STELLA
Hoy era miércoles. Y estaba observando como Constantine junto a otro muchacho, cargaban las cajas que habíamos empaquetado con ropa, recuerdos, platos, sábanas, utensilios, comida, y un poco más. También estaba mirando a mi madre quién parecía llorarle a su pequeño jardín del frente,pero si supiera que teníamos una casa nueva con un gran terrenal, esas lágrimas ya ni las recordaría.
Seguro que el pequeño jardín del frente tampoco.
Me gustaba verla vestida de esa manera. Mi madre era joven, me tuvo a mí a los 20 junto con mi padre que también tenía la misma edad y luego tuvo a mis hermanos a sus 32. El día de hoy tiene 45 y su rostro aún luce joven. Sólo que descuidado. Pero de eso me encargaría luego, haría que mi madre brillara y se concentrara ahora en ella. En fin, llevaba una braga roja de tela suave, con una chaqueta blanca y unos tacones rojos. La combiné perfecta.
Le compré unos pendientes de perlas y un collar de perlas también, ella luce espléndida.
—No quiero abandonar mi hogar, Stella—apoya su cabeza en mi hombro. Escucho como sorbe su nariz y muerdo mi mejilla.
—Ay mami, vendremos cuando la casa esté lista—mentiras, aún no mandaré a hacer nada, quizá dentro de dos años lo haré.
—¿Cuánto faltaría?
—No lo sé mami. La tumbarán por completo.
Me hago la triste.
Pero es que la verdad me sentía emocionada y esa razón era por Constantine, que estaba haciendo de mi vida feliz al ver a mis pequeños hermanos felices. También a mi madre, claro, pero aún ella no demostraba estarlo, pero en el fondo, sabía que sí.
Suspiré cuando la puerta fue cerrada por mí y guardé las llaves. Era el final, nos estábamos mudando. Me di la vuelta y observé a Constantine quién estaba justo al frente de mi.
—¿Qué?
Entre cerré mis ojos sospechosamente. Constantine ladeó una sonrisa que me pareció tanto como escalofriante tanto como linda.
—No, nada—encoge sus hombros—. ¿Nos vamos?
—Eso creo.
Se dió la vuelta y empezó a caminar. Yo lo seguí después, y ya a punto de subirme al auto, le eché una última mirada al barrio que se estaba perdiendo, le di la última mirada a la casa en la que había crecido. Y me di cuenta que para comenzar de nuevo hay que dejar las cosas en el pasado. Pero las memorias, el recuerdo, lo mantendría presente.
Me subí al asiento de copiloto, y mis hermanos me bombardearon en preguntas.
—¡Stella! ¡Dinos, por favor!
—¡Sí! ¡Queremos saber en dónde queda y cómo es!
—Niños, dejen a su hermana tranquila y quédense quietos—espetó mi madre y ellos se quedaron callados de inmediato.
—¡Quiero el cuarto más grande!—exclamó Owen.
Reí y rodé mis ojos.
El camino a la nueva casa fue extremadamente corto. Pasamos por la ciudad hasta llegar a la urbanización donde viviríamos ahora. Owen y Mary se quedaron boquiabiertos al ver casas hermosas, lujosas y grandes, mientras que mi mamá, estaba sin decir ni una sola palabra. Observaba en silencio.
No sé porqué, pero me sentía muy nerviosa.
Constantine paró en frente a mi nueva casa, y bajó primero que nosotros para ayudar al muchacho del camión de mudanzas con las cajas.
—Ésto es... ¡hermoso! ¡Me encanta! ¡¿Podemos bajar ya?!—gritó Mary viendo emocionada la casa frente a nosotros.
Rio internamente.
—¿Mamá?
Ella estaba en algún estado de shock. Estaba fijamente observando la casa con la boca entre abierta de la segura impresión. En su rostro había un rastro de lágrimas recientes y sus ojos seguían llenos de agua. Mi corazón se estrujó al verla así.
—Yo... no puedo... creerlo—espeta palabra por palabra—. Es...
—Encantadora—termino por ella.
