Estoy tan nerviosa.
El reloj parece no avanzar, y yo solo quiero que lo haga. ¿Cómo puede ser que el tiempo sea tan lento y que cada minuto transcurra con tanta pereza? Miro con desesperación mi reloj, mi teléfono está en mi mochila, si descubrieran que tenemos teléfonos nos castigan. Pero el reloj de mano me indica que apenas ha pasado media hora. Faltan otros 15 minutos para el próximo recreo, y ya estoy desesperada. Quiero escaparme, ir al salón y secuestrar al chico, pero sé que eso sonaría desesperado.
El profesor está dando una clase interminable que me está haciendo doler la mano. La giro un poco en círculos para aliviar el dolor, pero no es suficiente. Suelto un enorme suspiro y pongo los ojos en blanco. Odio mi vida. Aunque, para ser sincera, creo que esto es más difícil de lo que pensaba. El estrés parece ser parte de un juego interminable, y la verdad es que no tengo muchas ganas de escribir.
Cuando finalmente suena el timbre, apenas puedo terminar la tarea y ya estoy agotada. Salgo corriendo, siendo la primera en salir, y creo que lo hice muy rápido. Me quedo esperando cerca de la puerta, sin saber si él vendrá a mi salón o si debo ir a buscarlo. Por ese motivo, me quedo en medio de los dos salones, esperando ver qué va a pasar.
Alejandro aparece finalmente, con una sonrisa, y se acerca a mí.
“Hola, desconocida", comenta.
Yo no puedo evitar reírme.
“Hola, desconocido. Aunque sé cómo te llamas", murmuro, y él levanta una ceja.
“¿Así, como me llamo?", pregunta.
“Te llamas Pancracio", digo, y él comienza a reírse divertido.
“Entonces tú debes ser Jacinta."
“¿Jacinta?", pregunto, y no puedo evitar reírme.
“Como las telenovelas. Si no podemos ser Pancracia y Pancracio, ¿te parece bien?"
“Me parece perfecto", comento.
Juntos, avanzamos por el largo pasillo de la escuela, luego nos apoyamos en una baranda y nos quedamos sentados.
Mis pies quedan colgando y los muevo de arriba a abajo. A mi lado está Alejandro, quien ha puesto unas papitas en medio de los dos.
“¿Te compraste el kiosco entero en el primer recreo?", pregunto curiosa.
“Algo así", comenta encogiéndome de hombros. Estoy comiendo, aunque un poco apenada. Tengo hambre, desde que empecé la preparatoria. En las mañanas me da bastante hambre, aunque procuro tomar un buen desayuno. Pero soy un poco perezosa para levantarme un poco antes. Siempre me levanto 10 minutos antes porque mi papá me trae al colegio.
“Es linda la vista desde aquí", murmuro sin saber muy bien qué decir.
“Lo es", comenta, y yo presto atención a algunas chicas que nos miran y hablan entre ellas. Me siento un poco apenada, bajo la cabeza. Para mi sorpresa, Alejandro me toma de la mano.
“Que no te dé pena", murmura, mirando con el ceño fruncido a las chicas, quienes, al sentir su mirada, se dispersan.
“Está bien. Yo soy común y tú eres..."
“Yo también soy común, y eso no está mal", murmura. Sale una sonrisa y él se acerca más a mí. Avergonzada, me sobresalto y hago un movimiento hacia atrás, pero olvido colocar las manos.
“Cuidado", comenta, tomándome de la cintura y acercándome a él. Estamos pegados, puedo sentir su respiración cerca de mi cuello y sus manos están entrelazadas en mi cintura. Mi espalda toca su pecho y no puedo evitar estremecerme. Puedo sentir su aliento cálido en mi cuello.
“Gracias…", digo tartamudeando. Siento que voy a tener un colapso nervioso. Estoy tan cerca de mi crush que siento que me voy a desvanecer entre sus brazos, y eso no suena nada romántico.
