.
—Bien, haremos... —le contó en el oído.
***
Asimismo, Arthur se encontraba en su despacho sumido en la conversación con el teniente Von Weber. Un hombre no tan joven pero con demasiada malicia. Absorto de sus pensamientos escuchó los golpes de su puerta.
Bufó.
—¡Adelante!—Bruno ingresó asustado pero con valentía
—Capitan Schmidt, teniente Von Weber—hizo la seña reverencial que su padre a veces hacia —. Perdón por molestarlos, pero, quiero enseñarles algo
Arthur bufó.
—Bruno, estamos en algo importante.
Todo es importante, menos yo.
—Quiero mostrarle algo, además, les preparé algo especial, galletas—dijo con miedo a que su padre no lo aceptara, lo regañara. Para sorpresa de Bruno, el teniente Con Weber sonrió.
—Quiero galletas, capitán Schmidt, acepto la invitación del pequeño Bruno.
Uuuus, estuvo cerca.
—Bueno—Bruno los vió levantarse y eso lo alegró, el plan habia funcionado, ahora, tocaba la parte de Greta.
Greta los vió salír, caminaban al cuarto de la magia cuando entró con precaución al despacho.
Vió el escritorio de madera, los cuadros, los títulos, medallas, libros, sillones. Suspiró, debía dejar el documento rápido en el escritorio.
Lo sacó de su bolsillo y con sus manos trató de planchar el papel un poco de manera que no se viera tan arrugado. Cuando la tentación de sus ojos cayeron en las letras confidenciales.
Debía salir de ahí, sin embargo, Greta comenzó a leer, a leer el documento sobre la amenaza que le hacía la unión soviética. Debía seguir leyendo, eso era importante para ella como judía, como para la resistencia.
Se enderezó cuando vió la puerta abrirse.
Oh no, estoy perdida.
El alma se le vino a los pies y creyó morir allí mismo cuando vió los ojos verdes furiosos del capitán observarla en silencio.
Debía pensar algo, rápido...
Ya estoy muerta, me matará aquí mismo.
—¿Que haces aquí?
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Notita: deja tus comentarios. Arthur hasta a mí me da miedito.