Me paralicé. Y tan pronto como los pensamientos comenzaron a caer en mi cabeza, sentí mi piel helarse al ver sus ojos grises nublados por lágrimas contenidas. Tragué con fuerza y desplacé la mirada hasta detenerme en sus puños cerrados a cada lado del cuerpo. Allí había gotas rojizas tiñendo su piel. ¡Mierda, no! Mi pecho se agitó y sin detenerme a pensar, la miré directamente a los ojos. Fue entonces cuando el papel de chico frío y sin sentimiento alguno que había estado interpretando se derrumbó. ―¿Qué…? ―No es lo que parece ―murmuró antes de que yo pudiera terminar de preguntar. Busqué la verdad detrás de sus ojos pero inmediatamente ella bajó la mirada. Mis pies se movieron unos centímetros más, hasta que la punta de nuestro calzado se rozó, y la vi estremecerse. Retrocedió mientra