No sabía si era lo que iba a terminar de decir o qué, pero lo era. Bajé del auto, y enseguida mis hermanos también lo hicieron, corriendo directamente a la casa sin cuidado alguno. Abrí la puerta del lado en el que ella estaba y la invité a bajar, aceptó mi mano y bajó con cuidado, su mano estaba sudando y con un temblor muy suave.
Se posó a mi lado, observando la casa aún. Seguí tomando su mano, y empecé a caminar directo con ella, para que la conociera por dentro. Mis hermanos habían dado la vuelta y seguro estaban mirando la piscina. Saco las llaves de mi jeans, y abro la puerta principal. Mi madre entra primero que yo, va caminando despacio observando todo el lugar en silencio, no dice una sola palabra y me aterra.
Volver a ver el lugar hace que me dé escalofríos, ví la sala de estar con sus muebles a juego, la mesa de vidrio en el medio, la chimenea apagada, el televisor que cubría el tamaño de la chimenea encima,las ventanas que dejaban a vista a la piscina, los niños con sentados en el borde de ésta con sus pies dentro y echándose agua, esa escena, hizo que mi corazón se sintiera muy feliz y agusto.
Cuando entré aquí con Constantine, no podía creer lo que veían mis ojos. Se veía tan irreal y mágico, que se me fue difícil entender que ya mi vida estaba repuesta, que ya no estaba de cabeza, sino bien centrada gracias a él, el demonio que aquella noche me escuchó.
Mi mamá se echó al sofá n***o, cruzó sus rodillas y pasó sus dos manos por su cara.
—¿Está... todo bien?
—Todo está... ¿muy bien? ¿perfectamente? Todo se ve bien, Stella.
Hace señas a nuestro alrededor. Y lo entiendo.
—¿Te gusta?
Parece dudarlo.
—No lo sé—vocifera—, no estoy acostumbrada a esta vida de lujo, Stella.
Hago una mueca.
—Yo tampoco, mamá.
Resoplamos al mismo tiempo.
—Constantine es muy... bueno contigo—la veo medio sonreír.
Eso hace que me sienta un poco mal. Porque está siendo bueno conmigo por su beneficio y por el mío.
—Sí...
Escuchamos pasos rápidos y de un momento a otro mis hermanos están dentro de la casa viendo por todos lados, observándola.
—¡Es hermosa! ¡Me encanta!
—¡La piscina es de lo más cool, Stella!—exclama Mary, feliz.
Owen se acerca a mí y acaricio su cabello. Toco su nariz con mi dedo, haciendo poop y haciéndolo sonreír.
—¿Podemos ir a ver las habitaciones?—me pregunta.
—Claro, vengan. Constantine las diseñó para ustedes.
—¿Para nosotros?—Owen tiene el ceño fruncido.
—¿Cómo ha conseguido todo ésto?—Mary hace puchero.
Inteligentes. Nos detenemos frente a las escaleras.
—Bueno, yo soy su...
—Socia—su voz suena detrás de mí.
—Socia, sí, eso.
Owen y Mary encogen sus hombros y señalan escaleras arriba.
—Suban sin problemas, ¿sí? Ya es nuestra casa.
Les guiño un ojo y corren felices, pero a mitad de las escaleras se detienen y dan media vuelta.
—¡Gracias Constantine!—exclaman al mismo tiempo y siguiente hacia arriba.
Yo suelto un suspiro muy largo.
—Gracias.
Constantine ladea una sonrisa divertida.
—¿Qué les ibas a decir?
—La verdad, no lo sé. Ah, les iba a decir que era tu asistente, pero pensándolo bien...
—Suena muy mal, Stella—termina por mí.
Asiento.
Tiene razón.
Suspiro. Meto las manos en mis bolsillos traseros y observo detalladamente a Constantine Agatone. Creo que él también hace lo mismo conmigo.
—¿Y bien? ¿Qué opina tu madre de la casa?
Comienzo a caminar a la sala a un paso despacio y él me sigue. Ya al llegar, ella no estaba.
—Realmente, ni ella lo sabe. No estamos acostumbrados a los lujos Constantine, y para mi madre ésto es mucho.
