6 – Entre hornos y mentiras

1336 Palabras
Capítulo 6 – Entre hornos y mentiras Elena se miró una vez más al espejo del baño del restaurante. El uniforme blanco estaba perfectamente abotonado, el cabello recogido en un moño tirante, los lentes firmes en el puente de la nariz. El corazón le latía con violencia, no porque dudara de su capacidad en la cocina, sino porque sabía que, desde ese día, no solo debía ser la repostera que siempre había soñado, sino también la “novia” del chef Alejandro Varela. “Bueno… al menos conseguí el dinero. Por lo menos no perdí nuestra casa. Eso es lo que me importa ahora.” Se repitió a sí misma como si esas palabras fueran un conjuro contra la duda. Pero ni siquiera la deuda saldada le traía paz. La imagen de su hermano con la cabeza gacha aún le atormentaba el alma. “Tengo que ponerle un parate a este chico—se dijo con dureza—. Porque si no lo hago, me va a seguir hundiendo en su gran estupidez. Ese dinero no salió de un milagro, lo estoy pagando yo con este contrato absurdo. Ahora todos mis sueños se fueron por el retrete,siempre yo de última para todo.Hasta para enterarme de que me metían los cuernos...Él tiene que encontrar a ese amigo de alguna manera y recuperar mi dinero aunque creo que todo está perdido ya. Pero yo no voy a cargar sola con todos sus errores.” Elena ajustó los puños de la chaqueta de cocina. “Y ahora, tengo que aguantar al arrogante de Alejandro Varela, el hombre que se cree que puede manejarlo todo. Que crea que me puede exhibir como su pareja para que su mamá no lo quiera casar con nadie. Pero no. Si se vuelve a hacer el vivo, no puedo encajarle otro tortazo como en el hotel, porque me despediría y entonces, ¿con qué pago la deuda? Me toca resistir. Fingir. Pero aquí dentro, en la cocina, mando yo.” Respiró hondo y levantó la frente. El restaurante era un templo de perfección: lámparas modernas colgando como astros, pisos brillantes, aromas de café y pan tostado que se mezclaban en el aire. Era un territorio ajeno, sí, pero también el escenario que debía conquistar. Detrás de ella, la voz grave de Alejandro Varela la alcanzó. —¿Estás lista,mi amor? Se giró y lo vio.Vestia elegante con su traje oscuro, corbata perfectamente anudada, esa postura erguida que parecía diseñada para intimidar. Su media sonrisa arrogante estaba ahí, como un recordatorio de lo que había aceptado la noche anterior. —Lista —respondió Elena, con una firmeza que le sorprendió incluso a ella. Él le abrió la puerta como quien conduce a alguien al escenario principal. Y al entrar juntos en la cocina, todos los ruidos se apagaron: batidores, cuchillos, hornos… nada sonaba, como si el aire mismo contuviera la respiración. —Equipo —anunció Alejandro con voz firme—. Les presento a su nueva jefa de repostería: Elena Duarte. Un murmullo recorrió la sala. Los ojos se clavaron en ella, midiendo, juzgando, evaluando. Alejandro dio un paso más y añadió, con un tono que cayó como un trueno: —Y además, Elena es mi pareja. Elena sintió el calor treparle por el cuello hasta las mejillas. Sintió que hasta los lentes se le empañaron .No esperaba que lo dijera así, de frente, con esa seguridad peligrosa. Él la había presentado con tal convicción que, por un segundo, hasta ella misma casi creyó la mentira. Algunos sonrieron con cortesía; otros se miraron entre sí con un destello de incredulidad o envidia quizás. El más reacio fue el encargado de repostería, un hombre de unos cincuenta años, con bigote recortado y brazos fuertes con sus manos manchadas de harina. —Con todo respeto, señor Varela —dijo con tono ácido—, aquí no hace falta mezclar la cocina con la vida personal. Alejandro abrió la boca para responder, pero Elena fue más rápida. Dio un paso