ANA La ciudad se ve apagada tras los cristales del auto, sigo sintiendo el ardor en el pecho, esta jodida sensación que me invade, después de haber visto a Kabil hablando con Marcela, no se me quita, no se me borra. Realizo una mueca de desagrado, me duele la cabeza, el costado, todo. Pero, sobre todo, el labio inferior, donde me mordió, esta vez no fue una marca de poderío, no me marcó, me proclamó. Todo es demasiado real como para engañarme. Cuando el auto se detiene frente a la casa, el mundo parece contener el aliento. La lluvia golpea con más fuerza, con más rabia. Salgo del coche antes de que alguno lo sugiera y corro hacia la entrada. El dolor se instala con cada paso como una punzada, pero corro igual. No por miedo. Por costumbre. Porque correr me hace sentir que sigo teniendo el

