—¡Sos una estúpida! —le dicen a Nayla al otro lado del teléfono. —Pero no pude hacer nada. No fue mi culpa. —No me importa. Se ve que todo tengo que hacer yo. A partir de ahora, harás lo que yo diga. —¿Y ella? —inquiere preocupada. —¿Debo volver a repetir las cosas? —No. lo siento. Y colgó la llamada. Habían pasado varias horas y estaba nerviosa por no saber nada de Nacho. De hecho, creía que la policía lo había encontrado y llevado a la cárcel, y estaba esperando llamado suyo para ir a verlo. No sabía, solo imaginaba pero aun así, esperaba que esté bien. Mientras tomaba un café, observa el reloj que marca las 5 la madrugada, cuando de pronto el ruido de la cerradura la sobresalta y tras correr a la puerta, se encuentra con una gran sorpresa. —¡Nacho! —grita con un nudo en