adelante, clavando los talones en el suelo, y habló con una claridad que cortó el aire como un cuchillo recién afilado. —Está en lo cierto. Aquí no se mezcla nada a menos que no sean ingredientes para los postres . Aquí soy la jefa de repostería. Quiero que quede claro: antes que cualquier título de “novia del jefe”, en esta cocina yo mando. Un silencio pesado cayó sobre la sala. El encargado arqueó una ceja. —¿Ah, sí? Veremos si está a la altura. Aquí se exige perfección, y usted viene de afuera. Elena sostuvo su mirada sin pestañear. —Justamente. Por eso estoy aquí. Porque sé lo que hago y me gusta todo impecable. A mí me contrataron como jefa y voy a ejercer como tal. Si alguien duda de mi capacidad, que lo compruebe con mis postres. Pero le aseguro que no pienso permitir errores ni mediocridades. El murmullo regresó, esta vez con un matiz distinto. Algunos ayudantes parecían impresionados; otros, tensos. El encargado apretó los labios, incómodo, pero no se atrevió a replicar. Alejandro la observaba con esa sonrisa ladeada. Había algo en su mirada que no era burla, sino fascinación. —Perfecto —dijo él al fin, tomando uno de los macarons que ella había preparado como muestra—. Exactamente lo que esperaba. Elena cruzó los brazos. —Soy repostera. No un adorno ,no lo olvide.Le susurro bajito para que nadie la escuché ,solo él. Por primera vez, Alejandro no respondió con sarcasmo. Solo asintió, como si le gustara verla de pie, firme,tan segura. La jornada comenzó con un ritmo frenético. Elena caminó por la cocina como si hubiera nacido allí. Recorrió estaciones, revisó hornos, corrigió temperaturas, pidió precisión en los tiempos de montaje. Sus órdenes eran claras, sus gestos firmes, su voz segura. Los ayudantes la miraban con una mezcla de sorpresa y respeto. Mientras montaba una bandeja de éclairs, pensó: “Este es mi lugar,aquí nadie me va a basurear. Ni el encargado, ni el personal, ni siquiera Alejandro Varela. Soy la jefa de repostería, y voy a demostrarlo cada día.” El encargado, sin embargo, no quitaba los ojos de ella. Se acercó con un plato en la mano, fingiendo neutralidad. —La masa está muy blanda. No va a resistir el glaseado. Elena lo miró de reojo, tomó uno de los éclairs y lo partió con delicadeza. La crema cayó con la densidad exacta, el glaseado brilló bajo la luz. —Está en su punto —respondió con calma, pero con filo en la voz—. Aquí no se trata de impresiones, sino de resultados señor y los resultados, como ve, son impecables. Dejó el postre frente a él y añadió, para que todos la escucharan: —Aquí mando yo y quiero respeto y disciplina. Si no está dispuesto, hay otros restaurantes donde puede cuestionar a su jefa. Señor Alfredo Garza¿ese es su nombre ,verdad ?Aquí no. El golpe fue seco, certero. El encargado tragó saliva, asintió y se alejó sin decir nada más. Los jóvenes ayudantes se miraron entre sí, y uno murmuró: —Tiene carácter…la jefa. Elena lo escuchó y sonrió apenas. Ese era el reconocimiento que necesitaba. No ser “la novia del dueño”, no ser la protegida de nadie. Ser respetada por lo que sabía hacer. Alejandro entró de nuevo en la cocina, probó uno de los postres y asintió. —Perfecto. Elena lo miró con frialdad. —Ya se lo dije aquí soy repostera. No un adorno.Sonriendo de manera que nadie se diera cuenta la tensión entre ellos. Él sostuvo la mirada, y por un instante no hubo arrogancia en sus ojos, solo algo más complejo, algo que ella no quiso descifrar. Volvió a enfocarse en la mesa de trabajo, sus manos moviéndose con la seguridad de quien domina su arte. El precio del contrato sería alto, lo sabía. Pero había tomado una decisión: no iba a perderse a sí misma en el camino.
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