Se inclinó levemente ante Hakon, cerró los ojos, y luego levantó la barbilla, ignorando los comentarios sobre ella. Una suave voz surgió de su garganta de cisne. Uno por uno, los invitados se dieron cuenta y silenciaron su charla. La voz de Astrid llenó el silencio con una fluidez y profundidad que contradecía sus miradas desgarbadas. Cantó sobre una joven ninfa del bosque cuyo amor prohibido por un muchacho humano la obligó a elegir entre el amor mortal y la vida inmortal. Ella mantuvo los ojos cerrados, como si cantara a una visión en su mente que solo podía compartirse a través de la dulzura de su voz. Cuando la canción acabó, nadie habló. Nadie se atrevió a destrozar el momento. Astrid no esperó el reconocimiento ni abrió los ojos para ver si la audiencia la aprobaba. En cambio, se la

