Capitulo VI

822 Palabras
Lo que dejamos entrar Mónica negó con la cabeza, divertida. —Tienes 32 años, Marco… y Sara 18. Solo se llevan catorce años. Mis padres se llevaban más… y eran una pareja hermosa. Neriam asintió con calma. —Así es. Mi padre, Malkael, le llevaba casi veintidós años a mi madre, Anastasia. La edad no determina una relación. Sara levantó una mano, deteniéndolos. —Yo veo a Marco como parte de mi familia… y así lo quiero. No dañen nuestra relación con sus ideas raras. Marco asintió, señalándola. —Exacto. Esta enana es como mi hermanita. No la veo de otra forma. —¡Oye! —protestó Sara, golpeándole suavemente el brazo. Las risas volvieron a llenar el comedor. El ambiente era ligero. Natural. Cómodo. Pero, entre miradas cómplices y bromas… nadie notó— que ciertas conexiones… podían ser más importantes de lo que parecían. El almuerzo transcurrió entre risas y momentos ligeros. La única que no estaba presente era Helena, quien se había ofrecido a encargarse de Gael, alimentarlo y prepararlo para su siesta de medio día. Cuando terminaron, Marion, Aron y Sara se levantaron juntos. —Nos vemos en la tarde —dijo Sara, despidiéndose con una sonrisa. Y los tres salieron rumbo a la universidad. El almuerzo transcurrió entre risas y momentos ligeros. La única que no estaba presente era Helena, quien se había ofrecido a encargarse de Gael, alimentarlo y prepararlo para su pequeña celebración de medio día. Cuando terminaron, Marion, Aron y Sara se levantaron juntos. —Nos vemos en la tarde —dijo Sara, despidiéndose con una sonrisa. Y los tres salieron rumbo a la universidad. El campus estaba tranquilo. La brisa suave movía las hojas de los árboles, y el murmullo de los estudiantes llenaba el ambiente. Pero él… ya estaba allí. Sentado en uno de los bancos del patio, con un libro entre las manos. Adrik. Su mirada parecía concentrada en las páginas… pero no lo estaba. No del todo. Las chicas pasaban cerca, mirándolo sin disimulo. Su presencia era imposible de ignorar. Alto. Atractivo. Magnético. Un verdadero adonis. Sara lo notaba. Siempre lo hacía. Pero nunca le incomodaba. Adrik alzó la mirada en el momento exacto en que ellos aparecieron. Y toda su atención— se centró en ella. Se puso de pie de inmediato. Cuando Sara se acercó, él inclinó ligeramente el rostro y depositó un beso suave sobre sus labios antes de rodearla con sus brazos. —Te extrañé —susurró cerca de su oído. Sara sonrió, devolviendo el abrazo. —Yo también. —¿Necesitan espacio… o nos quedamos? —intervino Aron, cruzándose de brazos con una sonrisa ladina. Adrik soltó una pequeña risa, separándose apenas. Se acercó a él y estrechó su mano, para luego pasarle el brazo por el cuello con confianza. —Cuñado… a ti también te extrañé. No seas celoso. Las risas no tardaron. Después, se acercó a Marion y le dio un beso en la mejilla, educado. Pero su atención regresó, inevitablemente, a Sara. Siempre a Sara. —¿Qué me perdí? ¿Qué ha sido de sus vidas? Los cuatro tomaron asiento. Aún faltaban unos veinte minutos para la siguiente clase. —Mucho entrenamiento —respondió Aron. Marion sonrió levemente. —Yo también he estado ocupada… en el consejo. Sara asintió. —Sí, con el nuevo tratado de paz… he tenido bastante trabajo. Adrik alzó una ceja, interesado. —¿Nuevo tratado de paz? ¿A qué te refieres? Sara giró la mirada hacia Marion. Sabía. Los tres sabían. No podían hablar de eso. No debían. Marion intervino con naturalidad. —Solo cosas de trabajo. Nada importante. Aron apoyó la respuesta. —Así es. Ya sabes… los tres tenemos roles ahora. Una pausa. —Responsabilidades. Adrik los observó en silencio. Asintió lentamente. Sin insistir. Pero cada palabra… quedó guardada. Registrada. Analizada. —¿Y tú? —preguntó Sara—. ¿Cómo te fue con tus asuntos familiares? Adrik suspiró levemente, recostándose hacia atrás. —Mis tíos ya son mayores… quieren que me encargue más de todo. Empresas, finanzas, propiedades… Negó con la cabeza, como si le pesara. —Es agotador. Aron asintió. —Lo entiendo. Es mucho. Luego sonrió con nostalgia. —Es increíble… parece que fue ayer cuando Sara y yo éramos unos niños. Sara rió. —Lo sé. Ya somos adultos… y tenemos que actuar como tal. Los cuatro asintieron. El momento parecía normal. Natural. Ligero. Pero no lo era. No del todo. Porque mientras ellos hablaban… reían… y compartían como siempre— en la mente de Adrik… solo había una cosa. Una sola. Fría. Clara. Calculada. ¿Cómo obtener más información? Sus ojos se posaron nuevamente en Sara. Su sonrisa no cambió. Seguía siendo perfecta. Encantadora. Impecable. Pero detrás de ella… algo más comenzaba a tomar forma. Algo que no pertenecía a ese lugar. Algo que— ya había encontrado la puerta de entrada. Y esta vez… no pensaba salir.
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