—Ya se irán acostumbrado, cielo.
Cielo.
—Dice que eres muy bueno conmigo—me rio, haciendo vibrar mi cuerpo.
Detengo la risa cuando Constantine ha tomado mis mejillas y ha acercado su rostro muy cerca del suyo. Casi puedo sentir su respiración. Mi corazón empieza a latir como loco y los nervios me invaden.
—¿Qué haces?
—Soy bueno contigo, Stella.
Suena sincero, de verdad lo suena. Pero es imposible creerlo. No le creería. Aún no.
—No me has dado hechos.
Alza sus cejas por primera vez desde que llevo conociéndolo.
—¿Quieres hechos, Stella?
—Quiero... Quiero que no estés haciendo ésto por simplemente sexo.
Miré el grandioso vestido que Abril tenía tendido en mi cama para mí. Era simplemente perfecto al mirarlo, su color era hermoso y el encaje y diseño junto a todo lo demás le daba un toque único. No sé de dónde Abril pudo haberse sacado un buen vestido de diseño cómo éste. Sin esperar más, me metí bajo la ducha deseosa de alistarme. Los nervios me carcomían de sólo pensar que tendría una cita con Conner. Abril se había puesto como loca a gritarme entusiasmada que saldría con uno de los hombres más ricos y deseados de Nueva Orleans en plan romántico. La verdad que a mí me sorprendía un poco saber que haya hecho aquello, pero mi corazón desbocado me hacia no pensar tanto.
Abril se había encargado de buscar el perfecto vestido para la ocasión de hoy, y aquí estaba, a punto de ponérmelo. Tomé las bragas de encaje nuevas junto al sostén también que eran nuevos, Abril se había encargado hasta de comprar eso. Mi amiga apareció en la puerta, dando un asentamiento a mi lugar de aprobación. Su sonrisa era satisfactoria y feliz al ver logrado su cometido.
—Ese conjunto es sexy—farfulla haciéndome reír—. A O'Conner se le caerá la baba.
—Ya... me veo normal.
—Normal y un cuerno—reprocha—. ¡Estás divina! Anda, mírate al espejo.
Al mirarme no creí que fuera yo. Mi mirada era nueva y fugaz, en mis ojos había un brillo incapaz de saber descifrar. El vestido rojo vino de satén se ceñía perfectamente a mi cuerpo dejando mucho a la imaginación y, el cuello cortado en V con encaje a su alrededor mostraba un escote pronunciado, pero decente. No tenía mangas y me gustaba, aunque la parte de mi espalda era abierta y dejaba en vista mis lunares. Aún así no protesté, amaba muchísimo este vestido. Abril se hizo cargo del maquillaje y peinado, me rogó dejarla que lo hiciera aunque no fuera para tanto, ¿verdad?
Sólo comeríamos en plan amigos. O eso quería creer yo, sin embargo, al pensarlo me dolía el pecho y el corazón. Me dolía tan sólo pensar que era una cena en plan amigos para después ir a las sombras de su casa y follar cómo conejos necesitados.
—Listo—anuncia mi amiga dejándome el espejo libre para mirarme—. Perfecta, sencilla y sensual. Tres en uno, soy genial. ¿A que si?
¡Estaba deslumbrante! Abbs tenía razón, a Conner de seguro se le caería la baba. Mis párpados con sombra dorada y toques marrones oscuros resaltaban mis ojos azules cielo. Además, el eyeliner daba una combinación extravagante. Mis labios rojo escarlata eran perfectos y se veían más carnosos que de costumbre, ya que eran algo finos.
Miré a mi amiga feliz por su trabajo y la abracé agradeciéndole.
—¡Claro que eres genial! Te mereces el mejor premio del mundo, Abbs.
—¿Pero adónde vas así tan guapa? —pregunta una voz femenina a mis espaldas.
Mi hermana sostiene a la gran loba blanca llamada Star por una correa de pasear.
—Saldré a una cita—digo lentamente y sus ojos parecen salir de sus órbitas.
—¡Es increíble! —exclama dándome un beso en mi mejilla—. Que la pases bien, hermanita.
