Irina llegó a las cinco de la mañana al hospital. —¿Está mejorando? —dijo Irina tocando la frente de Ava. Asentí. —La fiebre está bajando. —¡¿Entonces por qué lloras ?! —exclamó Irina, mirándome con escepticismo. Me sequé las lágrimas y le conté a Irina lo del dinero perdido. Ella entrecerró los ojos y me miró con incredulidad mientras yo expresaba mis sospechas. Una vez que terminé de explicar la situación, ella maldijo con los dientes apretados: —Maldita sea, estamos un paso detrás de ese imbécil. Me sentí impotente ante la confirmación de Irina. Me cubrí la cara y reprimí mis gritos, temiendo despertar a Ava o asustarla. Ella todavía era muy pequeña y no quería que supiera que nuestra familia estaba sumida en el caos. Irina sostuvo mis hombros temblorosos y los apretó, intentand

