El recuerdo llegó como un golpe de calor en medio del frío que me envolvía. La casa de Johann, sumida en una atmósfera densa, parecía flotar en el umbral entre este mundo y otro más antiguo, más oscuro. El aire estaba cargado, como si se hubiese derramado algo invisible que lo volvía difícil de respirar, espeso, lleno de presagios. Lo sentí en el pecho, en los huesos, en la piel: algo iba a suceder. Recuerdo... El cuerpo, ya sin vida, descansaba en el centro de la habitación. No parecía una escena forense, sino más bien una pintura hecha para alterar el alma. No había sangre ni violencia visible, solo una quietud antinatural, como si todo lo que era humano se hubiera evaporado del cuerpo y sólo quedara allí un recipiente vacío, esperando algo. Sabía lo que venía. El ritual. Johann había

