Un golpe seco en su nariz le rompió algunos de los nervios internos y extrajo una recatada porción de sangre por sus orificios nasales. Mi hermano me hastió tanto que debí ponerle fin a su algarabía, iracundia e insinuaciones que nunca cumpliría. El muy ingenuo seguía pensando —después de años—, que la cláusula en el testamento de mi padre eran simples leyes que podían romperse a su antojo. —¡Me destrozaste la maldita nariz, Maximiliano! —vociferó ensangrentado. —Te lo buscaste, imbécil. ¿Por qué no entiendes que aquí el que manda soy yo? Nos encontrábamos en la antigua oficina de mi padre, con personas que nos escuchaban y una mancha de sangre en mi tapete. La mano que le estampó el golpe en la nariz, fue la misma que abrí algunos días atrás en el ascensor del edificio. Y aunque las he

