—¡Camila!
Al ver que Camila la ignoraba, Pamela se enfureció de inmediato.
Hacía apenas dos días que se había convertido en presidenta de la empresa cuando, por casualidad, encontró el currículum de Camila en los archivos. Enseguida pensó en una forma de vengarse de ella. Planeó todo lo que ocurrió desde el momento en que Camila cruzó la puerta de la empresa. Si no hubiera sido por Gabriel Montalbán, Camila habría terminado muy mal. Sin embargo, Pamela no esperaba que él apareciera.
Al final, en lugar de vengarse con éxito, perdió su puesto como presidenta. Ahora ella y Camila trabajaban como artistas en el mismo departamento. Solo pensarlo la llenaba de rabia.
—Camila, ¿por qué me ignoras? —gruñó Pamela.
Camila dejó lentamente los palillos, tomó una servilleta y se limpió las comisuras de los labios. Luego se puso de pie con los brazos cruzados sobre el pecho, miró a Pamela y arqueó una ceja.
—¿Por qué debería prestarte atención? ¿Eres un perro? ¿Esperas que tu amo te lance un hueso después de ladrar?
—¡Perra! ¿De qué estás hablando? —Los ojos de Pamela se enrojecieron de ira.
Camila se encogió de hombros.
—Dije que quien ladra es un perro.
Pamela no pudo soportarlo más y estalló:
—¡Perra! ¡Eres una cualquiera! Jamás en mis peores sueños imaginé que fueras tan desvergonzada. ¿Por qué te acercaste tantas veces a mi hermano? Si no puedes controlarte, ¡haré que te arrepientas!
Después de hablar, Pamela seguía furiosa. Extendió la mano e intentó golpear a Camila.
Pero Camila era hija de la familia Taylor, dueña de Industrias Taylor. Había crecido en una familia influyente, donde el taekwondo y el sanda eran cursos obligatorios. Era muy hábil en ambos.
Evitó el ataque con un giro rápido y preciso. Luego retrocedió, cruzó los brazos sobre el pecho y se burló sin vacilar:
—Eres toda una experta en salirte con la tuya. Obligar a mi prometido a rechazarme en la intimidad no es algo que cualquiera pueda lograr. En eso debo admitir que eres superior a mí. Algunos dicen que una amante puede ser mejor que la esposa. Tú debes entender muy bien esa frase… ¡Te admiro por ello!
Pamela se enfureció al ser acusada en público de tener una aventura con Mauricio. Gritó furiosa:
—¡Cállate, perra! ¡Sin ti, Mauricio y yo nos habríamos comprometido en la fiesta de ese día! Camila, por más que intentes seducir a mi hermano, ¡jamás se enamorará de una mujer usada como tú!
—¡Oh, querida! —Camila no pudo evitar aplaudir con sarcasmo.
—Mauricio y tú son tal para cual. Tú eres una perra y Mauricio un perro. No solo se atraen, sino que hasta usan los mismos insultos. ¿Estás celosa porque tengo a un buen hombre como Gabriel Montalbán? ¿Te deprime? Lástima… Gabriel no es Mauricio. Es tu hermano, pero ni siquiera te atreves a mirarlo de frente. Ahora tengo un gran respaldo. Pamela, ¿qué puedes hacer? —rió con arrogancia.
Pamela quiso lanzarse sobre ella, dispuesta a matarla de rabia. Pero esta vez Camila tomó la iniciativa: dio un paso al frente y le propinó una bofetada tan fuerte que Pamela cayó al suelo.
Después, se sacudió las manos con tranquilidad y miró a Pamela, que yacía en el piso, con una sonrisa fría.
—Gabriel está muy ocupado. Me temo que no tiene tiempo para ocuparse de alguien insignificante como tú. Así que lo haré yo.
—¡Camila! —Pamela se levantó como un animal rabioso y volvió a arremeter contra ella.
Sin embargo, su estilo de pelea desordenado no podía compararse con la técnica de Camila. En poco tiempo, Pamela volvió a caer al suelo.
Camila la inmovilizó con el pie, impidiéndole moverse. Pamela giró la cabeza y gritó furiosa:
—¿Qué están esperando?
