Narra Liam Cada vez que lo hago, me digo a mí mismo que es la última vez y que no puedo seguir haciendo esto con Sara. Pero aquí estamos, en mi oficina después de horas de trabajo, sin nadie que escuche sus suaves gemidos mientras la aprieto contra el escritorio de caoba, nuestra ropa arrugada en el suelo es un testimonio de nuestro desenfreno temerario. —Dios, Liam —exhala, y me pierdo de nuevo en el calor de su cuerpo, en la urgencia de nuestros movimientos. Soy su jefe, por el amor de Dios. Esto no debería estar sucediendo. Ni en el escritorio donde firmo contratos multimillonarios, ni en la sala de fotocopias donde pretendemos estar buscando tóner adicional como excusa para tocarnos. Y definitivamente no en mi cama, donde pasa la mayoría de las noches enredada conmigo, dejando su o