“Siempre te caes", comenta divertido y se ríe. Sentir su pecho vibrar contra mi cuerpo me hace estremecer, casi siento que voy a tener un paro cardíaco. Tengo que controlarme, es solo un chico. Pero un chico que está demasiado guapo, y eso no ayuda en absoluto.
“Bueno", comento sin añadir nada más. Él se ríe y se separa unos centímetros de mí.
No quiero que te separes, pienso.
“¿Por qué?", pregunta.
“Yo no puedo creer que lo haya dicho en voz alta", comento, avergonzada y me pongo de pie. Pero él me detiene, toma mi mano y me dice:
“Yo tampoco quiero separarme de ti."
En ese preciso momento, me derrito. Me quedo a su lado, como si estuviera prestando atención, pero en realidad estoy procesando lo que acaba de decir. ¿Realmente dijo eso o estoy soñando?
“Eres muy bonita", comenta. "La verdad es que te he estado mirando desde hace bastante tiempo", confiesa.
Yo no puedo creer si me está bromeando o no.
“No es una broma", comenta y se ríe. "Es que, yo..." “De verdad te he mirado. Eres bonita y además eres graciosa. Nunca puedo evitar reírme con tus chistes, es lo que le haces a tu amiga", continúa.
“Sí, ella se llama Melisa."
“Bueno, es un poco patético nunca habértelo dicho, pero no sabía cómo ibas a reaccionar y no soy bueno con las chicas y eso..."
“Pero si están todas suspirando por ti, ¿cómo no vas a ser bueno con las chicas?", pregunto sorprendida.
“Pues no sé, pero nunca ninguna se me ha acercado. Lo más cercano que tuve de un encuentro con una chica fue contigo", confiesa, encogiéndose de hombros.
“Pero yo pensé que salías con muchas chicas", comento, buscando entender. “Pues, la mayoría dice eso en los baños."
“Pues mienten, porque no he estado con ninguna", confiesa, y se encoge de hombros.
“Pues, yo también...", pienso, sin saber qué demonios decir. “Me gustas", comento, y creo que me pasé de la raya. Decir que lo he visto un par de veces y que me parece lindo es una cosa, pero decirle que me gusta... creo que me fui bastante al extremo.
Me pongo de pie y salgo corriendo. Lo veo quedarse sentado y no quiero enfrentar lo que acabo de decir. No puedo creer que haya confesado mis sentimientos justo después de habernos encontrado.
Ingreso al salón y no sé dónde demonios esconderme. Aunque quizás él ni siquiera me esté buscando, así que no debería preocuparme. Me siento, abro mi carpeta y hago una mueca al ver todos los dibujos de amor que siempre hago. Los nombres unidos en corazones, los dibujos de parejas besándose y algunos textos que le he dedicado. Arranco todas las hojas y las tiro al basurero. Pero justo cuando estoy a punto de darme la vuelta para volver a mi asiento, lo veo.
Alejandro está mirando el bote de basura con curiosidad. Esto es una pesadilla. Corro para impedir que tome esas hojas, pero ya es demasiado tarde. Las tiene todas, dobladas en una bola de papel, camufladas. Pero al parecer su curiosidad puede más.
Acomoda con paciencia infinita, alisando el papel con sus grandes y fuertes manos. Sus ojos se mueven de un lado a otro, al parecer leyendo algo de lo que escribí. Sonríe, a veces se pone serio y su rostro adopta mil expresiones que me hacen estremecer y querer esconderme. Dios, quiero desaparecer.
“Qué bonito", comenta, y no sé si llorar o reír.
“Sí, lo iba a tirar", comento avergonzada, arrojándolo nuevamente al basurero, pero él me lo impide.
“Dámelos a mí", comenta, y yo niego.
“No eran para ti", comento, y él se ríe.
“Dice 'Alejandro'", comenta.
“Puede ser otro Alejandro", comento.
“Puede ser", dice encogiéndose de hombros sin soltar las hojas.
