Camila lo ignoró esta vez y continuó limpiando la sala con seriedad. Cuando Gabriel Montalbán estaba a punto de enfadarse, la vio agacharse para recoger las cosas del suelo. Aún tenía vendajes en los muslos, así que cada vez que se inclinaba o tomaba algo, la fricción rozaba su herida y la hacía respirar hondo. Al notar cómo respiraba profundamente de vez en cuando, Gabriel sintió que algo le atravesaba el corazón. Entonces llamó: —Asistente Wade, envía a tres sirvientes y trae todas las cosas que uso con frecuencia en mi casa. Al escucharlo, Camila lo miró de inmediato. —¿Vas a traer tus cosas aquí? ¿Qué pretendes? ¿Quieres vivir en mi casa? —Somos marido y mujer. ¿Quieres que los demás piensen que estamos separados? —respondió Gabriel con naturalidad. —Pero… —Camila quiso decir que

