Magdalena no supo qué fue lo que sucedió exactamente, después de que ingiriera las pastillas del frasco que tenía en su baño. La única certeza que tuvo, fue que se sumergió en un profundo sueño, pacífico e inamovible.
Lo que fuera que experimentó, no transcurrió durante un período lo suficientemente largo, que le permitiera corroborar esas teorías de lo que muchos suponen que sucede en esos momentos. Lo único de lo que podía dar fe era de que había pasado a un estado de no existencia, a una concreta y tangible NADA.
Después sobrevinieron flashes recios y fatales de personas sobre ella. Había una luz muy clara, un hombre y una mujer o dos. Más tarde comprendería que era un médico, ayudado por enfermeras.
No sabe qué hicieron, pero recuerda que tuvo un espasmo estomacal y que expulsó su contenido por la boca. A continuación, volvió a caer en la inconsciencia.
Tiempo después la despertó una luz apuntando directamente a uno de sus ojos, cuyos párpados alguien había abierto con sus dedos para chequear sus reflejos. Escuchó que el responsable de eso le explicaba algo a otra persona.
— Ya está fuera de peligro, pero deberá quedarse un día en observación.
— ¡Qué alivio, doctor! — respondió la voz de una mujer, que no era otra que Isabel, su madre.
Entonces su mente volvió a sumergirse en las tinieblas.
Horas después abrió los ojos y descubrió que estaba sola en la habitación de un hospital. Se encontraba en un cuarto muy elegante y cómodo. Cualquiera podría inferir que era un nosocomio de primera categoría.
Fue en ese instante en que una enfermera ingresó y se dirigió directamente a ella. Le preguntó cómo se sentía. Al principio no le respondió, pero cuando su interlocutora insistió, logró decirle que estaba bien.
A los pocos minutos Isabel ingresó en el cuarto, y sonrió al verla despierta. O algo parecido. Viniendo de su madre, nunca sabía que esperar. Cuando quedaron a solas, su expresión se ensombreció y se colocó una mano en la cadera, un gesto que siempre hacía cada vez que se disponía a dispensarle un sermón.
— ¿Se puede saber qué te sucede, Magdalena? ¿Acaso no se te ocurrió ninguna otra forma de llamar la atención?
Comprobó amargamente que su progenitora nunca cambiaría, que jamás se preocuparía realmente por cómo se sentía. No le respondió, sólo miró fijamente hacia la luz del día que ingresaba por la ventana.
La mujer suspiró fastidiada por la actitud de su hija. ¡Ya no tenía ni idea de cómo hacer que entrara en razón y le hiciera caso!
— El alboroto que armaste ha colmado la paciencia de Valentín, quien tiene un humor de perros. ¡Está más insoportable que nunca!
— ¿Está aquí? — fue lo único que se dignó a decir.
— No, — dijo su madre— ya lo conoces, evita los lugares públicos. Pero se aseguró de que te atendieran los mejores médicos de la ciudad. Es otra ventaja de vivir forrados de dinero, de la que deberías estar agradecida.
Los ojos de Magdalena permanecieron fijos en un horizonte inexistente, ignorando por completo la presencia de su madre. Eso fue para Isabel la gota que rebalsó el vaso. Repentinamente se acercó a ella y tomando sus facciones entre sus manos la obligó a mirarla.
— Pero, ¿quién te crees que eres, chiquilina malcriada? Te estoy hablando, ¡no te atrevas a ignorarme! — En ese instante, los ojos de su hija que parecían perdidos, ahora fijaron en ella un fuego amargo, que transmitía un profundo resentimiento. — Crees que todo es fácil para ti, ¿verdad? ¿Piensas que puedes simplemente abandonar el barco y olvidarte de mí, de tus hermanos y de tu pobre abuela? Pues déjame decirte que te equivocas, ¡niña malagradecida! ¡Con esto sólo te has ganado que te vigile mucho más de cerca!