“Son para la basura", comento.
“¿Me los das?, por favor", pregunta con una sonrisa tierna, poniendo el rostro de lado. Yo pongo los ojos en blanco y se los entrego.
Él se da la vuelta para alejarse, pero se detiene.
“Tú también me gustas", comenta, girándose de lado y con una enorme sonrisa se aleja del salón.
Me quedo perpleja. ¿De verdad acaba de decir que yo le gusto? Como alguien tan insignificante como yo.
Suspiro y me siento. Tomo una hoja en blanco y empiezo a dibujar un salón. Me gusta mucho el diseño de interiores, así que de vez en cuando busco en internet habitaciones, imprimo algunas y las decoro a mi gusto con lápices de colores. Es mi pequeño proyecto personal que nadie verá, pero eso no me importa.
“Qué bonita combinación de colores", comenta Melisa una vez que se encuentra a mi lado.
“Sí, el n***o es bonito, aunque no muchos lo valoran, y con el blanco queda bastante bien. También me gustan mucho los colores pasteles y la pintura de tiza, hace que todo resalte", señalo mientras le muestro mi diseño. Melisa sabe que no entiende mucho del tema, pero siempre me ha apoyado.
“Está muy bonito", exclama feliz y aplaude antes de volver a concentrarse en sus tareas.
“Le dije que me gusta", comento, y ella suelta la carpeta para observarme en silencio.
“¿Le acabas de decir a Alejandro que te gusta?", pregunta sorprendida, cubriéndose el rostro y sus pies golpeteando el suelo con emoción.
“Y él dijo que yo también le gusto a él", comento sin poder creerlo, y chillamos juntas, abrazándonos. Durante cuatro largos años, le había dicho a Melisa una y otra vez que me gustaba ese chico. Hacíamos todo lo posible para poder verlo, nos escapábamos de algunas clases para ir a la clase de educación física de él y verlo. Cuando había partidos de fútbol, éramos las primeras en estar en las gradas, a pesar del clima. Melisa siempre me acompañaba en todo momento, y se lo agradecía.
“Sofía, eso es una tan buena noticia. Me alegro tanto por ti, amiga."
“Gracias", comento avergonzada y me pongo de pie. "Tengo que ir al baño, además el profesor aún no llega. Tendremos hora libre quizás."
Estoy caminando por el pasillo, bajando las escaleras. Cuando estoy a punto de abrir la puerta del baño, siento unas manos que me sujetan bruscamente por los brazos. Levanto la vista y veo a un grupo de chicas. Una es alta y grandota, la que me sostiene. Detrás de ella hay dos niñas que están masticando chicle y me miran de manera desafiante.
“Alejandro es mío, aléjate", comenta, mientras aprieta mi cuello.
“¿Qué?", pregunto sin comprender sus palabras.
“¿Acaso eres sorda, niña?", dice una de ellas con tono amenazante.
Comenta golpeando mis oídos, y yo bajo la vista cerrando los ojos con fuerza, porque eso me dolió. Me deja en el suelo aturdida, y se alejan. Las otras chicas me miran divertidas y se ríen a carcajadas, mientras yo sigo en el suelo, asustada. No puedo evitar sentir miedo, aún me duele el golpe en la cabeza. Estoy llorando, sé que puede parecer patético, pero no puedo evitar sollozar, sintiéndome más insignificante de lo que ya me sentía. Sé que nadie vendrá en mi rescate, sé que no soy importante para nadie. Con amargura, sigo llorando mientras los minutos pasan volando, y sé que me regañarán si llega el profesor, pero eso no me importa.
“¿Qué ocurrió?", preguntan voces conocidas. Levanto la vista, con mi rostro empapado en lágrimas, y veo a Alejandro acercándose a mí, pero yo me alejo. Me pongo de pie y salgo corriendo. No quiero que me vuelvan a lastimar, tengo miedo.
