KABIL Al mirar el auto de los Verly al alejarse, el genio se me pudre justo cuando pienso en algo: esta necesidad de estar cerca de Ana, de percibir su calor en mi piel, de lograr que su cuerpo se alinee con el mío, se ha convertido en algo más que una simple obsesión. Muevo el cuello con estrés, dejarla ir solo fue un capricho. Ella cree que no la observo, que no vi cómo colocó los dedos de su mano sobre la herida que le causé en su labio inferior, que no vi cómo nos asesinaba con la mirada a Marcela y a mí. Pero lo hice, claro que lo hice. —¿Kabil? Volteo a ver a Marcela. —Yo… —Ahora no —siseo con los dientes apretados. Ella da un paso más, decidida. Tira de mi brazo con la misma delicadeza que emplea siempre, apenas un roce, pero es sólido. —Espera, tú y Ana… ¿Están salie

