—Hakon. La voz venía de lejos, tan lejana como un susurro en un vasto túnel. —Hakon —volvió a sonar la voz. Ahora más cerca. Cerca de él. — ¿Puedes oírme? Los ojos de Hakon se abrieron para ver una cara —la cara de Egbert— sobre la suya, aunque Hakon no podía enfocar la mirada. —Hakon, soy yo—. Como su cara, la voz de Egbert languidecía y fluía, como si la llevara en un viento voluble. —Soy Egbert. ¿Puedes oírme? Hakon intentó hablar, pero su voz no llegaba. Él asintió débilmente. El joven monje levantó la cabeza de Hakon y llevó una copa de madera a sus labios. —Bebe —le instó. El agua fría llenó su boca, trayendo consigo recuerdos de violencia y derramamiento de sangre. Un salón en llamas. Sacerdotes muertos. La mordedura de una flecha. Oscuridad y fuego. Recordó también haber sido

