Entrar nuevamente a la hacienda, pero esta vez sin la compañía de su esposa, para Magnus, es completamente abrumador. En cada paso que da para acercarse a la antigua edificación, siente como el peso de su conciencia se va haciendo cada vez más grande. Sin embargo, entrar al cuarto y encontrarse aquella cama tendida completamente limpia lo lleva a correr a las almohadas para olerlas y saber si queda algún rastro de su esposa en ellas. Sus ojos se llenan de lágrimas cuando siente que todavía queda algo de ella, la abraza con fuerza y Barton interrumpe aquel momento con una pregunta seria. —¿Qué haremos con las cosas de la señora? —Magnus se gira con el ceño fruncido—. Me refiero a sus maletas y todo aquello que quedó en su habitación. —¿Te refieres a esa maldita bodega en cual la metí? ¿E

