¿Alguna vez has tenido un clavo en el zapato tan molesto que no te deja caminar? pues, así es Marisol Jackson.
Es esa espina en el culo que te hace sangrar.
Cuando Gwen me la presenta, trato de ser amable a pesar de que me ha caído como el culo por llegar en medio de una conversación importante, una que pudo haber cambiado mi vida.
Le extiendo la mano por cortesía, sin embargo, esa vieja desgraciada no es capaz de ser cortes. Me mira con desaprobación, de la misma manera que Gigi miraba las patas de pollo porque las odiaba a muerte. La mano me queda estirada cuando la altiva ni siquiera es capaz de mirarme, se dirige a Gwen evitando al pedazo de mierda que tiene al frente.
Suspiro, Gwen me mira preocupada.
Marisol Jackson la lleva abrazada al sillón y allí se sientan de la misma forma que lo harían las mejores amigas que van a compartir un chisme bueno. Les echo un vistazo desde la cocina a medida que voy limpiando todo el desastre anterior de los panqueques.
Maldita Marisol, que mujer tan altiva, tan soberbia.
Truena los dedos tan cerca de mí que me asusto, ¿en qué momento llegó a la cocina sin percibir sus pasos?
—Queremos té Wallaw—ordena, como si fuera la puta ama de esta casa. ¿Por qué Gwen no le da un freno?
—Soy Willow—replico.
—Como sea—se aleja de la cocina con esos tacones escandalosos y esa falda de cuadro ochentera que hace conjunto con una gabardina. El pelo lo tienen en una coleta alta con rizos en las puntas y el maquillaje cuidadosamente conservado. A simple vista se nota que es una mujer de dinero, que le gusta vestir caro, además, de tener la humildad entre las patas.
Pongo los ojos en blanco a medida que caliento el agua para hacer té de sobre.
Considerando que no estoy tan lejos de la sala, no logro escuchar nada de lo que conversan, y eso me impacienta, quiero que esa mujer se vaya, me da mala espina, tiene un aura negra, oscura que contrasta muchísimo con la Gwen que es un alma noble, libre e inocente.
Disuelvo el contenido del té en los pocillos y lo muevo con una cuchara pequeña. Observo las dos tazas y me inclino a una y la escupo con toda la saliva contenida, la muevo muy bien hasta que se hace parte del té.
Tomate mi saliva, bruja.
Con una risita maliciosa sin perder la amabilidad me acerco con una bandeja. Me aseguro que Gwen escoja el que no le eche el escupitajo y dejo que la bruja de Marisol se deleite con mi saliva.
Una sonrisa malvada se forma en mi rostro cuando la veo tomar un sorbo. Se da cuenta que la estoy mirando porque esos ojos soberbios me están desaprobando.
—¿Que miras?
Siento satisfacción, por más que quiero eliminar esa sonrisa de la cara, no puedo evitarlo.
—Oh discúlpeme... solo quería saber si esta rico el té.
Sus ojos se transforman en obstinación cuando mira a Gwen y luego a mí.
—¡Está bueno!
—Gracias Willow—dice Gwen.
Sé que debo dejarlas a solas, precisamente, lo hago manteniendo la sonrisa victoriosa en la cara.
Despejo la cocina, enseguida, abordo la habitación.
Huele a él, a leviatan. Comienzo a tender la cama a medida que revivo el momento del boulevard.
Su polla, mi boca en ella.
Cierro los ojos, inclinando mis rodillas hacia el lado que supongo que Gabriel duerme. Mis dedos se deslizan por la tela en manera ascendente, simultáneamente, mi mente lo ubica allí acostado disfrutando de mis dedos.
Imagino: Su pecho desnudo, sus gemidos, su polla larga y gruesa creciendo en una erección. Está caliente, fogoso. Quiere que me la meta en la boca y yo, lo provoco para que lo desee.
—¡Willow!—interrumpe Gwen. Mierda, me asusto, me pongo en pie rígida por miedo de haber sido descubierta. Me está mirando en una expresión que no puedo adivinar y me aterro por primera vez.
No digo nada, no soy capaz de emitir ni un solo sonido.
—Marisol se fue, lamento como te trató, ella... ella es así—expresa, apenada.
Mi pecho en creciente agonía se relaja un poco, mi respiración se alivia y mi corazón se normaliza de forma que mis pensamientos pueden volver a fluir con tranquilidad.
—No te preocupes. Entiendo que es así.
No te conviene Gwen, date cuenta.
—Porque no te quedas y miramos película juntas. ¿Quieres?
Asiento.
—¡Eso sería fantástico!
Gwen se acomoda a un lado y yo al otro, en ese mismo lado que anteriormente los pensamientos obscenos hicieron estragos fantaseando con su esposo.
Coloca la película y padre bendito, me hizo sangrar los ojos, es mejor hasta lavarse los ojos con cloro antes de seguir mirando esa cochinada.
Miro a Gwen y tampoco le ha gustado, está aburrida y con sueño.
—Deberias descansar.
—Dios, ¡que película!
—Si, es muy mala.
Se echa a reír.
—Si... le daré baja puntuación.
Nos quedamos mirandonos en silencio, unos segundo que se volvieron emotivos.
