Valentina
Mi cuerpo temblaba mientras Nicola me levantaba del sofá.
Mis músculos seguían tensos, sintiendo el eco de su castigo, aunque el dolor era mínimo comparado con la sensación de agotamiento que se había apoderado de mí.
No pude evitar apoyarme en él, mi respiración irregular, mis piernas todavía un poco débiles por la tensión de todo lo que había pasado.
Nicola no dijo nada. Solo me tomó con firmeza, llevándome sin esfuerzo hacia la habitación.
Sentí su agarre alrededor de mi cintura, cargándome, y aunque parte de mí aún estaba aturdida por la intensidad del castigo, otra parte se sentía segura en sus brazos.
Entramos al baño, y el aroma a lavanda y eucalipto me envolvió apenas cruzamos la puerta. La bañera estaba lista, llena de agua tibia que soltaba pequeñas nubes de vapor. Parecía todo tan delicado, tan diferente a lo que acababa de pasar.
—Esto te aliviará, —murmuró Nicola con su tono bajo y autoritario.
El agua parecía perfecta, calmante y relajante, pero lo que más me sorprendía era cómo él manejaba todo con tanta precisión, como si supiera exactamente lo que mi cuerpo necesitaba en ese momento.
Con suavidad, me dejó para que me sentara en el borde de la bañera. El calor del agua tocó mis pies primero, y un suspiro escapó de mis labios.
—Baja con cuidado, —me ordenó, y aunque no lo miré, seguí sus indicaciones.
Me quedé inmóvil por un momento, el agua aliviando parte de la tensión que aún sentía. Mi respiración comenzó a calmarse, pero la presencia de Nicola allí... Sabía que no había terminado, no aún.
Se inclinó sobre mí, y la suavidad de una esponja tocó mi hombro. El roce era cuidadoso, cada movimiento destinado a calmar el dolor que él mismo había causado.
—Recuerda, amore mio, —susurró, sus labios apenas rozando mi oído, —la próxima vez no seré tan generoso.
Mi corazón dio un vuelco. Había algo en su tono que me hacía estremecer, esa mezcla entre advertencia y seducción que solo Nicola podía dominar.
La esponja bajó por mi espalda, limpiando cada rincón de mi cuerpo con movimientos lentos. Cada caricia de la esponja parecía borrar las marcas físicas, pero no podía borrar la memoria de lo que había sucedido.
—Nicola... —susurré sin pensar.
Él se detuvo un segundo, como si hubiera esperado a que dijera algo.
Giré ligeramente mi cabeza hacia él, mis ojos encontrándose con los suyos, y todo lo que podía hacer era mirarlo, permitiendo que la tensión entre nosotros se mantuviera.
—Ven aquí, —susurré, mis labios temblando por todo lo que despertaba en mí, antes de estirar una mano hacia él.
Me miró en silencio, su expresión neutra, pero algo en sus ojos me decía que no estaba completamente inmune a lo que yo también sentía. Me acerqué a él, mis dedos tocando suavemente su camisa.
No me detuvo. En cambio, dejó que lo acercara, permitiendo que nuestros labios se encontraran en un beso suave.
Cuando me separé, mis dedos seguían aferrándose a su camisa. Ambos estábamos en silencio, el único sonido era el agua de la bañera moviéndose.
—Por favor... —murmuré, mis manos tirando suavemente de la tela húmeda de su camisa.
Él no habló, pero su mirada lo decía todo. Sin dudarlo, se metió en la bañera conmigo, con la ropa todavía puesta. El agua salpicó a nuestro alrededor, pero ninguna de los dos hizo ningún esfuerzo por detenerse.
Sentí su cuerpo empapado junto al mío, la tela mojada pegándose a su piel, y algo en esa imagen me hizo sentir aún más cerca de él. Mis dedos recorrieron su pecho, tirando de su camisa para desabotonarla.
Él me dejó hacer, observándome en silencio mientras le sacaba la camisa, la tela empapada cayendo a un lado de nosotros.
—No soy un hombre bueno, principessa, —murmuró de repente, sus ojos clavados en los míos, como si quisiera que entendiera algo que todavía no lo hacía. —Pero lo que siento por ti... es inevitable.