Va a su cuarto encerrándose con Star. Miro la hora en el reloj de oro en mi muñeca, fijándome que faltan cinco para las nueve y me encuentro un poco nerviosa. Me siento en un sillón tanteando mis dedos en la pierna cruzada, para intentar calmarme. Deseaba que todo saliera muy bien en la cita.
Abril empezó a calmar mis nervios mostrándome vídeos de repostería por YouTube y uno que otros logró calmarme. El timbre del apartamento sonó y juro que mi corazón paró; me volví a poner nerviosa que quise comerme las uñas, pero no quería dar una mala impresión. Le di una mirada de urgencia a Abbs y apretó mi mano instándome a abrir.
El traje elegante que traía Conner esta noche me hizo querer desmayarme ahí mismo. Estaba tan perfecto, guapo y con una sonrisa de infarto. ¿Necesitaba algo más? Sí, sus besos y sus caricias al rededor de mi piel. Conner estaba irresistible vistiendo esos pantalones de vestir que le quedaban algo apretados del trasero y luego caían sueltos abajo. Una camisa blanca con dos primeros botones desabrochados y un saco elegante azul. ¡Dios mío! Quería comérmelo ahí mismo.
Conner sonrió de lado, mirándome de arriba hacia abajo y me sentí muy expuesta.
—Decir que te ves guapa es poco—alaga haciendo que mi corazón la tierra feliz en su lugar—. Estás deslumbrante, preciosa y muy elegante Elisse.
Quise chillar de felicidad. Mis mejillas se encendieron y quise voltear a otro lado para que no me mirara en ésta situación.
—Tú estás muy apuesto—digo yo sonriendo.
—¿Estás lista?
—Sí, sí, dame un segundo—le pedí y fui a coger una gabardina preciosa, con mi bolso de mano dónde traía lo necesario—, todo listo.
Me ofreció su brazo y me enganché a él. El olor a perfume que desprendía me quería volver loca, tenía unas ganas de besarlo inquietantes. Un Mercedes Benz blanco estaba estacionado delante de mi edificio, y me sorprendió un poco al saber que ha cambiado de auto para esta ocasión. Porque es una ocasión, ¿verdad? Conner antes que pudiera de abrir la puerta de su coche, se ofreció hacerlo él como un completo caballero.
Quise dejar la mandíbula pegada al piso pero era mejor alzar el mentón y mostrarle una sonrisa que le gustara. El interior del auto era cómodo y frío. Conner no tardó en nada al entrar y ponerse en marcha. Una agradable melodía sonaba por la radio y estaba segura que se trataba de Lady Gaga con una de sus espectaculares canciones. La noche estaba estrellada con una creciente luna apenas asomándose.
El silencio no era para nada incómoda, pero aún así necesitaba escucharlo hablar.
—¿Adónde me llevas? —inquirí volteando de lado para observarlo mejor.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios y en su mejilla un pequeño hoyuelo apenas visible. Una barba incipiente dejaba verse y no mentiría si dijera que se ve tentadora. Me gustaría pasar mis labios por ahí y...
—Es una sorpresa—espeta colocando una mano en mi muslo. El pulso se me aceleró y pronto sentí calor—. Espero que te guste mucho, el lugar es poco frecuentado pero muy bueno.
—Todo lo que venga de ti me gusta—disparo.
El corazón lo sentí en la garganta, pero me tranquilice un poco al sentir ese leve apretón en mi muslo y a Conner reír. Sus carcajadas llenas de vida encendieron mi pecho de calidad y alegría. Mi pecho se hinchaba de felicidad por todos lados y me sentía más relajada que nunca.
—Ya veo...
Después todo fue un silencio cómodo y normal. La mano de Conner aún seguía en mi pierna, y por lo que veía no tenía intenciones de quitarla y yo tampoco quería que lo hiciera. Me di cuenta luego de un rato que habíamos salido de la ciudad y estábamos fuera. Creo que cinco minutos más tarde Conner aparcó frente a un restaurante italiano que tenía buena pinta. Sus detalles por fuera eran algo clásicos pero elegante, justo lo que me gustaba y era imposible creer que Conner haya dado justo en el clavo.
