CAPÍTULO 37 Con los ojos del alma

1353 Palabras

—Entonces esto va en serio —afirmó el padre de Ámbar cuando nos quedamos solos en medio de aquel almuerzo organizado por mi novia y mamama. Las chicas habían ido a no sé dónde. —Muy en serio —confirmé nervioso, sintiéndome como un adolescente al escrutinio de este hombre—. Yo la amo, señor. Puede estar seguro de que quiero hacerla feliz. —Me alegra, Mariano. Ámbar merece ser feliz, ha vivido demasiadas tormentas injustas. —Lo sé —asentí con reverencia. Las chicas estuvieron de regreso y la conversación no fue más allá de eso. Cuando volvimos a casa, luego de dejar a su padre y a su mujer en el hotel donde se estaban quedando, nos recostamos en el sofá. Ambos parecíamos haber recobrado el oxígeno que los nervios por dicho encuentro nos habían causado. —Le caíste bien a papá —dijo ella

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