El amor verdadero es una extraña melodía que ciertas personas llaman casualidad, pero solo unas pocas lo llaman como lo que es: el destino llamando a tu puerta. Y aunque no estaba enamorada, sentía un extraño mariposeo en mis entrañas. Con él me sentía diferente, como si estuviese volando sobre una jodida burbuja irrompible, con la posibilidad infinita de lograr cualquier cosa que me propusiera en tan solo dos pestañeos. Y aunque quizá no duraría para siempre, nos bastaba con el momento, el instante y esas horas que compartíamos uno junto al otro, siendo lo único que nos prometimos sin siquiera utilizar la lengua para decirlo. El siguiente día después de conocerlo, entramos al restaurante de comida italiana. Nos sentamos en uno de los rincones, bajo la tenue luz de unas farolas oscuras,