Sonreí sacudiendo la cabeza disimuladamente. Antes que Conner lo hiciera, abrí el coche pero fue una mala idea. Una ola de flashes me cegó por completo. Sus manos grandes y fuertes rodearon mi cintura intentando alejarnos de ese bullicio pero cada vez parecía que habían más y más paparazzi. No dejaban de hacer preguntas absurdas y no pude evitar sentirme agobiada y cohibida. No se como, pero de un momento a otro nos encontrábamos dentro del restaurante algo Jade antes por el mini–espectáculo que crearon los malditos paparazzi. Conner registró mi rostro y cuerpo arriba de abajo, buscando algún indicio de daño.
—Estoy bien—murmuré con la voz atascada—. Creo. Pensé que no aparecerían los paparazzis, mi mente los había descartado por completo—termino de decir y Conner esboza una sonrisa algo burlona para después reírse en mi cara.
—Ellos aparecen dónde sea que esté—farfulla guiándome a una mesa más retirada que las demás.
Hice una mueca, ante lo que me ha dicho. ¿En serio tenían que ser tan malditamente fastidiosos esos paparazzis? Nada más para buscar plasmar mentira en un papel. Aunque no me había gustado un poco ser fotografiada con Conner, tal vez eso le traiga problemas con su compañía pero él parecía en este momento más relajado como si no le importara un pepino todo.
Retiró una de las sillas para sentarme y eso hice.
—Eso suena muy estresante—murmuré tomando el menú del restaurante Giovanni—. ¿Qué me recomiendas?
Su mirada lapislázuli se encontró con la mía. Había un cierto brillo que me encantaba de sus ojos y que me atrapó por completo. Ladeó una sonrisa mostrándome parte de sus dientes blancos a la perfección.
—Sin duda la pasta gratinada—recomendó echándole un vistazo a su menú—. Y de postre una tarta de queso con fresas.
Sonreí.
—Me parece bien.
Conner hizo señas a una mesera y se acercó para atender. Mientras que Conner se encargaba de los pedidos yo le daba un vistazo rapidísimo al restaurante por dentro. Era elegante de los tiempos de antes, un clásico y me gustaba. Los temas crema con gris eran perfectos. La lámpara de araña que colgaba en el techo era muy extravagante y de mi gusto. Este lugar se asemejaba un poco a mí, y no podía ser cierto que Conner haya dado justo en el clavo.
Sorprendente.
—¿Qué te gusta hacer?—me pregunta, cruzándose de brazos.
—¿De qué?
—No sé... —murmulla.
Reí por lo bajo, llevando una mano a mi mejilla apoyada en el codo. Esta posición me hacia admirar a Conner como una completa enamorada loca.
—Hornear, cocinar y unas que otras veces pinto y hago dibujos—exclamo.
Que me esté preguntando cosas triviales me da a mil.
—Quisiera probar lo que haces en la cocina—expresa y no puedo evitar ruborizarme.
—¿Y a ti? —cambio rápidamente.
—Estar contigo.
El corazón me empezó a latir frenéticamente.
—Ya... —río nerviosa—. ¿Cuál es tu color favorito?
—¿Esta noche? Pues el rojo.
Quise carcajearme horrible de los nervios. Mi corazón gritaba «¡felicidad y amor!» por todos lados.
—A mí el azul—dije mirándolo fijamente—. ¿Qué es lo más loco que has hecho?
—Embriagarme con mi mejor amigo—musita con el ceño levemente fruncido.
Yo me carcajeo un poco.
—¿Y por qué es loco? —pregunto mientras tomo el vino que nos ha servido una de las camareras, está divino y hago lo posible por no gemir del sabor. Es dulce, frío y con un toque agrio a la vez, me gustaría probarlo con queso, sería exquisito.
Conner me mira con los ojos abiertos de par en par.
—La última vez que bebimos juntos casi tuvimos un trío—dice algo incómodo y me atraganté con mi propia saliva—. Fue un desastre.
