—¿Dónde estás?— le preguntó de nuevo, sus manos comenzaban a temblar. —Ya estoy llegando. —Te espero en la acera— se limitó a decir para después colgar. Y ahí estaba de nuevo la ansiedad que le perseguía desde niña, y que la llevaba a imaginar los peores escenarios en todas las situaciones dónde había algo de riesgo. La habían diagnosticado unos meses antes de que cumpliera los once amos, desde esa fecha su adolescencia se había vuelto bastante difícil. De su mochila sacó sus medicamentos, sentía que el cuerpo le sudaba y las piernas se le debilitaban cada vez más, al igual que todo su cuerpo. Se sentía mareada y le dificultaba respirar. Del pequeño frasco que contenía las pastillas, sacó lo que le correspondía a su dosis y bebió agua de la botella que había dejado horas atrás en su

