Capítulo 17

1241 Palabras
—… —Camila estaba tan furiosa que apenas podía hablar. Al ver que el tiempo se agotaba, tomó rápidamente un rotulador y garabateó su nombre en el acuerdo. Después, arrugó el documento con violencia, lo hizo una bola y se lo lanzó con fuerza a Gabriel, que estaba de pie frente a ella. —¡De acuerdo! ¡Ya lo firmé! ¿Contento? ¡Hombre vil e irrazonable! —exclamó, dando un pisotón de rabia. Gabriel recogió con indiferencia la bola de papel y salió de la sala sin decir nada más. Cuando estuvo lo suficientemente lejos, Camila tomó lo primero que encontró a su alcance y lo arrojó con frustración. —¡Qué hombre tan despreciable! ¡Un tirano moderno! ¡Solo sabes manipularme! —¡Dices en público que soy tu amor y ni siquiera tengo derecho a conocer los detalles! —¡Qué ingenua fui! Pensé que habías sido amable conmigo cuando castigaste a Pamela ese día… incluso llegué a admirarte un poco. Pero resultó que era tan ignorante que no veía tu crueldad ni tu posesividad. —¡Estúpido! ¡Eres un hombre estúpido! Desde entonces, Camila se instaló en la villa de Gabriel. Creyó que el acuerdo de divorcio sería el detonante de una nueva disputa entre ellos. Sin embargo, para su sorpresa, Gabriel no volvió a aparecer durante las siguientes dos semanas después de que ella firmara aquel documento. Aunque vivía en su villa, casi no lo veía. Con el paso de los días, la resistencia que sentía hacia él comenzó a desvanecerse poco a poco. Ahora Camila habitaba una enorme villa de varios cientos de metros cuadrados y disfrutaba de la atención de los sirvientes en todo lo relacionado con sus necesidades básicas. Sin darse cuenta, se había acostumbrado a ese estilo de vida. Todo marchaba bien, incluso en su trabajo. Pero había alguien que nunca soportaba verla feliz. Por ejemplo, Pamela volvió a llamarla. —Camila, ¿dónde estás ahora? El tono imperativo hizo que el mal humor de Camila regresara de inmediato. Sin embargo, recordó que durante medio mes había visto a Pamela limpiando pizarras en el restaurante cada día a la hora del almuerzo, como parte de su castigo. Ese pensamiento calmó un poco su enojo. Ahora que el castigo había terminado, lo lógico era que Pamela quisiera volver a molestarla. Así que Camila decidió tomarse aquella llamada como una simple rabieta. Era fin de semana y estaba aburrida en la villa. Si Pamela quería buscar problemas, ella estaba dispuesta a seguirle el juego. —Claro, estoy en casa —respondió con aparente descuido. Estaba recostada en el sofá, con las piernas apoyadas sobre la lujosa mesa de centro, comiendo naranjas que los sirvientes le habían pelado. —¡No digas tonterías! Fui a tu antiguo apartamento y el propietario me dijo que te habías mudado. ¿Qué pasó? ¿Ya ni siquiera puedes permitirte un piso pequeño? Camila, no me digas que ahora vives en un cuchitril barato —se burló Pamela al otro lado de la línea. Camila se quedó un momento sin palabras ante lo absurdo del comentario. Evidentemente, Pamela aún no sabía que se había mudado a la villa de Gabriel. —Por supuesto que me mudé de ese pequeño apartamento —respondió con total autosuficiencia—. Después de todo, estoy casada con Gabriel Montalbán. ¿Cómo iba a seguir viviendo en una casa alquilada? Ahora vivo en su villa. Normalmente no habría hablado de esa manera, pero no pensaba mostrarse débil frente a Pamela, ni siquiera con palabras. Sobre todo al recordar el injusto acuerdo de divorcio que había firmado. Si no aprovechaba al máximo su identidad como señora Montalbán, habría sido una auténtica imprudencia. Aunque no podía ver el rostro de Pamela, Camila podía