Su expresión hizo que me riera luego de recuperarme de la tos. No pude evitar imaginarme a Conner y a Richard en una situación cómo esa. ¿Qué hubiera pasado si... se confundían de hueco? Suelto una risita nerviosa mientras desvío la mirada algo acalorada. ¡Dios, Annelisse! ¿Por qué pienso estas cosas?
La misma camarera morena, coloca dos platos en frente de nosotros. La pasta se ve deliciosa y con solo verla hace que mi boca se vuelva agua. Más vino es servido en nuestras copas y doy un sorbo deleitándome del fabuloso sabor. Observo como la chica por encima de su flequillo le hace ojitos a Conner y no puedo evitar el revoltijo incomodo que se forma en mi estómago.
Aunque no debería sentirme así, ya que Conner mantiene su visita fija en mí viéndome con una sonrisa. La camarera se retira y puedo sentir como el peso en mis hombros disminuye.
—¡Dios! Esto está delicioso—exclamo cuando ya he llevado el primer bocado a mi boca—. Quiero venir más seguido a probar esta pasta.
—Te lo dije—atisba guiñándome un ojo—. Cuéntame algo de tu infancia.
—¿Qué quieres que te cuente? Mi infancia fue normal.
—Tu momento más feliz.
Sonrío al recordar un momento de los más felices.
—Mi papá me regaló una bicicleta cuando tenía once—empiezo—, había querido una bicicleta desde que tenía siete, pero lamentablemente nosotros no teníamos tantos recursos en esos momentos y por eso,nunca les pedía nada. Vivíamos en un cuchitril y mis padres ganaban poco, hasta que el día de mi cumpleaños mágicamente apareció una bicicleta azul en la pequeña sala. Fue el mejor día para mí y para mi hermana.
Trago el nudo que se ha formado en mi garganta. Recordar aquellos tiempos en los que pasábamos días sin comer, sin una cama, o con equis cosa, me mata. Fueron días, meses y años difíciles salir de aquel lugar para vivir mejor con trabajos excelentes. Mis padres habían conseguido con esfuerzo un trabajo mejor y logramos dejar Texas para venir a Nueva Orleans. Y debo admitir que fue un gran cambio, nos sirvió de mucho.
Conner se quedó mirándome con adoración. Eso es lo que veía en sus ojos y no entendía el porqué. Miré su plato y al igual que el mío no había nada, nos habíamos comido la cena de golpe. Debía admitir que esa pasta estaba muy deliciosa y quería más, aún había espacio para otros dos platos más.
—¿Era montañera o una BMX?
—De montaña—respondo, y le doy un sorbo a la copa, debía calmarme o terminaría embriagada, pero estaba muy delicioso la verdad—. ¿Y tú? ¿Cuál es tu momento más feliz?
—No lo sé.
Frunzo el ceño mirándolo despectiva.
—¿Cómo que no sabes? —inquiero apoyando mis codos en la mesa para entrelazar mis manos.
Conner me observa el escote y me sonrojo. Muerde su labio sin ningún disimulo y yo entro en calor. Sus ojos lapislázuli brillan demasiado y me encanta. Encontrarme con aquellos ojos color mar hace que miles de emociones se junten y exploten. Estar cerca de Conner me ponía nerviosa, feliz y un poco tonta. Cada vez que me decía algo lindo explotaba de felicidad por dentro y sabía lo que era. Mayormente no suelo privarme de estos tipos de sentimientos pero, estábamos hablando de O'Conner Hilerson uno de los magnates más adinerado de Nueva Orleans.
Traía en sus hombros a los paparazzis todo el tiempo y era incómodo. La prensa busca inventar chismes absurdos para ganar fama y dinero por encima de la verdad, y al ponerme en los zapatos de Conner me siento patética, cansada y frustrada. ¿Cómo es que logra lidiar con todo eso? ¿Alguna vez no ha pensado en simplemente tomarse un tiempo? ¿O renunciar? ¿No se agobia siempre con los chismes amarillista?
—Creo que mi momento más feliz ha sido conocerte, Eli—confiesa y lo miro con la boca abierta—. Es lo único que se me ha pasado por la mente al tú hacerme la pregunta.
—Debes de estar bromeando—musito con la voz atorada.