Puso la mano en el pecho de Isabel y la empujó para apartarla. Después giró hacia el otro lado, en dirección a la ventana, sin darle el gusto de responderle de ninguna forma.
La mujer, muy exasperada, salió de lugar, no sin antes dar un buen portazo que dejara una atmósfera perturbada en el ambiente. Decidió que era hora de salir al jardín del elegante hospital a fumar un cigarrillo.
Ese fue el momento en el que el corazón de Magdalena se llenó de una profunda congoja, de una pena tan agobiante que prácticamente le impedía respirar. La angustia que la invadió quebró finalmente su alma y rompió en llanto.
Cubrió su rostro con sus manos, y se acurrucó tanto como pudo sobre la cama. Quería convertirse en una bolita cada vez más pequeña, que se encogiera hasta desaparecer. Sin embargo, para su pesar, seguía en ese lugar, atrapada en una realidad que la torturaba.
— ¡Oh, Dios! — musitó en forma ahogada— ¿Por qué me odias tanto, que me privas de toda posibilidad de escape? Si soy una criatura tan indeseable, erradica de una vez mi existencia, no me condenes a una vida tan cruel. — dijo entre lágrimas.
Lloró de manera tan dolida, que pronto percibió el sabor salado de su llanto en su boca. Y así lo hizo durante un largo rato. Y a pesar de la desesperación que la agobiaba, de alguna forma eso liberó la presión de su pecho, permitiéndole respirar un poco mejor.
Al mismo tiempo su ruego se transformó en algo más, en una súplica diferente.
— ¡Dios Mío! Si es tu voluntad que viva, si tienes un plan para mí, dame una señal. Hazme saber que no me has abandonado. ¡Te lo ruego, Señor!
Transcurrieron algunos minutos en los que siguió llorando. Su rostro estaba totalmente humedecido por las lágrimas amargas que brotaban de sus ojos. Pero a pesar de que creyó que permanecería una eternidad en ese estado, gradualmente comenzó a calmarse.
Entonces le llamó la atención un texto que decoraba una de las paredes del cuarto. El lugar tenía una estética muy sobria, dado que era un hospital. Pero descubrió un cartel, con letras bonitas y algunos elementos decorativos, enmarcado finamente, que se encontraba en la pared frente a la cama.
Se trataba de una cita bíblica, que tenía el objetivo de transmitir un mensaje espiritual. Magdalena no era religiosa, pero lo que decía la ayudó a apaciguar sus pensamientos. Allí pudo leer:
— “Cuando llegue el momento, perseguiré a todos tus opresores; salvaré a las ovejas que cojean e iré en busca de las que perdieron el camino. Yo haré que ustedes sean motivo de alabanza, y que gocen de renombre en toda la tierra.” —Sofonías 3:19.
Entonces, confortada por la sensación de que algo o alguien había escuchado sus plegarias, logró dormirse y recuperar cierta estabilidad emocional.
Al día siguiente le dieron el alta. El médico nuevamente dijo que estaba bien, pero que dada las circunstancias recomendaba que fuese puesta bajo tratamiento psicológico. También recomendó que se alimentara mejor y que ganara algo de peso, porque su volumen corporal no era el ideal. Esto último era algo difícil de lograr, puesto que desde hacía tiempo no tenía la mejor relación con la comida.
Al llegar las recibieron los empleados de la mansión. Gina en especial estaba muy feliz de verla, tanto que no pudo controlar su emoción y la abrazó llena de alegría. Magdalena sintió el afecto sincero de esa muchacha, que era sólo un poco más joven que ella. Fue la única expresión de cariño que la hizo sentir un poco mejor.
Después se retiró a su habitación, en la que permaneció durante unas horas. Cerca del mediodía, Gina le llevó un caldo, en un intento de que se alimentara. Probó sólo un par de sorbos e hizo de inmediato que se llevara la bandeja.
