— Entonces… no tienes intención de dejarme, ¿verdad? —inquiere contra mi cuello. — Por supuesto que no, nunca se me pasó la idea por la cabeza— contesto y se desploma sobre mí. Su cuerpo yace pesado como cemento ante el alivio de mis palabras, entonces lo abrazo y palmeo su espalda como si fuera un niño pequeño al que estoy consolando. El peso de su cuerpo, el calor de su respiración en mi oído, las cosquillas de su cabello contra mi rostro. Finalmente me siento en casa. Por fin siento algo más allá de la vergüenza. Los primeros días en que llegamos a Boston, usé la mano herida de Alex como excusa para no tener intimidad. Luego, cuando le quitaron los puntos, me rehusé buscando excusas estúpidas para escapar de la situación. Pero, a su vez, él no me presionó de ninguna