imaginar perfectamente su expresión de frustración al escuchar aquellas palabras. —Camila, será mejor que dejes de mentir. Para entrar a esa villa en Darmstadt, incluso los miembros de nuestra familia deben avisar con anticipación, y mucho menos tú. ¡Es imposible que vivas allí! ¡Debes de haberte vuelto loca! Su voz aguda sonaba incrédula. Camila no se molestó en darle más explicaciones a Pamela; simplemente respondió con ligereza antes de colgar: —Créelo o no. Estoy disfrutando de un maravilloso fin de semana en la villa. Si quieres comprobarlo, ven. Después de terminar la llamada, Camila se sintió extrañamente emocionada. Sacó sus cosméticos, que llevaba tiempo sin usar, y se maquilló con delicadeza. Luego eligió un vestido elegante que resaltaba su figura. Conociendo el carácter de Pamela, estaba segura de que iría personalmente a verificar sus palabras. Y, por supuesto, Camila mantendría su elegancia y dignidad frente a ella. Media hora después, Pamela volvió a llamarla. Solo dijo una frase: —Camila, tus mentiras quedarán al descubierto ahora mismo. Estoy en la entrada de la villa en Darmstadt. Si sales de ahí, creeré lo que dices. De lo contrario, solo estás fanfarroneando. Camila soltó una risita burlona. —Tal vez el guardia te detuvo, ¿verdad? ¿La hermana del señor Montalbán no tiene permiso para entrar? La seguridad aquí es muy estricta. Espérame ahí. Iré a verte, aunque tardaré un poco… la villa es demasiado grande. Otra media hora pasó antes de que Camila apareciera finalmente en la entrada. Pamela, bajo un paraguas para protegerse del sol, estaba de pie junto a un automóvil de lujo. Al ver a Camila, su expresión cambió: sorpresa primero, luego celos evidentes. Camila no pudo evitar sonreír. —Perdón por hacerte esperar. La villa de tu hermano es tan grande que a veces pienso que podría criar animales salvajes aquí. —¡Camila! —La expresión de Pamela se tornó desagradable por los celos—. Será mejor que no estés tan complacida. —¿Complacida? ¿Yo? —rió Camila—. ¿De verdad lo parece? Su sonrisa, sin embargo, reflejaba claramente satisfacción. —Camila, no tienes vergüenza. Te mudaste a la villa de mi hermano tan pronto. ¿Olvidaste que Mauricio te abandonó? Pamela apretó los dientes con tanta fuerza que sus uñas casi se clavaron en sus propias palmas. Al escuchar el nombre de Mauricio, la sonrisa de Camila se desvaneció y fue reemplazada por una mirada fría y burlona. —Después de dejar a Mauricio, por supuesto tenía que seguir adelante. ¿Querías que me quedara llorando por él toda la vida? —¡Tú… Camila, eres una descarada! —Los celos habían hecho perder el control a Pamela. Camila ignoró el insulto como si fuera aire. —Tienes razón en algo: tu hermano es muy apasionado. No perdió tiempo en llevarme a su villa. Estos días he estado bastante ocupada por su… entusiasmo. Bueno, quizá no debería contarte eso. Aunque nunca estuve con Mauricio, lo conocí lo suficiente durante años. Apuesto a que no ha sido tan apasionado últimamente… Tal vez alguien ha estado soportando mucha soledad por las noches. Parte de lo que decía era provocación pura. Camila jamás había tenido intimidad con Mauricio y no conocía realmente ese aspecto de él. Sin embargo, al recordar el pasado, se dio cuenta de algo extraño: un hombre en la plenitud de su vida había podido convivir con ella sin dar el siguiente paso durante tanto tiempo. Tal vez no era solo cuestión de voluntad… Además, Camila recordó que Mauricio había tomado medicamentos a escondidas en una ocasión, lo que despertó en ella nuevas sospechas.
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