Mis manos siguieron recorriendo su pecho desnudo, sintiendo cada músculo bajo mis dedos, y aunque sus palabras deberían haberme asustado, todo lo que podía hacer era acercarme más.
Me ayudó a quitarle el resto de la ropa, y cuando estuvimos completamente desnudos bajo el agua, supe que no había marcha atrás.
Él había ganado, sí, pero también había algo que yo había ganado de él.
—Deja que te cuide también, —susurré, rompiendo el silencio.
Tomé la esponja, el agua goteando de ella, y comencé a deslizarla por su brazo. El agua caliente, la textura suave del material y el contacto de mi piel contra la suya creaban una corriente de electricidad que nos envolvía a los dos.
Pasé la esponja por su cuello, por su pecho y luego por su espalda, lavándolo con cuidado. Nicola cerró los ojos un momento, inclinando la cabeza hacia atrás.
Pero, como siempre, no tardó en volver a tomar el control.
Sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca, deteniendo mis movimientos. Sus ojos se abrieron lentamente, esa mirada intensa que siempre lograba que mi respiración se detuviera por un segundo.
—Ahora me toca a mí, —dijo con esa voz baja y grave que me hacía estremecer, sus labios apenas curvándose en una sonrisa.
Sus labios rozaron los míos, y ese simple gesto me hizo temblar por dentro.
Me tomó de la cintura y, con un movimiento rápido, me acercó más a él, mis piernas a cada lado de su cuerpo, dejando menos de un centímetro de distancia. Podía sentir la dureza de su m*****o presionando en mi entrada.
Sus manos subieron lentamente por mis muslos, trazando un camino que hizo que mi piel ardiera bajo su toque. Podía sentir la tensión en sus músculos, el modo en que se contenía, pero esa contención solo hacía que todo se volviera más insoportable, más urgente.
Sus labios atraparon los míos con fuerza, y en ese beso había una mezcla de deseo, frustración y una especie de necesidad primitiva que me envolvía por completo.
Sentí sus dedos apretándose en mi cintura, tirando de mí hasta que no quedaba espacio entre nosotros.
Cada roce hacía que mi piel ardiera aún más, y aunque estaba completamente atrapada en ese momento, necesitaba más.
—No sabes lo que me haces, —gruñó contra mis labios, su voz grave y rasposa, llena de una intensidad que solo hacía que mi corazón latiera más fuerte.
Sus palabras eran una cruda confesión; yo también tenía el poder de descontrolarlo, de hacerle perder esa máscara de autocontrol que siempre llevaba.
Sentí un estremecimiento recorrer mi cuerpo entero, y sin pensarlo, me aferré a él, mis manos deslizándose por su cuello, enredando mis dedos en su cabello.
—Haz lo que quieras conmigo, —susurré, sin saber exactamente de dónde salían esas palabras, pero sabiendo que eran la verdad, lo dejaría hacer conmigo lo que él quisiera.
Ya no tenía sentido resistirme.
Nicola me miró, y en sus ojos vi deseo, sí, pero también había algo más. Algo que me hizo sentir que, por muy en control que él estuviera, yo también tenía el poder de arruinarlo.
Y esa era la verdadera arma que tenía sobre él.
Metió su mano entre nuestros cuerpos, enfrentando su m*****o a mi entrada, y con su otra mano apoyada en mis caderas, comenzó a bajarme lentamente sobre él.
Tomé cada centímetro de su eje, tirando mi cabeza hacia atrás, disfrutando de la sensación de estar llena de él.
Su boca se deslizó por mi cuello, sus labios rozando mi piel con una suavidad que contrastaba con la intensidad de los movimientos de su cadera.
—Nicola... —gemí su nombre.
—No me pidas que pare, amore mio, —dijo con la voz ahogada por el deseo, —porque no puedo. No contigo.
Nos levantó, pero no me soltó ni por un segundo, su cuerpo pegado al mío mientras salía de la bañera y avanzaba hacia la habitación con pasos decididos.
Sentía su respiración acelerada contra mi cuello, el calor que emanaba de él envolviéndome por completo.
Nicola me tenía, lo sabía, y eso solo hacía que mi corazón latiera más rápido.
Pero en ese momento, yo también lo tenía a él.