CAPÍTULO DIECINUEVE Para cuando John detuvo su coche deportivo con un gruñido al lado del bordillo de la acera afuera del café, había caído la noche. Adele seguía mirando el lujoso interior del vehículo, negando con la cabeza. —Esto no puede ser una asignación del gobierno —dijo, mirando a John. Él le devolvió la sonrisa y dio unos golpecitos en el volante. —¿No? —dijo—. Pensé que a los Yankee Doodle Dandies les gustaban los coches como este. Ella puso los ojos en blanco. —Algunos de nosotros pensamos que los coches como estos compensan algo pequeño. Esta vez fue su turno de dirigirle a John una mirada significativa y bajar los ojos. Su expresión se volvió bastante fija. —Te puedo asegurar, Princesa Americana, que no hay nada pequeño en ... —Bien, bien —dijo Adele, apresuradamen