—¿No quieren dinero? ¡Atrapen a esta maldita perra!
Las mujeres reaccionaron y se abalanzaron hacia Camila. Ella no entró en pánico. Sacudió la cabeza, movió las muñecas y se preparó para pelear.
Pamela se puso de pie con dificultad y retrocedió tambaleándose. Miró a Camila con odio.
—¡Escuchen bien! ¡Recompensaré con 150.000 dólares a quien le destroce la mano derecha!
Camila se burló. Pamela era realmente despiadada. Sabía que, como artista, Camila dependía de sus manos. Dañarle la derecha sería arruinarle la vida.
Al oír la cifra, los ojos de las mujeres brillaron con ambición. Sacaron de sus bolsos todo tipo de objetos: llaves, alicates, barras de metal, incluso machetes…
Se acercaron lentamente a Camila. En sus mentes, ella ya no era una persona, sino un premio en efectivo. Si la herían, podrían hacerse ricas.
Al verlas, Camila no se enfadó. Al contrario, sonrió.
Inclinó ligeramente la cabeza, y en ese instante parecía poseída por una presencia intimidante. Un aura oscura e invisible la rodeaba, lo suficiente para inquietar incluso a aquellas mujeres cegadas por el dinero.
Pero Camila no les dio tiempo a sentir miedo. Se adelantó con rapidez y atacó primero. En cuestión de segundos, derribó a cinco mujeres, dejándolas incapaces de volver a ponerse en pie.
Aquellas “armas” cayeron al suelo con un sonido seco y metálico que resonó en el ambiente, casi como una risa burlona del destino.
Camila tomó una llave inglesa y se acercó a Pamela, que la miraba horrorizada. Le apoyó el pie en la espalda para inmovilizarla, se inclinó ligeramente y observó su rostro con una sonrisa fría y perturbadora.
—¿Quieres mutilar mi mano derecha? Buena idea. Pamela… ¿con qué dedo de tu mano debería empezar?
El rostro de Pamela estaba pálido como el papel. Sus ojos se abrían desmesuradamente por el miedo. En ese momento, era como un pez varado en el suelo, jadeando en busca de aire.
Sus labios temblaban y su voz revelaba terror cuando habló:
—Camila, si me lastimas, mi hermano nunca te dejará en paz.
—¿Tu hermano? —Camila enarcó ligeramente las cejas y sonrió como si hubiera oído un chiste—. ¿Te refieres a mi esposo, Gabriel Montalbán? ¿De verdad crees que regañará a su esposa por un huérfano sin identidad como tú? Pamela, ¿quién te crees que eres?
—¡Camila! ¡Soy una chica de la familia Montalbán! ¡Si haces esto, morirás! —La llave inglesa en la mano de Camila ya presionaba su dedo índice, y Pamela comenzó a hablar de forma incoherente.
Camila arqueó una ceja.
—Veamos… No le temo a nada, ni siquiera a la muerte. Puedo romperte los dedos uno por uno antes de morir… y eso sería maravilloso.
Camila giró levemente la llave inglesa. El movimiento ejerció más presión sobre el dedo de Pamela, que gritó de dolor.
—¿Qué está pasando aquí? —resonó una voz severa.
El director del departamento se acercó con una expresión sombría y amenazante.
Sin hacer preguntas, le arrebató la llave inglesa de la mano a Camila. Ella no dijo nada; simplemente se sacudió el polvo de las manos y dio un paso atrás.
No tenía intención de empeorar las cosas. Si realmente le rompía un dedo a Pamela, la familia Montalbán no la dejaría en paz. Y, acababa de empezar a trabajar en la empresa, no quería problemas innecesarios.
Solo pretendía darle una advertencia.
Ahora que el gerente estaba presente, Camila no continuaría. Aun así, al notar la mirada furiosa del director, no mostró miedo. Permaneció allí con tranquilidad, como si nada de aquello tuviera que ver con ella.
Las mujeres que habían sido derribadas reaccionaron entonces y corrieron hacia el gerente.
—¡Gerente! Esta nueva empleada se pasó de la raya. Solo queríamos saludarla… ¡y ella intentó golpearnos!