Me sentí realmente aliviada cuando Agust y yo llegamos a casa. Me quité los zapatos y lancé el bolso lejos, escuchando la risa de Agust a mi espalda. Me quejé en murmullos de lo cansada que estaba, quitándome la bufada para dejarla colgada en el pequeño perchero que teníamos a un lado de la puerta. El rubio apoyó las manos en mis hombros y me ayudó a quitarme la chaqueta, colgándola por mí. —Gracias. —le agradecí con una pequeña sonrisa, lanzándole una mirada fugaz. —¿Quieres desayunar? —Agust apoyó las manos sobre mis hombros y me obligó a caminar hasta la sala. —Tengo hambre pero, también estoy muy cansada. No quiero preparar el desayuno, Agust. —No te preocupes por eso —dejó un pequeño beso en mi nuca antes de darme un suave empujón—. Ve a tomar una ducha por mientras que yo lo prep