Lo que siguió fue lo de siempre. Nuevamente se colocó sus auriculares y permaneció inmóvil, escuchando música por horas, acostada en su cama. De lo único de lo que se percató fue de que todo había regresado a la normalidad, que lo sucedido no había alterado demasiado la vida en la residencia.
Al atardecer Gina se presentó para decirle que su esposo la esperaba en el despacho, que quería hablar con ella. Ayudada por su empleada de confianza logró vestirse y acudió de inmediato al llamado del señor de la casa.
Valentín se encontraba de pie, en dirección a la ventana. En ese momento hablaba por teléfono con alguien. Escuchó que golpeaban a la puerta y sabiendo que se trataba de su esposa, sólo le dijo en voz alta que pasara.
Magdalena ingresó en la estancia y tomó asiento frente a él. Durante unos minutos debió esperar a que terminara su llamada telefónica. Finalmente, su esposo se sentó en el asiento tras el escritorio y la observó por momentos.
Su mujer se veía bien, al menos para su criterio. Era la misma muchacha pálida y de semblante apagado de siempre. Aún no tenía claro qué era lo que le había sucedido, pero por lo que a él respectaba, cualquiera que fuese su crisis, esta ya había sido superada.
— ¡Bienvenida nuevamente entre los vivos, Magdalena! — dijo con un aire sarcástico. Era algo que difícilmente podía evitar. Tenía una forma soberbia de hablar, con la que invariablemente imprimía a sus palabras un tono irónico. — ¿Cómo te encuentras?
— Estoy bien, — repuso ella a media voz.
— ¿Estás segura?
— Si, estoy segura. — respondió.
— ¿Hay algo que pueda hacer por ti?
— No, gracias. Estoy a gusto, como siempre.
— Cualquiera podría decir por lo sucedido, que no es así. Aunque tu madre me dio una explicación peculiar del asunto. Me dijo que sólo cometiste un error al ingerir las pastillas para dormir. Insistió en que te adormilaron tanto que te confundiste y que olvidaste una y otra vez que ya habías ingerido una, lo que terminó por hacer que te tomaras todo el frasco.
Magdalena no supo que responder ante semejante hipótesis. O su madre era muy ingeniosa, o era increíblemente torpe. ¿Quién en todo el mundo se creería algo así? No obstante, teniendo en cuenta el tono de Valentín, al parecer se inclinaba por aceptar semejante teoría. Balbuceó antes de hablar.
— Bien, yo…— dijo, mientras trataba de encontrar las palabras— Supongo que tiene razón. No recuerdo exactamente lo que sucedió… Tengo una laguna. Dicen que algunos barbitúricos pueden tener ese efecto. Supongo que en algún momento volverá a mi cabeza, pero por el momento, no lo sé…
— ¡Ya lo decía yo! — exclamó Valentín. — Después de todo, acababas de pasar la noche conmigo. ¿Qué mujer querría quitarse la vida después de un momento glorioso como ese? — aseguró, tras lo cual emitió una risita socarrona.
Esa expresión autosuficiente, la que tenía en ese momento en el rostro era una de las cosas que más la enervaban. Su gesto dejaba en evidencia, el simple hecho de que era su juguete preferido, que estaba en sus manos y que no podía huir de él. Pensar que tendría que seguir soportando su presencia le provocó una sensación de asco.
— Tu madre me señaló algunas cosas que me parecieron razonables, que podrían hacerte feliz. — prosiguió Valentín. — Tengo que reconocer que, para una muchacha joven como tú, estar encerrada continuamente puede ser frustrante. Incluso en una mansión como esta. Por eso, estoy dispuesto a hacer algunas concesiones.
Magdalena lo miró desconcertada. Lo que escuchaba era tan extraño que no sabía que pensar.
— ¿Concesiones? — preguntó— ¿Qué concesiones?
— Podrías salir más seguido y hacer cosas que te diviertan.
— ¿Cómo qué?
— ¡No lo sé! ¡Dímelo tú!
— ¿Me estás diciendo que puedo salir sola, por mi cuenta?
