Narra Liam No puedo sacar a Sara de mi cabeza, aunque estoy seguro de que no será mía por mucho más tiempo. Mientras conduzco por las calles que me son familiares hasta llegar a casa de mamá, mis manos agarran el volante con demasiada fuerza. Es miércoles, la noche de nuestra cena, pero mi mente está enredada en pensamientos sobre Sara. Su risa, la forma en que sus ojos se arrugan en las esquinas cuando está divertida; todo se repite una y otra vez en mi cabeza y me está volviendo loco. No puedo quitarme de encima el miedo que se ha instalado en la boca del estómago desde ayer, cuando le grité por la maldita impresora de la oficina. No era nada, en realidad. Solo una impresora. Pero no era solo una impresora, ¿verdad? Fue la repentina y paralizante comprensión de que podía escabullirse

