CAPÍTULO VEINTICINCO —Eres noticia —dijo su padre, mirándola. Adele sonrió, estudiando al sargento. —Gracias por venir hasta aquí. Su padre asintió, rascándose la barbilla. Tenía el mismo aspecto de siempre: espalda recta, nariz recta. Un poco de barriga. Si alguien podía reclamar el título de Sargento, era un hombre con este aspecto. Incluso vestía su uniforme, planchado, limpio. Olía a jabón, no muy diferente al de Sophie Paige. El pensamiento alarmó a Adele. Estaba sentada en el reservado de la esquina del café, a un par de kilómetros del aeropuerto, mirando a su padre. El olor a café barato y a comida más barata flotaba en el aire. —¿Te envían sola? —preguntó su padre, colocando los cubiertos debajo de una servilleta. Adele negó con la cabeza. —No, mi compañero está en el coche