— ¡Claro que no! ¡No exageres! A dónde sea que vayas, irás con un chofer y un custodio. ¡Es una cuestión de seguridad!
Si había algo que le daba escalofríos era que, como parte del plantel de esa casa, había “guardias de seguridad” que continuamente vigilaban el lugar. Eran tipos fornidos, trajeados y armados, que acompañaban siempre a Valentín, a ella y a su madre. Cada vez que los miraba tenía una mala sensación, un impulso de huir a toda velocidad de ese ambiente.
Al referirse a ellos, Valentín insistía que eran “custodios” o “seguridad”. Afirmaba invariablemente que eran indispensables para personas de su posición. Pero cada vez que los veía, le parecía que encerraban algo más, que cargaban con una energía negra, pesada y peligrosa.
Además, la imposición de que fuese a todos lados con uno de estos sujetos, encerraba otra pretensión más congruente con el dominio que ejercía sobre ella. Era una forma de mantenerla vigilada, y evitar de ese modo que alguien tocara la que consideraba su posesión más valiosa.
— No comprendo… — respondió ella, lisa y llanamente. — Entonces, ¿Qué es lo que sería diferente?
Le dirigió una mirada levemente despectiva, como si tuviese que ser paciente ante una débil mental.
— Sólo digo que podrías salir a divertirte, a hacer algo que te guste, como ir de compras a dónde quieras.
— Me encantaría terminar mis estudios. — repuso ella — Siempre tuve las mejores calificaciones e incluso comencé a buscar becas para ir a la universidad. ¡Mi sueño es ser cirujana! Pero todo eso se arruinó cuando tuve que dejar la escuela para trabajar como doméstica, porque se necesitaba dinero en mi casa.
Al escucharla, Valentín estalló en risas. Sus palabras le parecieron muy graciosas.
— ¿Estudiar? — le dijo burlonamente— ¿Por qué harías eso?
— No me interesa ir de compras, Valentín. Quiero estudiar, tener una carrera.
— ¡Tú no necesitas estudiar! ¿Para qué? ¡Aquí lo tienes todo! ¡No seas ridícula, Magdalena! — exclamó mientras su risotada retumbaba en el lugar. — Eso es para chiquillas pretenciosas, que creen que no necesitan de un hombre, pero que secretamente desean dormir con sus compañeritos de estudios. Eres una mujer casada y tu lugar es aquí, conmigo. ¡Espero que lo tengas muy claro! ¡Eres mía y siempre lo serás!
Se puso de pie y se le aproximó subrepticiamente. A pesar de que no estaba en su mejor momento, esa mujer tenía algo que lo volvía loco. Quería que supiera que era su dueño y que no dejaría que nadie que no fuera él le pusiera una mano encima.
La tomó de la cintura para tenerla cerca, sosteniéndola contra su cuerpo.
— Recuerda que soy el primer hombre que has tenido, y que también será el último. ¡Me perteneces! De aquí en más estaremos juntos, me darás hijos y cuidarás de ellos. Y para eso, serás mía con mucha más frecuencia. Ya no estoy dispuesto a cumplir más con ese estúpido contrato. Eres mi esposa y puedo tenerte cuando yo quiera. ¿Entiendes?
El terror invadió a Magdalena quien de inmediato palideció. Valentín comenzó a besar su cuello y sus manos hurgaron vorazmente dentro de su escote. De inmediato empezó a temblar despavorida, algo que a su cónyuge se le ocurrió que era síntoma de una profunda emoción.
La apoyó impetuosamente contra el escritorio y pasó su mano por debajo de la falda de su vestido, deslizando sus dedos dentro de su ropa interior. Después colocó sus caderas entre sus piernas.
La parte más oscura de sus pesadillas ya era una realidad. Ahora la tomaría en dónde fuera y a su antojo. Haría realidad el capricho de preñarla, como si se tratase de un animal. Las piernas se le aflojaron ante la zozobra. Apenas si logró articular algunas palabras.
