Apenas dije las palabras, la culpa llegó a mí—a pesar de haber dicho solamente la verdad—, no quería herirle, pude notar cómo fue que sus ojos se cristalizaron, me tomó del brazo y me acercó bruscamente a ella, con su mirada llena de enojo, bastante enojo, a decir verdad. —No somos iguales Murphy—, susurró. Sus ojos me miraban desafiantes—, A mí nadie me deja. Tenía razón en ambos puntos, no éramos iguales; yo no pasaría mis sentimientos por arriba de las personas que quiero, no traicionaría a las personas que quiero. Y segundo, sí, a ella no las dejaban, me dejaban a mí. —Te deseo lo mejor, en tu embarazo, en tu vida y tu nueva relación, la necesitarás—, le señalé—, Necesitarás mucha suerte con ese imbécil. Me senté en la silla en la que me encontraba, no le daría el gusto de irme,

