Ambos nos volteamos, sobresaltados por la voz que irrumpe como una campanada en medio de la tensión. Por un instante, nos olvidamos de que este lugar, por más oscuro y aislado que parezca, sigue siendo un recinto lleno de personas, lleno de vidas que continúan, ajenas al huracán que ocurre justo aquí, entre las sombras de este pasillo mal iluminado. El aire entre nosotros se siente denso. Mi respiración es pesada, como si intentara empujar hacia fuera toda la ira contenida. Alastor me observa fijamente. Su mirada tiene esa expresión que solo los animales heridos adoptan: una súplica silenciosa, como los ojos de un gato que sabe que está en peligro pero aún busca afecto. Me giro lentamente hacia donde viene la voz de la mujer. Ella se ha puesto de pie, y desde su mesa escanea el lugar, mi