Pero él me detiene, me abraza, y no puedo evitar llorar amargamente, refugiada en su pecho.
“Esas chicas me amenazaron y me golpearon", comento asustada, temblando. Ahora que lo había dicho, no sé si era peor. Nunca en toda mi vida me habían golpeado ni amenazado de esa manera, y eso me había asustado enormemente. No tenía razón para negarlo, tenía miedo y me dolía el rostro.
“Tienes un moretón aquí", comenta Alejandro, acariciando con suavidad la zona. Me vuelvo a abrazar a él y de repente, me toma de la mano.
“¿Cómo eran esas chicas?", comenta. Yo empiezo a describirlas, más que nada porque estoy paralizada del miedo y apenas puedo caminar.
“Quédate aquí", comenta Alejandro, dejándome frente a la baranda. Yo obedezco y dejo caer mi cuerpo hasta quedar en posición de indio, mirando hacia afuera. Escucho unos gritos y, al girar la cabeza, veo a Alejandro enfrentando a esas mujeres.
“¡No vuelvan a tocarlo, o me voy a olvidar de que son mujeres!", comenta Alejandro completamente molesto. Está rojo de la furia, y nunca lo había visto así.
“¿Quién es esa niña?", pregunta desafiante una de las chicas, la misma que me había golpeado. Sus ojos se encuentran con los míos, y yo los desvío atemorizada.
“Mi novia", comenta finalmente Alejandro, y se acerca a mí. Las chicas ingresan al salón y Alejandro se sienta junto a mí. Me toma de la cintura y me acerca.
“No te van a hacer daño, tranquila", me asegura.
“¿Y si esto es peor?", pregunto levantando la vista. Él sonríe. Para mi sorpresa, me besa. Lo hace con una ternura desmedida y me derrito en ese tierno y armonioso beso. Él se separa de mí, y no puedo evitar sonreír ante sus palabras.
“¿Qué fue eso?", pregunto confundida, sintiéndome avergonzada.
“A partir de ahora somos novios", comenta. No puedo evitar mirarlo sorprendida, como si ni siquiera hubiera dicho que sí.
“No me has propuesto nada", comento divertida y él se ríe.
“¿Quieres ser mi novia, Sofía?", pregunta tímido, bajando la vista y sin mirarme.
“Claro que sí", comento divertida y lo abrazo.
A partir de ese momento, nos volvimos inseparables. Cada vez que sonaba la campana, Alejandro estaba esperándome. Todos los compañeros de mi salón nos gritaban cosas tiernas, y algunas no tan tiernas. Él me esperaba todos los días y me acompañaba hasta la parada de mi colectivo.
Me sentía feliz. En primer lugar, después de tanto tiempo de soñar con estar con él, por fin mi sueño se hacía realidad. Aunque nuestro amor era bastante inocente, me sentía llena de felicidad. Estábamos caminando en dirección a la parada del colectivo, ya habíamos pasado una semana juntos y era increíble cómo el tiempo pasaba volando. No me habían vuelto a golpear ni a molestar, aunque algunas miradas y comentarios despectivos seguían presentes. Pero incluso mi salón me defendía y eso se los agradecía.
“¿Y qué piensas, Amor?", pregunta, sosteniéndome de la cintura y acercándome más a él.
“En que no me han molestado en esta última semana", comento.
“Y no lo harán, porque me voy a olvidar de que son mujeres y me da igual", responde él con determinación.
“No quiero que te pongas en problemas por mi culpa", comento un poco preocupada. No quiero que sufra por defenderme.
“Descuida, yo siempre estaré para ti", comenta él, y no puedo evitar sonreír. Lo abrazo, sintiendo su calor y su corazón cerca del mío. Es suficiente para sentirme feliz. Mi corazón late con fuerza, y eso es algo que nadie puede discutir.
Nos separamos y seguimos caminando, mientras siento que en cada paso me estoy enamorando más de él. Cada momento juntos fortalece nuestros lazos y crea recuerdos que atesoraré para siempre.
