Empujé a Ciel dentro de la alcantarilla con más rudeza de la necesaria, pero no había tiempo para sutilezas ni retrasos. Él se quejó, me envió un renovado repertorio de insultos, pero avanzó, con el ceño fruncido y su bolso tomando la delantera a través del espacio metálico sucio y pequeño. Demasiado estrecho, oscuro, asfixiante y terrorífico, pero no había otra alternativa. Un guardia se convirtió en dos, luego en tres, en cuatro hasta que una cuadrilla entera estuvo gritando nuestros nombres, apuntando armas y linternas hacia la zona de avistamiento. Me escabullí en el momento justo en que una bala impactó contra el hormigón, polvo y partículas tóxicas saltando después de la colisión, como cuando alguien estornudaba sin cubrirse y todos los gérmenes flotaban libremente, buscando cont

