2011 Odiaba sentirme inquieto. Aunque debí sentirme dolido, o molesto, lo que recorría mi cuerpo era una sensación de incomodidad e inquietud que jamás había sentido antes. Era como si no pudiese quedarme quieto, como si necesitara mover mis piernas de arriba abajo, y mantener mis manos ocupadas con lo que fuera. Habían pasado tres días desde mi huida de la casa de Savannah. Y su falta de interés en mí, o por lo menos su curiosidad por saber a qué me refería cuando confesé mis últimas palabras, me estaban haciendo volver paranoico. Ella podría al menos escribirme un texto rechazándome, pensé. Pero no. Savannah parecía no haber captado mi indirecta. ¿Y si realmente no se había dado cuenta que la desafortunada chica de la que me había enamorado era ella misma? Apreté mi puño en torno a