—Bueno, descansa—camino directo a la salida cuando la escucho.
—Willow...
—¿Si?
Me mira... la miro...
—Gracias por tú compañía.
Sonrio y cierro la puerta de la alcoba para que pueda tomar una siesta en paz.
Mis ojos también están que se cierran, por lo tanto, me tomo un receso en el sillón y apago mi vista por unos segundos.
La casa... las llamas... el fuego... una voz: siguen los sueños.
Abro los ojos con la misma rapidez que una estrella fugaz y el corazón prácticamente latiendo fuera de órbita.
Posteriormente, mis ojos se centran en la puerta cuando se abre.
Nos quedamos mirando.
Gabriel.
En vista de que Gabriel ha llegado me pongo en pies de un salto.
—¡Hola!—saluda.
—¡Hola!—respondo, con timidez.
—Y, ¿Gwen?
—Esta tomando una siesta. ¿Quiere que la despierte?
—No, que descanse—se va a la cocina y le sigo. Se sienta frotándose el rostro.
—¿Un día pesado?
—No fue un buen día.
—Ah. No hay un mal día que lo cure una buena comida.
Él me mira curioso.
—¿Ah, si?
—Si. Dígame. ¿Cuál es su comida favorita?
Me mira divertido, mordiéndose el labio inferior.
Aparto la mirada de él, dios, tengo un huracán de emociones que están haciendo caos en mi interior. Además, de un fuego que inicia en mi vientre y se extiende por cada parte sensible de mi piel. .
—Me fascina el pollo con papas.
Sonrio de medio lado
—Me lo imaginé.
Se echa hacia atrás, chasqueando la lengua.
—¿Eres adivina?
—Tal vez...
Su vista recorre mi cuerpo con disimulo y se quedan en mis tetas. Tan pronto cuando lo descubro mirándome, aparta la mirada. Enseguida, caigo en cuenta que no llevo sujetador y que los pezones se me notan demasiado a través de la camisa verde.
Sonrio en mis adentros, estoy segura que leviatan y Gabriel son las mismas personas. Ese lado salvaje está escondido, solo hay que liberarlo.
—¿De dónde eres Willow?
—De Priscott.
—De Priscott—repite—. Interesante.
Empiezo a preparar el pollo y cortar papas.
—¿Cómo llegaste aquí, a Mila?
Gigi me encontró y me llevó a Frost dónde trabajas y tú esposa a este pueblo de Mila.
—Por tú esposa.
Enarca una ceja.
—De Priscott a Mila son 1 hora de camino, eeh...
Lo interrumpo... sé lo que está haciendo, quiere sacar información suficiente de mí y yo la de él. Quiero que admita que me conoce y deje esa falsa sobre fingir que no sabe quién soy.
—Soy de Priscott, luego, me mudé un tiempo a Frost hasta que llegué aquí.
Me mira con curiosidad. Deseo poder leer su mente porque esos ojos azules son un mar incierto.
—¿Alguna vez has estado en un boulevard, señor?
Se ríe.
—Señor... me hace sentir viejo.
—Lo siento, no quise...
—Dime Gabriel. Respecto a tú pregunta, sí, he estado en muchos boulevares.
—Bueno Gabriel—no me sirve muchos Boulevares, quiero que se centre en ese específico, en el de los suicidios, en esa noche dónde nos vimos por primera vez. Estoy segura, además, me puedo cortar hasta una teta si Gabriel no es leviatan. Son sus mismos ojos, su misma voz.
—¿Que tal el Boulevard de los suicidios?
Me mira en un silencio ensordecedor. La impaciencia me agobia.
—¿Que hay con ese boulevard?
Mi pecho se contrae en una tensión dolorosa.
—En ese Boulevard.... pues... yo...
—¿Pensabas suicidarte?—interrumpe. Lo miro a esos ojos en la cual me pierdo, entonces, tengo que apartar la mirada de él. Su presencia me pone nerviosa, me inquieta, me gusta—. Bueno, no exactamente. Dimelo tú.
Ahora, si lo miro a los ojos. Esa noche él estuvo presente cuando estuve a punto de cometer una locura irreversible.
No tengo ganas de salvarte, así que... adiós.
Parpadeo.
—Tienes cara de suicida—se ríe, y dos agujeros se forman en cada lado de sus mejillas.
—¡Y tú de boyero!—tan pronto cuando escupo esa expresión, me arrepiento. Me tapo la boca pero ya es tarde, la he soltado sin pensar. Veo la expresión de Gabriel y es ensombrecida.
Alza una ceja y se que me echará de la cocina, de la casa. Espero que el pollo quede bueno para convencerlo de quedarme.
—¿Tengo cara de boyero?—se alza del asiento con una cara que no puedo descifrar. Oh dios, oh dios. Se aproxima a mí y las piernas casi se desvanecen, no entiendo cómo logré mantenerlas firmes. El olor a perfume me embriaga y quedo hechizada con esa voz ronca, que me susurra al oído:
—¿Crees que me gusta mirar?
*****
Notita: Espero que le esté gustando la historia, y si es así mis amigos, háganmelo saber con sus comentarios. Mis más profundo agradecimiento por su cariño a mi como autora y a los personajes. Un abrazo.