— ¿Aquí? — le preguntó.
— ¡Claro que sí! — gruñó de forma ronca en su oído— ¿Por qué no?
— ¡Por favor! — le suplicó ella— ¡Firmaste un acuerdo! Debes avisarme, ¡mandarme a buscar!
— ¡Pues me niego! ¡Ya no haré eso! Quiero tenerte ahora…— agregó él— Además, no digas que no te gusta. Sé que, bajo tu actitud recatada, en el fondo me deseas. Te gusta que te toque y te haga mía. ¡Lo sé! Soy todo el hombre que necesitas y el único que puede darte placer. — aseguró antes de besarla de forma desaforada.
Continuó tocándola, buscando satisfacer su apetito desmedido. Bruscamente le quitó el top y el corpiño, dejándola semidesnuda.
— ¡Por favor! — musitó ella desesperada, mientras cubría sus senos con sus brazos— ¡Ahora no! ¡No de esta forma!
— ¡Sigue diciéndolo, si quieres! Pero no me detendré. ¡Nada evitará que me tengas una vez más entre tus piernas! — respondió en forma lasciva, totalmente entusiasmado por lo que para él no era más que un juego. A continuación, desabotonó su propia camisa y abrió el cierre de su pantalón.
Magdalena sintió sus manos que ahora trataban de arrancarle sus pantis por debajo de la falda. Era un hombre enorme y brutal, erguido sobre ella que era pequeña y débil. No había nada que pudiera hacer. Aterrada, cerró los ojos y pensó.
— ¡Por favor, Dios mío! ¡Ayúdame!
En ese momento golpearon a la puerta. Valentín se detuvo un momento y giró la cabeza hacia la entrada, mientras sostenía la cintura de Magdalena.
— ¡Estoy ocupado! — gruñó.
Desde el exterior le respondió uno de los custodios.
— Señor, — dijo— es la comisión. Hay una reunión de emergencia.
— ¿Por qué no me llamaron a mí?
— Lo hicieron, pero dicen que no respondió.
Había una razón para eso. Recordó que su móvil estaba apagado, conectado a un cargador de baterías. Debía acudir de inmediato, no tenía otra opción.
Se apartó de ella y cerró la cremallera de su pantalón. Un poco temblorosa, Magdalena se permitió respirar, experimentando cierto alivio.
— Debo irme, — dijo— pero esta noche continuaremos con esto. — afirmó tras besarla levemente en los labios.
Mentalmente dio gracias al cielo. Mientras volvía a vestirse para recuperar la dignidad, pensó que su martirio sólo se había pospuesto. Al menos en la noche estaría preparada, como siempre.
Su cónyuge le hizo un comentario adicional, antes de que atravesara la puerta.
— Mañana vendrán un nuevo asociado y su prometida a almorzar. Prepárate para recibirlos y hacerlos sentir muy a gusto. Esto es muy importante. Debes estar a la altura de las circunstancias y ser muy buena anfitriona.
— Está bien. — respondió ella. — Así será.
Salió apresuradamente del despacho y se alejó de lugar tan rápido como pudo. En su habitación rememoró lo sucedido y los nervios se le crisparon ante el panorama sombrío que se abría ante ella. De alguna forma, la campana había sonado a su favor, pero sabía que no siempre tendría esa suerte.
Por momentos, la invadió la desesperación. Sintió que ya no tenía fuerzas suficientes para intimar con él, ni siquiera una vez más. Sólo un milagro le evitaría ese mal trago. Y curiosamente, algo le concedió dicha gracia.
En la medida en que las horas pasaban, esperó el temido instante en el que regresara y la mandase a llamar. Pero eso no sucedió. La noche cayó sobre la mansión y Valentín no regresó hasta el día siguiente.
Por lo tanto, no la requirió en ningún momento. Esto fue más que suficiente para que durmiera muy apaciblemente, como no lo había hecho en mucho tiempo.