*****
En el presente, suspiro. Haber recordado todo ese pasado me ha llenado de nostalgia. Estoy junto a la barra de bebidas, tomando un trago de dudosa procedencia. No me importa realmente, todavía me siento sumida en un dolor triste, pero decido ignorar mis sentimientos. Cuando Alejandro se acerca a unos metros de mí nuevamente, su amiga se aleja y él está hablando con un grupo de personas desconocidas. Alejandro me mira en silencio, y sus pasos se acercan a mí en un vaivén que me hace temblar. No quiero su cercanía, pero al mismo tiempo la acepto, porque en lo más profundo de mi ser, todavía lo quiero, y eso es algo que el tiempo no ha podido borrar.
“Aún sigues aquí. Es increíble que un evento así permita que las personas de bajos recursos continúen por tanto tiempo. Qué solidaridad hay hoy en día", comenta divertido mientras bebe de su vaso.
“Problema mío", comento con pesar, intentando alejarme. Es increíble cómo ha cambiado Alejandro desde el pasado hasta ahora. Sin embargo, él me detiene y siento su brazo tocando el mío. Lo observo sin mucho interés pero con cierta curiosidad.
“¿Qué quieres?", pregunto curiosa, sin poder apartar mis ojos de los suyos.
“Bailemos", comenta finalmente, y yo abro y cierro la boca. Quiero protestar, pero no hago nada. Me dejo llevar por sus fuertes brazos. Él es más alto, más musculoso; está donde debe estar. Mis brazos se apoyan en los suyos, y me estremezco. Está tan atractivo que no puedo creer que un hombre así esté bailando conmigo. Aunque tengo inseguridades, no se las muestro. Levanto la barbilla y lo miro con altanería, aunque sé que él es igual o peor que yo.
“Así que diseñadora de interiores", pregunta, mirándome a los ojos y observando a su alrededor.
“Sí", comento en un monosílabo apenas audible.
“Vaya, ¿y quién fue la persona que le dio lugar a una indigente para trabajar aquí?", pregunta divertido. Pongo los ojos en blanco.
“Eso no te incumbe", comento, y él me toma de la cintura, acercándome más a él.
“Yo lo sé todo, Sofía", susurra, acercando sus labios a mi oído. Un escalofrío recorre mi espalda ante su aliento cálido. Pero por supuesto, no lo voy a admitir. No voy a dejar que él tenga ese poder sobre mí después de todos estos años.
“No te interesa mi vida", comento, y él me da una vuelta, atrayéndome hacia él.
“Tienes razón, no me interesa", comenta. Yo pongo los ojos en blanco.
“¿Por qué bailas conmigo?", pregunto.
“Para sentir tu cuerpo y ver de cerca cómo has engordado", comenta con desdén. Abro los ojos sorprendida por su comentario.
“Y tú, ¿eres un pedante?", comento.
“Puede ser", confiesa con orgullo, mirándome con una sonrisa de autosuficiencia. Me dan ganas de estrangularlo. Cómo puede ser alguien tan dulce y amable en un momento y luego tan arrogante en el siguiente.
"Ya perdí demasiado tiempo bailando contigo", comenta, soltándome y alejándose. Mi corazón se hunde por sus palabras, y a pesar de que me llama malito estúpido en mi mente, no puedo decir nada. Aún lo quiero con todo mi ser. Las vueltas que da el destino son increíbles; ahora él es mi jefe, no de manera directa, pero sí de forma indirecta. No entiendo por qué nuevamente tengo que cruzarme con él. Pensé que esa etapa había quedado atrás, a pesar de que siempre estuve al tanto de su vida, stalkeándolo en i********: y siguiendo sus noticias en el noticiero. Sin embargo, tenerlo lejos me causaba una sensación de incomodidad y un trago amargo que me hacía temblar. Lo mejor sería olvidarlo, aunque sé que para mi corazón eso será sumamente difícil.