—No lo hago.
—No bromees, Conner.
—No estoy bromeado—suena sincero y relajado. Siento nervios y a la vez cierta alegría,aún así los nervios ganan más—. Me gustas, Eli.
—Eso es mentira—¿por qué me niego? ¿Por qué simplemente no puedo aceptarlo? —, nada más era sexo.
—Caí por ti y estoy loco por ti.
—Sexualmente—trato de corregirlo pero niega con la cabeza. En sus ojos hay cierto atisbo de dolor. Lo estoy lastimando pero las palabras salen de mi boca y no puedo controlarlas, ¿qué me pasa?
Lo que siempre llevé queriendo se está volviendo cierto, pero hay una parte de mí que no lo acepta, y esa parte es la que no encaja en ese mundo. En su mundo. No podría vivir con la prensa detrás de mí. ¿Es eso? ¿O qué más es? ¡¿Qué demonios me pasa?! Me siento confundida, contrariada, atónita.
—No, Elisse—farfulla llevando una mano a su sien—. Me gustas románticamente.
—¿Por qué? —pregunté en un hilo de voz.
—Eres graciosa, divertida, hermosa, torpe, muy torpe... sexy.
—No me lo puedo creer—confieso—. Nada más era sexo, Conner.
—No lo pude evitar, sé que tu cuerpo reacciona igual que el mío, y nosotros no follamos Elisse.
—¿Ah, no? —replico—. ¿Y qué hacemos?
—El amor.
???
Sus manos acarician mi piel y inmediatamente las corrientes chispeante dentro de mí. Poso mis labios en los suyos degustando su rico sabor a fresas. Una de sus manos descienden por mi cintura para llegar a mis bragas de encaje. Suelto un gemido cuando siento su boca devorar uno de mis pechos y morderlos a su gusto, haciéndome retorcer bajo su cuerpo. Tiro del cabello de Conner hacia atrás para besar su cuello y oler su colonia de hombre perfecta.
—Eres jodidamente hermosa—murmura mientras baja mis bragas, quitándolas de un tirón.
Se posiciona entre mis piernas, y mi corazón bombea rápidamente. Esta situación se siente diferente. Conner deja besos en mis pechos, desciende hasta mi ombligo pasando su lengua ahí y arqueo mi espalda. Sigue dejando un recorrido de besos húmedos hasta llegar a mi entrada. Su cálido aliento pega contra mi sexo y jadeo.
—Conner...
Chupa y después pasa su fantástica lengua de arriba abajo. Arqueo mi espalda y alzo mi brazo tomando el cabello de Conner para apretarlo más a mi. Mis caderas suben pidiendo más, y él parece entenderlo. Aunque sigue chupando mi sexo y lamiendo en mis puntos más sensibles.
—¿Qué quieres? Dímelo y te lo daré.
—Conner, por favor—suplico.
—Dímelo, Eli.
—Hazme el amor—le pedí, sorprendiéndome con mis palabras.
Este momento se siente mágico y aún más íntimo.
Se vuelve a posicionar entre mis piernas y siento como entre en mí lentamente, llenándome por completo.
—Ah—gimo.
Entonces, comenzó moviéndose lento en un vaivén exquisito. Lentamente fue agarrando más ritmo haciendo que dentro de mí explotara millones de sentimientos juntos, creando así el momento más perfecto del mundo.
—Abre los ojos—pide en un sonido ronco y niego con la cabeza mordiendo mis labios—. Abre los ojos, quiero verte mientras te hago el amor.
Y los abro. Me encuentro con su mirada lapislázuli cargada de amor y mi pecho se hincha en felicidad. Me dejo llevar por el clímax al igual que Conner y caemos juntos los dos en la cama cansados. mi respiración es agitada y de mis ojos caen dos lágrimas. No sabría decir si es de tristeza o felicidad por descubrir que este momento quedaría marcado por siempre en mi vida.
Me acurruqué en el pecho de Conner antes de quedarme dormida.
—Te quiero.
Me fundí en un sueño delicioso después de escuchar esas palabras. Juraba porque fueran ilusiones mías.